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El colegio: Ríolete

Hoy les voy a hablar de mi colegio, uno de esos con tintes religiosos y adscritos al MOPUS, ya me entienden. Estaba casi interno, y digo casi porque dormía en casa, a la que llegaba a eso de las 6. Pero no estábamos allí porque nuestros padres no nos quisieran, al menos en mi caso no era así, si no por la buena fama que tenía el centro: el colegio Ríolete (como dice mi buen amigo Gades Noctem en su blog, no he comprado los derechos para usar el nombre real), de El Puerto de Santa María. Porque si no lo he dicho hasta ahora, se los hago saber: soy gaditano, de Cádiz Cádiz.

Pero les hablaba de mi colegio. Era un centro elitista donde se juntaba la gente con más dinero y con más tontería de la provincia, con los hijos de los adeptos del Mopus (que no pagaban) y con otros que habíamos caído allí porque los jesuitas no tenían autobús escolar. Eso hacía que los grupos de amigos fueran muy diversos. En mi caso, el grupo lo formábamos cinco: el cabeza, que era de Conil y se parecía más a un burro que a un ser humano –noble pero más bruto que un arado-; José Lacueva, que años después, ya en la carrera, se convirtió en el Visir, cabezón, rubio casi albino, asmático y fumador desde los 10 años; Paco Florentino, hijo de un médico terrateniente venido de un pueblo de la sierra, lo que no le impedía ser blanco como leche y canijo hasta un punto imposible de creer; Santi Aguja, que siempre iba un paso por detrás del resto, y que era bajito, feo y con gafas; y yo, que como se pueden imaginar era uno más del grupo y que era conocido en aquel entonces como Chetos, por el parecido más que razonable con el ratón gordo que en aquella época anunciaba ese nuevo producto que venía a sustituir a los gusanitos de toda la vida.

Lo cierto es que ninguno de los cinco fuimos grandes estudiantes, ni si quiera eramos buenos deportistas, nos pasábamos los recreos (que eran eternos en nuestro estado psudo-interno) tirados al solecito, hablando de niñas y, como no podía ser menos, viendo revistas pornos que Lacueva robaba en una tienda cercana a su casa. Otro día, con más tiempo, les contaré sus aventuras con el kiosquero.

En clase nos sentábamos en las últimas filas, y no porque no quisiéramos aprender, ni porque nos pusieran allí para que el ruido fuese menor. Si no porque estábamos plenamente convencidos de que escondido detrás de los empollones nos hacíamos invisibles. Como pueden imaginarse no ocurría y siempre éramos los primeros a los que se nos preguntaban por unas actividades que no estaban hechas.

Con todo esto, ya se habrán imaginado que nosotros éramos los pardillos de la clase, aquellos centro de toda burla. Ya saben, esos de los que vosotros alguna vez os reísteis.

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