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El artista

Aquel día el Negro llegó a clase borracho, otra vez. No serían más de las 3 de la tarde y él andaba preocupado porque debía abrir la sala de exposiciones en la que trabajaba y en la que solo llevaba dos días. Casi llorando, apoyado en el pretil de la palmera del segundo de los patios de Filosofía, nos miraba a los ojos, suplicante. Esperando la tendida mano de un amigo.

-No te preocupes, nosotros abrimos.

El Visir, tan servicial como siempre, se adelantaba a mi oposición. Y nos obligaba a ir en horario de clases -supongo que de prehistoria a las que no solíamos acudir- a un trabajo por el que nada conseguíamos. Mientras que nuestro oscuro amigo no solo cobraba por ello, si no que además disfrutaba de todos los botellones organizados en la UCA... como había hecho aquel día. Pero nosotros eramos así, serios, responsables, serviciales y con esa extraña camaradería que se forma en época universitaria. Así que acudimos al trabajo de nuestro amigo, mientras este se tomaba un refresco sentado en el bar y bajo la -casi paternal- mirada de Pepi.

La sala estaba sobre un banco, en una calle comercial de Cádiz, no les doy más datos por si los curas, ya sabén. Y allí nos fuimos los dos, esperando echar la tarde rodeado de cuadros y con el único encargo de ayudar a subir al pintor hasta la sala. Como se imaginaran era una casa sin ascensor, aunque el edificio estaba reformado, pero eso no debía ser problema, simplemente había que ser educado con él. Porque es de todos conocido el egocentrismo de los pintores. El Negro nos avisó de que el artista llegaría a las 5 y que no debiamos hacerle esperar. Y allí estábamos, el Visir y yo, esperando a que el artista llegase. Y llegó, en punto. A las cinco, como un reloj. Una maquina perfectamente engrasada. No chirriaba, no hacia ruido.

-Ahora entiendo la borrachera del puto negro.

-¿No que tu te hayas ofrecido sin pensar, no?

-No soy sordo

-Cierto, solo cojo.

-Visir, ¡coño!, no seas bruto...

El artista, al que subíamos en brazos entre los dos porque su silla de ruedas no era capaz de subir la escalera, parecía molesto por nuestra conversación. Pero no podía quejarse porque nuestros rostros le indicaban que, en cualquier momento, podría quedarse sentado a mitad de trayecto. Pero no piensen mal, lo subimos hasta arriba y allí lo dejamos sentado en una silla –sin ruedas- y bajamos por otra –con ruedas- mientras el Negro comenzaba a subir las escaleras tranquilamente.

-Mamón, a éste lo bajas tu.

El Visir estaba colorado por el esfuerzo, y yo por el enfado. Le dejamos la silla en la puerta -si,la volvimos a bajar- y nos fuimos a tomarnos uno chocolate con churros en la Marina, esperando recibir una llamada que nunca llegó. El Negro se las apañó bien y logró que otros dos, tunos ellos, le bajaran al artista.

Para que luego digan que la cultura no ocupa lugar.... desde luego aquel artista ocupaba y pesaba.

Comentarios

Eduardo Flores ha dicho que…
...y eso compañero Cathan que Dios dijo "hermanos", que no "primos".

Un abrazo desde esta oscura cueva,
Eduardo Flores.
Javier Fornell ha dicho que…
La universidad, la tuna... ya se sabé... algo primos si eramos.

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