Uphir

Los gritos rompían el silencio de la habitación. Miguel se escondía bajo el armario, entre las mantas, soñando con mitigar los gritos de su hermana. Desde que la madre había muerto la casa no había sido la misma. Su padre comenzó a beber y, al poco, posó los ojos sobre su hermana. Pobre y dulce criatura. Angela sufría el parecerse a su madre. Aún no había cumplido 15 años y ya conocía el sabor del dolor. El infierno había venido a buscarla y él no podía hacer nada. Los gritos aumentaron en la habitación de al lado mientras la puerta del armario se abría lentamente. Miguel caminó despacio por la habitación y el pasillo. Cogió el martillo al pasar junto a la caja de herramientas. Entró en la habitación en la que su padre estaba babeando sobre su hermana. Los ojos desencajados por el alcohol y la locura mostraron miedo. Las paredes recibieron las gotas de sangre.

Miguel se miró al espejo y allí se vio por primera vez. El rostro enmarcado por la sangre y el cerebro de su padre muerto, limpiado por las lágrimas de su hermana.

Aquella fue la primera vez que mató. La primera vez que alzó un arma contra alguien. Mató a su padre y él murió junto a él. No recordaba cuanto había pasado desde entonces. ¿Quince? ¿Veinte años? Poco importaba. Ahora era otro. Miró al joven asustado que, atado en una silla, imploraba piedad. Disparó dos veces. A la frente. El primer disparo ya lo habría matado. El segundo fue por rutina. Salió de la casa deteniéndose en el jardín a cortar una rosa blanca. La olfateó feliz antes de coger el teléfono.

-Esto está hecho. Quiero el resto en mi cuenta en 10 minutos.

Encendió el iphone y se conectó a una cuenta anónima en las Barbados. Dos minutos después se confirmaba la transacción 5.000 dólares por matar al crío. Le resultó divertido aceptar el dinero de la novia. Normalmente su cache era mucho más alto. Se atusó el pelo y se montó en el corvette negro traído de Estados Unidos. Salió disparado de la calle camino de casa. Si a aquel lugar podía llamarle casa. El pequeño apartamento estaba situado en la planta 13 de un edificio viejo. En el centro de la ciudad. Desde la pequeña terraza en la que solía tomar el café podía ver el río que atravesaba la pequeña población de lado a lado. Podía haberse comprado un piso más grande o haberse ido a vivir a cualquiera de las propiedades que poseía en las afueras. Pero aquel pequeño piso le recordaba a su cuarto de la infancia. Cuando aún se llamaba Miguel y vivía tranquilo con su madre.

Desde entonces las cosas habían cambiado. Había salvado a su hermana a base de martillazos, pero había muerto en cada golpe. Ahora era otro. Le conocían como Uphir y su nombre era respetado en el gremio. Todos le temían menos la joven Alice, hija de su jefe. Ella parecía diferente y él, a su lado, se sentía humano. Le recordaba a Angela y con ella mostraba un rostro que nadie conocía. Se miró al espejo del baño. Peinó su pelo, rubio y liso. Arregló el nudo de la corbata negra que siempre llevaba y observó que la camisa tenía una mancha roja bajo la asila. Una gota de sangre no borrada de alguno de sus anteriores clientes.

Cogió la chaqueta antes de salir a la calle. Sonrió cuando el gélido aire de la noche le azotó en el rostro. Escondió la cabeza en el cuello alzado de la chaqueta. Metió las manos en los bolsillos y camino entre las sombras de la noche camino de un encuentro que cambiaría su vida... otra vez.
Caminando por la oscura calle, escuchando el ruido de los coches al pasar junto a él. Alzó el cuello de la chaqueta y cruzó los brazos sobre el pecho. Notó que la mano se le quedaba pegada a la chaqueta, y no pudo más que sonreír al recordar la aterrada mirada del chico cuando entró en la casa. Sabía que no debía caer en ese tipo de acciones. Que aquel crío tan solo se había dejado llevar por sus instintos y luego se desentendió de las consecuencias. Paradójico, pensó, por da una vida ha perdido la suya. Seguro que no espero morir antes de los 17. Sonrió levantando la vista hacía la luz del hotel. Estaba demasiado cansado para un encuentro como aquel, pero aún más para ir hasta casa.

