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El Oso


El Oso, D. Antonio, era un gran profesor. En el amplio sentido de la palabra. Fue un gran maestro, al menos para mí y pese a ser el encargado de darnos Ciencias Naturales. Pero, además, era grande, inmenso. De ahí su mote: el Oso. Las leyendas escolares hablaban de un pasado distinto, donde D. Antonio no era un oso y se dedicaba a la espeleología y otras logías que requerían buena forma física. Pero el presente era diferente. El Oso era enorme, grande y bizco. Rasgo característico de su ser y que provocaba que en sus clases se repitiese el “¿es a mí?” infinidad de veces.

Además, el Oso, tenía una fuerza descomunal que pude sentir en mis propias carnes, en la cara para ser exactos. Ocurrió un día a la hora de comer, en el pasillo del comedor, aunque reconozco que no recuerdo el día ni nada de lo anterior. No porque mi mente haya querido olvidarlo, sino porque uno solo recuerda los grandes momentos de la vida. Lo demás, lo borra el alcohol. Pero ese día algo ocurrió. Íbamos por el pasillo en busca de nuestra comida diaria, y él estaba en la puerta para controlar el paso al comedor. Al llegar a ella le dije a un compañero:

-jo, tío, otra vez garbanzos.

ZAAASSSSS

Su zarpa golpeó mi cara mientras dos enormes lagrimones corrieron por mi mejilla.

- Pero ¿qué he hecho?- fui capaz de balbucear mientras me rascaba la sonrojada cara.

- Has blasfemado

- ¿Qué he hecho qué?

- Has dicho... Os

- ¿Oso?- protegí mi cara ante un nuevo posible ataque, pues el Oso conocía perfectamente su mote.

- Osti... la palabra prohibida.

-¡Que no!, yo no he dicho eso, he dicho hotio... así, muy rápido como siempre. Pero lo otro, no, no.

Y era cierto, nunca lo decía, ni lo digo. Aprendí de chico a no hacerlo y no entra en mi vocabulario, como tampoco otras palabras como minjitar. El Oso se rascó la cabeza, me pidió perdón por el error y yo se lo concedí, ¡que remedio!. No dije nada en casa, ¿para qué?, mis padres hubieran dicho “algo hiciste”. Y, además, yo respetaba a mis profesores, y hasta les tenía afecto a muchos de ellos -algo que he podido corroborar con el paso de los años- Por eso tengo que decir que, pese a todo, siempre he guardado un gran recuerdo de aquel gran profesor. Pese a sentir su zarpa en mi rostro sin motivo, fue (y aun es) uno de los mejores profesores que pasó por Ríolete. Tanto en lo profesional, como en lo personal.

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