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El boquetito

Aquel día teníamos que estar muy aburridos, sobre todo Cocom, Armando y yo. Porque comenzamos a excavar en la arena, con nuestras propias manos, un pequeño boquete. Nade del otro mundo, lo típico que cualquier chaval de 14 años se pone a hacer en la playa. Claro que nosotros lo hicimos en la parte de arena seca, sentados en círculo y hablando de vete a saber qué: posiblemente de rol y niñas en bañador –entonces no había tanto bikinis como ahora-.

Casi sin darnos cuenta, el círculo había crecido y nosotros tres estábamos sentados en él, dentro de él, mientras continuábamos hablando y la montaña de arena a nuestro alrededor seguía creciendo. Debo decir que yo debía estar por aquel entonces en buena forma física -algo que se entreve en la foto, donde estoy con las piernas por alto- porque cuando por fin nos cansamos de excavar, el fondo ya tenía agua y pudimos tumbarnos los tres a refrescarnos. ¡Imagínense la anchura del boquete!.

Pero lo mejor fue la cara de Rambo cuando, recién llegado a la playa, se asomó al orificio para soltar un taco y preguntar por nuestra locura. Había visto la anchura desde la escalera, pero no podía imaginarse que allí dentro estuvieran tres personas tiradas y, menos, que al levantarnos del suelo nos fuese imposible llegar con nuestras manos hasta la parte alta.

Eso si fue un mal trago, ver que teníamos que hacer escalones y, por tanto, tapar algo de nuestro boquete para poder salir. Con ayuda externa, todo hay que decirlo. Y, sobre todo, el trabajo de tener que volver a taparlo completo cuando el socorrista nos dijo que alguien podría caerse en el por la noche, tal vez nuestros hermanos buscando un rincón tranquilo para beber y ver las estrellas como nosotros haríamos un par de años después.

Así que tapamos el boquete, aunque durante todo el verano la zona quedó más hundida que el resto de la playa. Y eso, enterrarlo, fue más pesado y aburrido que abrirlo. Pero ¡que nos quiten lo excavado!

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