Entró por la puerta, buscando con la mirada a la joven de pelo verde, vestida de conejita, que había visto antes de salir aquella mañana. Aún no sabía su nombre, no importaba. La chica le esperaba junto al ascensor y el camino directo a ella. Entraron juntos en el elevador que les llevaba a la planta 18. Entró quitándose la chaqueta. La chica se fijó en la mancha roja que se había impregnado a su camisa blanca.

-Creo que necesitar otra- dijo mientras arrojaba la corbata sobre una silla y la camisa a la papelera.
-Yo traeré una –la mujer estaba preparando un baño, agachada sobre la bañera mientras la pequeña cola de conejo mostraba sus encantos.

Miguel se acercó hasta ella, y la tomó entre sus brazos antes de abrazarla.

-Podrá esperar, conejita- dijo mientras ella le desabrochaba el pantalón y le empujaba hacia el agua.
-¿De quién es la sangre?
-De un crío
-¿Un crío?
-Sí
-¿Qué hizo?
-Dejar embarazada a su novia y luego olvidarse de la chica.
-¿Y qué le has hecho?
-Matarlo
-¿Por qué?
-Por 10.000 dólares.


Se hizo el silencio dentro de la bañera. Ella se apartó de él mirándole a los ojos con sus enormes ojos verdes. La sorpresa se reflejó en su rostro para, poco a poco, tornarse en alegría. Se lanzó sobre Miguel, mientras el agua resobaba en la bañera. Le abrazó y besó. Le hizo el amor en la bañera, dejando que el agua corriese entre sus cuerpos. Miguel jugaba con las grandes orejas de conejo que mantenía como única prenda cuando ella lanzó sus últimas preguntas.

-¿Eres un asesino?
-Sí
-¿Y te gusta lo que haces?
-Por supuesto.
-Me gusta….
El teléfono sonó en la habitación contigua. Miguel conocía de sobra aquel tono y retiró a la conejita de su lado. La empujó, deteniendo el rítmico baile sobre él. Se levanto y salió del agua, dejando que las gotas corrieran por su espalda desnuda y caminó hasta coger el móvil sin volver la vista atrás.

-Dime Magnus... aja... de acuerdo... ¿ya?.. Sí, sí, está bien... no, tranquilo, no hacía nada.

Se acercó hasta la puerta del baño, parando a recoger la manchada camisa del suelo. Observó a la mujer, en la bañera, sonriéndole triste con las orejas de conejo achatadas por el peso del agua que las empapaba.

-Tengo que irme
-¿Ya?
-Así es.
-¿Volverás?
-Si no me mata alguien mejor que yo.
-¿Volverás?
-Sí

Se vistió y colocó las armas en su lugar. Dos semiautomáticas en las fundas bajo la chaqueta, y el pequeño revolver que comprase en Marsella en el tobillo. Se detuvo ante el espejo, para colocarse bien la corbata mientras la mujer se dejaba caer en la cama con un suspiro. Cerro la puerta tras él y marchó a la calle. Caminó apesadumbrado, arrepintiéndose de haber dejado a la mujer. No sé su nombre pensó tal vez no vuelva a verla. Será una más en mi lista. Al menos está seguirá con vida.


