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La visión

Prometo que aquel día yo no hice nada. Solo estaba allí. En el lugar equivocado en el momento equivocado. O en la puerta equivocada. Yo era mozo, niño incluso. Inocente hasta ese día. Virgen de toda visión. Había escuchado que algún amigo comentaba que había visto a una mujer desnuda. Vecinas cogidas infraganti por la mirada traviesa e inocente de un crío. Pero a mí eso jamás me había pasado. No hasta ese día. Aquellos que decían ver a una mujer desnuda, comentaban entre risas que no tenían “pishita”. Que eran raras, distintas, diferentes –¡cuánta razón no guardaban aquellas inocentes palabras!-.

Pero, aquel día, fui yo quien descubrí en mis ojos el horror de la verdad. Fui a buscar a mi amigo, como cada día durante todo el verano. La puerta abierta, como cada día durante todo el verano, invitaba a entrar en una casa de sobra conocida. Un pasillo abierto hasta su habitación, un camino que llevaba hasta él y que pasaba por la abierta puerta del baño. Ruido de agua corriendo que indicaba vida en la casa. Una mirada inocente al interior del baño, tal vez mi amigo estuviera lavándose la cara.

Corrí. Salí de aquella casa como si mis ojos hubieran visto el peor de los crímenes. Tal vez lo hicieron. La belleza de la desnudez perdió todo su sentido. La vergüenza sonroso mi rostro durante el verano. No volví a entrar en aquella casa sin mi amigo. No me atrevía a mirar a los ojos a un cuerpo que me había mostrado su realidad: un poeta diría que la belleza de la senectud. Para mí, solo, el cuerpo desnudo y arrugado, horrenda visión clavada en la ventana de la mente, de la abuela de mi amigo.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
hubiera preferido no leer el artículo. solo espero q esta imagen no me acompañe el resto de mi vida...
Javier Fornell ha dicho que…
Si lo hubieras visto y no leído te acompañaría....

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