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Hombrecillos Verdes

Hoy en día está prohibido beber en la calle y en la playa. Pero hace unos pocos años, era posible hacer lo uno y lo otro. En las Calas solíamos bajar a beber en la playa y, en no pocas ocasiones, hacer barbacoas con grandes fogatas. Esas noches podía verse de todo. Desde una hermosa luna llena que llenaba el corazón de los entonces enamorado pipiolos, hasta lluvias de estrellas. Recuerdo una de aquellas noches como si fuese ayer, con el corazón aun encogido por la congoja y el miedo pasado. La playa de las Calas, en aquella época, era virgen. Quiero decir, no había construcciones en sus acantilados y, por tanto, no había ruido ni luces por las noches. Aquella noche bajamos casi todos los miembros del grupo. Recuerdo que Osvaldo y Matías, dos amigos del vecino Colorado, llegaron cargados con unos palees de obras con los que encender nuestra fogata. Y la noche se volvió fantasmagórica. El reflejo de las llamas en nuestros rostros, las sombras creadas por las bailantes luces, el calor sofocante de un fuego que superaba los tres metros –y no les exagero-; el alcohol que ya corría por nuestras venas, mezclado con el frío que nuestros cuerpos desnudos aún no habían logrado espantar tras salir de las aguas heladas de nuestra playa.

Recuerdo que a mi lado estaba Gabi Paz con la chica con la que entonces salía. Tocaba la guitarra recordando canciones de Lorien, el grupo que tenía en Conil con unos amigos. También estaban conmigo varios miembros del “clan Faralos”, formado por varios primos y hermanos madrileños. Entre ellos se encontraba Fernando, que tomaba su cubata riendo conmigo cuando vimos las primeras luces extrañas. Luces que cortaban la oscuridad de la noche, que cubrían de luminosidad las estrellas que componían nuestro techo. Luces que corrían por la playa, en nuestra dirección, pero también sobre los acantilados. Pasos silenciosos. Ni una voz que rompiera el miedo que comenzaba a afectar nuestros sentidos. Cubatas que temblaban en nuestras manos cuando la luz de la fogata dejó entrever el verde cuerpo de una figura que caminaba por la playa. Terror en mayúsculas, miradas que buscaban una escapatoria ante lo que se nos venía encima. Sobre nuestras cabezas se escuchaban nuevos sonidos, pasos que se acompasaban a los que venía por la playa. Justo hoy, cuando habíamos hablado de la existencia de vida extraterrestre. Fernando me miraba, con ojos de cordeo degollado que reflejaban un “te lo dije”.

Una voz rompió el terrorífico silencio creado. La guitarra callada y caída en el suelo, mientras Gabi abrazaba –y metía mano- a su aterrada novia. Fernando que se acercaba a mí, que me aferraba a la copa como si fuese a salvarme la vida.

-¿Qué hacéis ahí?

- Una barbacoa.... – Nadie llegó a saber de quién era esa voz.

- Eso lo apagaréis luego, ¿verdad?

- Si, señor, lo haremos.

-Mira que volveremos luego, y como no esté todo recogido, os buscaremos por Las Calas.

-¿Una copita?, hay whisky, ron, tequila, ponche y ginebra- Era Fernando el que se había adelantado hacía la figura, que ya comenzaba a aparecer a la luz de la fogata.

- Estoy de servicio, no puedo. Y vosotros no deberíais...

Como cambian los tiempos, ahora el guardia civil nos hubiera obligado a apagar la fogata y hubiera llamado a todos nuestros padres, mientras recogían a Cocom, que navegaba borracho en la orilla de la playa. Ninguno de nosotros había cumplido los 16, pero entonces, los hombrecillos verdes, eran menos temibles que ahora.

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