Anduvo hasta la casa de Magnus. Su jefe había sido tajante pese a las cordiales preguntas. Lo quería allí, pero no le había dicho por qué. Atravesó las rejas de la mansión victoriana mientras los guardias le saludaban con un simple gesto de cabeza. No recordaba haberles dirigido la palabra jamás. Ellos le tenían demasiado miedo. Él, simplemente, los consideraba inferiores. Entró en la casa sin llamar, como siempre, y se dirigió al despacho de Magnus. No pudo dejar de observar como la sala grande estaba abierta y montones de ropa se repartían por el suelo. Sonrió, pensando que tal vez la joven Ariel hubiera vuelto de su viaje por Estados Unidos. Recordaba a la niña, ¿cómo no hacerlo? La había visto crecer en aquella casa, hasta que Magnus decidió que la ciudad ya no era un buen lugar para ella. Habían pasado 9 años desde entonces, ahora la chica debía rondar los 16.

-¿Qué quieres de mí?
-Que cuides a Ariel. No quiere que nadie más la proteja y no pienso dejarla andar sola por estas calles.
-No soy un canguro. Contrata a otro para ese trabajo.
-Solo puede ser tu.
-No.
-No tienes opción.
-Siempre la hay.
-La otra opción es morir.
-¿Ves como siempre hay otra opción?

Ariel entró en la habitación con aire despreocupado. Miguel la miró y comprendió que ya no era tan niña. Le costó reconocerla vestida y sin las orejas de conejita. Pero no había duda. Era ella.

La chica se contoneó por la habitación, con aire angelical e infantil caminó hasta sentarse en el regazo de su padre.

-¿Este es el hombre que me va proteger?
-Por supuesto hijita.
-¿Pero parece que él no quiere? ¿Por qué no quieres Miguel?
-No soy guardaespaldas de nadie- Miguel miró a la chica por primera vez a los ojos. Se mordió el labio inferior, conteniéndose antes de seguir- Soy un profesional
-¡oh!... papá, quiero que sea él, quiero que sea él.
-Ya has oído a la niña Miguel.

Ariel se acercó hasta él. La mirada traviesa le erizó el pelo de la nuca. “Maldita seas, niña. Serás mi ruina. Me he metido entre tus piernas y ahora tú te vas a meter en mi vida hasta destrozarla”

-Dime, Miguel, ¿qué otra cosa más hermosa que mi espalda podrás guardar? Mira, mira que cuello más bonito tengo, papá siempre dice que parece el de un cisne. ¿Tú qué crees?

Se obligó a retirar la mirada y dirigirla hasta Magnus. Asintió con la cabeza, antes de darse la vuelta

-Necesito ducharme y cambiarme de ropa... estaré aquí a la mañana.

No había llegado a la puerta cuando Ariel le agarró del brazo con una amplia sonrisa en los labios. Estaba hermosa, la maldita niña está guapa, parece una mujer Los ojos de Miguel recorrieron un cuerpo que ya conocía. Sabía que si Magnus se enteraba de algo lo mataría.

-¿porqué?
-¿Porqué qué?
-Ya lo sabés. Yo. El hotel. La conejita.
-Me aburro.
-Y eso te da derecho a destrozar mi vida.
-¡oh! Yo no... no, de verdad, no es eso lo que quiero.
-¿Y que crees que ocurrirá si tu padre descubre lo de esta noche?
-Te mataría y luego me mataría a mí... por eso necesito que vigiles mi espalda. ¿o acaso no quieres volver a verla?

Se puso delante de él, retirando el pelo verde que el caía en cascada sobre la espalda, mientras desabrochaba el botón superior de su camisa. Miguel le empujó suavemente contra la pared y continuó su camino hacia la puerta.

-Hasta mañana Miguel
-Hasta mañana, conejita- susurró el joven desde el umbral de la puerta. Antes de adentrarse en la noche camino de su pequeño apartamento.

