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Niño bueno, niña mala

Hay libros que, en ocasiones, es mejor no leer. Y no porque el libro sea malo o porque no diga nada. Más bien por todo lo contrario. Eso pasa con "Travesuras de una niña mala," de Vargas Llosa, donde el maestro nos lleva a recorrer y reconocer el verdadero amor. Vargas Llosa se escuda en una historia de amor y erotismo, con algunas dosis de humor y mucho de tristeza, para mostrarnos la realidad de Ricardo. Un oscuro traductor e interprete con una profesión que refleja a las claras qué será su vida: la narración de los sucesos del otro.

De la otra, Lilly, la chilenita, la guerrillera. La peruanita Otilita de la que se enamorará de crío y que le acompañará toda su vida. La niña mala que amarga la vida del “niño bueno”. Pero que le da los mejores momentos de su vida. Que le absorve y anula. Que se aprovecha de él. Que juega con él. Una historia tan imposible que nos permite vernos reflejados en ella. Porque ¿quién no ha tenido su “niña mala”?. Una guerrillera que haya destrozado su alma hasta convertirla en una mera extensión de su deseo. Del de ella, claro.

Porque Ricardo vivirá por ella. Através de sus aventuras. Descansando sólo cuando ella le permita descansar de su presencia. Y todos hemos sufrido eso alguna vez. Al leerlo uno llega a sentirse como el “niño bueno”. Dispuesto a darlo todo por alguien que, en el fondo, sólo quiere la seguridad de un amor ciego. Irracional como es todo amor. Que no entiende de razonamientos lógicos. Un amor como son todos, donde la razón avisa, advierte a cada momento de lo peligroso de la situación. Pero donde el corazón se antepone a la razón. Se carga de valor y de locura para negar el peligro y sólo ver lo bueno que la “niña mala” dá a su vida. A la tuya. A la mía.

Porque, en el fondo, “Travesuras de una niña mala” nos habla de eso. Del amor irracional, eterno casi, que todos llegamos a entrever en nuestra existencia. Algunos tienen la suerte de poseerlo hasta el final. Otros nos conformamos con haberlo rozado y haber dejado a la niña mala cerca de nuestra vida. Absorviendo lo bueno que nos ofrece y expantando con una mano de razón la locura de la sinrazón del corazón. Obviando y olvidando el daño, que no el mal, que nos causa su cercanía, su visión, su presencia. Y sabiendo que aun así, es menor el daño que el sufrido por no tenerla.

Por eso, "Travesuras de una niña mala", es uno de esos libros, pocos, que llegan al alma. Que te convierte en el protagonista más allá de cualquier ficción. Que te lleva a sentirte parte de la historia y que convierte a la propia historia en inseparable de tu vida. Aunque, al final, uno acabe llorando por Ricardo, por la niña mala y por el niño bueno, sin saber si la niña mala es Lilly o la que atormenta tus sueños. O si el niño bueno es Ricardo, o lleva tu nombre en su DNI.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Veo que estás leyendo las crónicas de Corum (¡que no Quorum!) de Michael Moorcock. Yo lo descubrí a los 13 años y me encantó.

Tiene Moorcock, por cierto, un ensayo bastante completo sobre la literatura fantástica, "Wizardry & Romance". Comienza por el ciclo artúrico y va avanzando hasta hoy día.

Pues nada, espero que te lo pases también al leerlas como yo lo pasé en su momento.
Anónimo ha dicho que…
Hay cosas que merecen ser releídas. Con la trilogía de Corum pasa, no es lo mismo leerlo con 15 como hice en su momento a leerlo con 30.

Soy Javi/Cathan claro

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