“Maldita seas, niña. No eres más que eso. ¡joder! No debe tener más de 17 años. Me engañó en el hotel, con esas orejitas y esos andares. ¿cómo podía saber que era la hija de Magnus? ¡coño! Me tiene cogido por los huevos la muy puta”
El apartamento olía mal. Abrió la puerta de la nevera con la esperanza de encontrar allí dentro el origen del desagradable perfume que corrompía el ambiente. Huele a muerto, así debo de oler yo, a muerte. Cogió una cerveza y se sentó en el mugriento sofá. Podría vivir en cualquier otro lugar, tenía dinero suficiente para ello, a pesar de todo. Pero aquel sitió le gustaba. Tal vez, de haber seguido en casa ahora este lugar le parecería el infierno. Tras haber recorrido los peores tugurios del viejo continente, aquel lugar se había convertido en su hogar y ahora no lograba desprenderse de él. Encendió la televisión, esperando el día que le quedaba por delante.

Se descubrió soñando con Ariel y se maldijo así mismo por anhelar recorrer su piel. Dejó la cerveza sobre la mesa, cogió la chaqueta y salió a la calle. Le gustaba caminar de noche. Sin rumbo fijo. Sin un objetivo en la mente que le hiciera mantenerse alerta. Caminó hasta un bar. La música sonaba desde la calle. Entró, caminando despacio hasta la barra. Esperando poder olvidarse de la hija de Magnus. Pidió un whisky sin querer fijarse en la rubia que se sentaba a su lado. La escuchó murmurar y repitió el murmullo, conteniendo una respuesta inaudible.

-¿Me dices algo?
-No lo hacía
-oh, perdón
-No tienes que pedir perdón. Simplemente, en ese momento no te decía nada.
-Eso quiere decir que ahora sí me estás diciendo algo- la chica mostró una perfecta y blanca sonrisa.

Miguel se giró por primera vez hacia ella, la atrajo hacía sí abrazándola por la cintura. Ella no se resistió. Le besó. Ella le devolvió el beso. Bebieron y se besaron en la barra, hasta que ella se levantó. El le siguió. Primero con la mirada mientras se contoneaba hasta la puerta. Después de una simple mirada de ella, la siguió hasta la calle. La tomó del brazo y juntos, como una pareja, caminaron por la noche mientras ella guiaba los pasos de ambos. Las calles se estrecharon sin que Miguel se diese cuenta. Necesitó golpearse contra un banco para comprobar los estragos que el alcohol habían provocado en él “Imposible no he bebido tanto“ Las alarmas se encendieron en su interior como si de pronto entendiese lo que estaba a punto de ocurrir. La mujer se apartó de él y su lugar fue ocupado por un hombre de unos 40 años.

-¿Sabes quién soy?
-No
-Deberías saberlo.
-¿Sí?
-No juegues conmigo Urphir. Sabes perfectamente hasta dónde puedo llegar.
-A matarme. Pero con eso ya contaba desde el mismo día que cumplí mi primer trabajo. Sólo hay dos posibilidades en este mundo: matar o ser matado. Algún día llegará alguien para acabar conmigo. Pero, siendo sinceros, no creo que seas tú.

Miguel se apoyó contra la pared. Sabía perfectamente que aquel que se encontraba contra él era el principal rival de Magnus. Nunca se había preocupado por su nombre, nunca creyó que fuera a tener que usarlo. Pero ahora estaba ante él. Le llamaba por su nombre de guerra y eso solo significaba que estaba dispuesto a pagar por sus servicios.

-¿A quién quieres que mate?
-A Ariel.
Miguel se quedó paralizado. Observando al hombre al que se enfrentaba. Sus ojos tristes, de un opaco color verde resaltaban en la blanquecina piel de su cara. Debía tener unos cuarenta años, pero las arrugas y cicatrices le conferían el respeto del anciano. No portaba armas. No las necesitaba. Otros cubrían su espalda y si Miguel hubiera intentado acabar con su vida no habría llegado a posar los dedos sobre su Remington. Lo observó. Mientras su mente vagaba en busca de una respuesta. Desde que matase a su padre hacía casi 16 años nunca había tenido dudas de que camino seguir. Si el encargo hubiese llegado sólo diez horas antes, tampoco habría dudas. Siempre se había movido por un dinero que luego no utilizaba. Que reenviaba regularmente hasta casa de su hermana. Aquella a la que le había robado la vida.

Pero ahora algo había cambiado. La conejita del hotel, con sus vaivenes rítmicos y sus murmullos la oído lo había transformado. No importaba que la que él creyó mujer fuese la hija de 16 años de su jefe. No importaba que el principal mafioso de la zona le hubiera contratado para defenderla ni que su rival quisiera contratarle para matarla. Nada de eso importaba ahora. En aquella bañera de hotel, con aquella que él pensó puto, creyó ver una salida a su desafortunada vida. Maldita mi vida y mi suerte. Solo 10 horas antes no hubiera dudado en matarla. Ahora sabía que moriría por salvarla. Lo supo en ese preciso instante. Cuando aquel hombre de mirada dura le llamó Uphir. Justo en ese instante supo que había perdido. No importaba que decisión tomase. Ese preciso momento era el de su muerte.

-No.
-¿Cómo?
-No la mataré.
-No sabes cual es el precio.
-Mi vida es el precio. No la mataré. Es más. Debo defenderla y no creo que tu puedas pagarme más que su padre.
-¿Tú eres el canguro? JA. No pensé que el temible Uphir acabase de babysister de una quinceañera mal criada.
-Soy el guardaespaldas de la hija de Magnus a la que, por cierto, tú quieres asesinar.

El hombre comenzó a reír. Mientras Miguel se encogía de hombros y comenzaba a darse la vuelta. Caminó lentamente por el callejón, de regreso a su viejo apartamento, con las manos en los bolsillos y silbando una tonadilla sin sentido. De pronto se detuvo y se giró:

-Si tengo que acabar con tu vida para salvar a la niña lo haré. Y sabes que no habló en vano. Puede que ésta sea tu última oportunidad de acabar conmigo. No volveré a darte la espalda.

-Acabarás muerto Uphir. Y yo mismo disparare la bala que acabe con tu vida.
-Es posible pero, ¿será hoy?
Caminó despacio, esperando que su ahora enemigo le disparase por la espalda. Deseando escuchar el tiro que acabase con su vida antes de que terminase de convertirse en un infierno. Y sabía que Ariel iba a convertirse en su San Pedro particular. La niña le abriría las puertas del cielo cada vez que recorriese su piel, pero con cada beso y caricia ardería su alma en el infierno. No miró atrás, ni siquiera suspiró aliviado al cruzar la esquina y saberse a salvo. “Quizá deba volver, buscar que me mate. Sería lo mejor” Pero no lo hizo. Continuó su camino hasta el viejo apartamento. Elevó el rostro al entrar en su calle, como tantas veces, y se sorprendió al ver apagarse las luces de la ventana del baño.

Corrió hacia el ascensor, con el arma en la mano y dispuesto a disparar a quién se cruzase en su camino. Aquel apartamento de mala muerte era su refugio, el lugar en el que se encontraba a salvo. Su santuario. No dejaría que nadie mancillara aquel rincón husmeando en sus pocas posesiones personales. Entró en el pasillo, ralentizando el paso. Notó como el corazón se le aceleraba mientras caminaba tranquilo hacia la puerta del apartamento 9C. Apoyó la mano en el picaporte y empujó la puerta lentamente mientras agudizaba el oído. Se sorprendió al escuchar la melodía del “Por qué te vas” cantada en un perfecto francés. Entró lentamente, agazapado sobre sí mismo, dispuesto a disparar a la intrusa que había invadido su espacio. Y, entonces, la vio. Su ángel perverso cantaba en el salón del apartamento. Mientras se peinaba, el agua corría por su espalda desnuda hasta el suelo, acariciando la blanca y hermosa piel de Ariel. Él se quedó quieto, observando la belleza adolescente que le atormentaba desde la penumbra del recibidor.

-¿Qué haces aquí?- logró articular al fin, mientras ella daba un paso atrás asustada.
-Venía a verte. Yo quería...
-No lo digas, no tienes derecho. No debes. No puedes entrar en mi casa.
-Sólo quería verte... no creí que te molestase, amor.
-No me llames amor. Soy tu guardaespaldas. El hombre al que tu padre ha contratado para salvarte la vida ¿y tu te dedicas a recorrer las calles de noche para venir a mi casa? ¡Maldita seas, niña! ¿no ves que te pueden matar?-gritó exasperado.
-Yo sólo... sólo, quería verte. Y sentirte junto a mí. Quería terminar lo que empezamos en el hotel.... Tan sólo deseaba desayunar contigo hoy.

Miguel, dejó el arma sobre la pequeña cómoda que ocupaba el recibidor y caminó hasta Ariel, que gimoteaba temblorosa. La abrazó, recriminándose por hacerlo. Le besó el cabello y le acarició mientras sus lágrimas comenzaban a mojarle la chaqueta a la que se aferraba. Poco a poco la chica fue tranquilizándose en sus brazos. Elevó el rostro, con aquellos ojos verdes suyos mirándole cargados de lascivia y picardía. La besó, sin pensarlo. Asumiendo las consecuencias de sus actos. Sabiéndose atado a la chica de por vida. Por primera vez en años su corazón saltó de alegría en su pecho. Se sabía enamorado en un amor tan imposible como improbable. El temible asesino apodado Uphir, el médico del infierno, y la Ariel, la hermosa y joven hija de Magnus.

“Acabaré muerto... sólo espero que sea entre sus brazos” pensó mientras la llevaba hasta la habitación.

Olfateó el pelo de Ariel, que dormía apaciblemente abrazada a su pecho. Se reprochó haber caído nuevamente en los brazos de la chica. Cuando estaba junto a ella se sentía vivo. Sentía algo que jamás había sentido. El corazón le latía a un ritmo diferente y se sentía indestructible. Allí, entre sus brazos, parecía que todos los males quedaban ocultos en la alegría. Pero su razón le decía que cometía un terrible error que le condenaría para siempre. No temía al infierno, sabía que tras la muerte no cabía más posibilidad que la condena. Dios no perdonaría sus males, pues él mismo no era capaz de perdonarse.

Se levantó y fue hasta el baño mientras ella protestaba en la cama y se abrazaba a la almohada. Observó su desnudez perfecta y juvenil antes de entrar en la ducha. Dejó que el agua corriera por su pelo y su cuerpo, lamentándose por la locura cometida. Su razón le decía que debía echarla de su casa. Que no debía haberla dejado entrar en su cuarto. Que no debió abrazarla ni consolarla. Y sin embargo, también sabía que de haberla expulsado de su casa jamás se lo hubiera perdonado. Salió de la ducha y la despertó suavemente.

-Ariel, mi vida- las palabras salieron de su boca casi sin querer- debes levantarte. Tu padre se estará preguntando dónde estás. Y, desde luego, no podemos aparecer juntos por la casa.
-Le dije que dormiría en casa de una amiga. Y que desde allí iría al colegio. Se supone que tú deberías estar allí esperándome a la salida de clase.
-Tan sólo estaré allí si tu padre me lo ordena. Ya lo sabes. No soy ningún guardaespaldas.
-Esta noche me las guardado sin quejarte...

Se elevó para besarle y él le dejo hacer. Le acarició el pelo y la separó suavemente.

-Debes irte ya.

Se puso la chaqueta y recogió el arma del mueble de la entrada. Se acercó de nuevo hasta la puerta de la habitación, colocándose bien el nudo de su eterna corbata negra. La observó vestirse con una falda negra tableada y una camisa blanca. Observó el escudo en el chaleco: dos osos enfrentados. No pudo resistirse al verla con el uniforme. Se dio la vuelta y salió del apartamento camino de la casa de Magnus. Debía informarle de lo ocurrido la noche antes. Pensó en Ariel y se recriminó su falta de fortaleza. Sabía que la relación con la chica era imposible, hasta inmoral. Incluso para él. Pero también sabía que no tenía salvación posible. Por primera vez en su vida comprendía que era estar enamorado. Él, que desde hacía 15 años huía por Europa. Y desde entonces había estado con muchas mujeres y ninguna le hacía sentir lo que Ariel. Comprendía que no tenía sentido seguir luchando contra sus sentimientos, pero también se intentaba convencer de que debía hacerlo. Por él, por ella y por todos. Los perros de Magnus olfateaban cada rincón de la ciudad y, tarde o temprano, alguien los vería. O la vería entrar en su casa. Debía acabar con ello, pero no tenía el valor suficiente para perder lo que había encontrado en los verdes ojos de la chica.

Antes de llegar a la casa, recibió una llamada de Magnus.

-Me han contado lo de anoche. Creo que debemos hablar.
-Voy para tu casa. En cinco minutos estoy allí.
-No, Uphir, hablaremos en la calle Mangerter

Miguel cortó el teléfono sabiendo que algo había ocurrido. Tal vez su temor de que Magnus descubriera lo que estaba pasando entre Ariel y él había ocurrido demasiado pronto. Conocía la nave de la calle Mangerter lo suficiente para saber que nada de lo que ocurría dentro se oía en el exterior y que ninguno de los vecinos veía jamás lo que salía o entraba de ella. Él mismo había torturado a muchos hombres allí dentro. Y ningún grito había llegado jamás a la calle.

Entró en la calle con las manos en los bolsillos, esperando ver el mercedes de Magnus aparcado junto al bar de la esquina 22. Pero no estaba. Se acercó a la puerta de la nave y la empujó suavemente para entrar. No sacó su arma. Sí le estaban esperando dentro sería inútil defenderse.

-Comienza a hablar.

La voz de Magnus resonó en la sala vacía. Miguel miró al suelo, buscando entre las piedras las manchas de sangre de tantos hombres muertos antes en aquel mismo suelo. Y, como casi siempre, algunos fantasmas volvieron a sus ojos. Y sonrió sabiendo que aquella misma mañana podría unirse a ellos.

-No alarguemos esto más de lo necesario, Magnus, ¿qué es lo que no sabes y quieres saber?
-Lo sé todo. Menos tu respuesta. Sobre mí hija. ¿Qué tienes que decir?
-Que daré mi vida por ella...
-Hay quien dice que le has dado algo más que tu vida.
-¿Quien?- Miguel notó como la rabia subía hasta sus mejillas. Notó el calor en el pecho mientras la ira iba cobrando más y más fuerza- ¿Quién es el cabrón te ha hablado de mí y qué ha dicho?
-Ha dicho que mi hija durmió en tu casa anoche. Qué te viste con ese canalla de Tkarmes para tratar su muerte, y sólo sé que mi hija esta noche no ha estado en casa, y esta mañana no ha aparecido por el colegio.
-¿Cómo?

La extrañeza de Miguel era absolutamente real. Desde su posición, en el centro de aquella sala que olía a muerte, sabía que Magnus observaba cada uno de sus gestos. Elevó la mirada hasta una pequeña ventana de cristales ahumados.

-Sí, Magnus, la chica ha dormido en mi casa. Después de hablar con Tkarmes y negarme a aceptar su trabajo, volví a casa y la encontré en la calle ¿hubieras preferido que la dejase allí, en mitad de la noche? Me has ordenado mantenerla con vida. A donde vaya o con quién no me incumbe.

El silencio pareció eternizarse en aquel oscuro lugar. Miguel se dio la vuelta, dando por terminada aquella situación. Si Magnus deseaba matarlo lo haría de todas formas, ¿para qué esperar más? Caminó tranquilo hasta que la voz resonó nuevamente en la sala.

-¿Esa es última respuesta? ¿Darme la espalda?
-¿Tengo otra opción? Ni siquiera has tenido la decencia de decirme quien me acusa.


Un hombre menudo, de ojos vivos y rápidos, entró por la puerta hacia la que se dirigía. Miguel lo observó y comprendió que había sido él quien había ido con la historia a Magnus. No se detuvo a pensar. Sacó su arma y disparó a bocajarro. El hombre cayó a sus pies. Mientras la sangre comenzaba a mancharle los zapatos, Miguel dirigió la mirada hacía la ventana.

-No creas nada de lo que te digan de mí, Magnus, sé que crees que soy un animal despiadado, que no tiene suficientes luces para hacer otra cosa que no sea matar. Y puede que así sea. La sangre y la muerte forman parte de mi vida desde hace mucho tiempo. Pero no te confundas. Soy más que eso.

Avanzó hacia la puerta, pasando sobre el chivato y, con el pomo en la mano, justo antes de salir, volvió a hablar.

-Protegeré a Ariel con mi vida pues así lo hemos acordado. Tú cumple tu parte y págame, yo me encargaré de mantener con vida a tu hija. Pero mis métodos son los que son. Sí creo que la niña debe quedarse en mi casa en algún momento o cada noche, será decisión mía y tu no podrás hacer nada. ¿Ha quedado claro?

Abrió la puerta y salió a la calle con una sonrisa, sabía que el silencio de Magnus significaba que aceptaba las condiciones. Sacó el teléfono y envío un mensaje

“Esta noche dormirás en mi casa. Te recojo”

Ariel estaba en la puerta del colegio. Miguel la miraba desde lejos, sin acercarse más de lo debido. Debía actuar como un escolta y no mostrarse impaciente por abrazarla. Observaba el entorno del edificio. El jardín que daba entrada al colegio tenía unos altos árboles en los muros que lo protegían. Las alumnas vestían todas uniformes y Miguel estaba deseoso de quitarle la falda a Ariel. Se movió nervioso en el asiento del coche mientras ella jugueteaba con el pelo. Arrancó el motor cuando vio que la chica se despedía de sus amigos y condujo despacio hacia ella.

La moto entró en la calle a gran velocidad. Miguel aceleró el vehículo por instinto pero no fue suficientemente rápido. El motorista se lanzó sobre Ariel mientras Miguel sacaba el arma por la ventana. Disparó a las ruedas, pero la moto continuó su veloz carrera hasta Ariel, que se lanzó al suelo, ocultándose tras el muro. Miguel salió del coche, disparando mientras corría hasta la chica. El motorista giró en redondo y volvió contra ellos. Miguel volvió a disparar mientras se lanzaba sobre Ariel. Notó como el metal entraba en su pierna y gritó sin querer. Disparó nuevamente mientras un par de gorilas de Magnus aparecieron desde la parte trasera del colegio. Miguel se arrastró tras el muro, apoyado en Ariel que no dejaba de llorar.

-Maldita sea, mi niña, creo que esta noche no podremos disfrutar –intento reír, y al hacerlo notó que el pecho le dolía.

Se apretó la herida con la mano izquierda, mientras que la derecha la hundió en el sedoso cabello de la chica. Mientras las balas pasaban junto a él. Los gritos de los estudiantes cubrió el estruendo de la moto al chocar contra su coche. Notó como la cabeza le palpitaba, bombeando la sangre que debía llegar a su cerebro. Apoyó la cabeza sobre el pecho de Ariel y dejó que su olor le impregnara. Se sintió morir mientras el cielo se oscurecía. El corazón de Ariel se aceleró mientras sus manos recorrían el cuerpo de Miguel. La escuchaba gritar, pidiendo ayuda. Pero sus gritos fueron silenciándose lentamente. Dejó de sentirla bajo él. Como si alguien la hubiera arrancado de sus brazos. La buscó a tientas. No le respondieron los brazos. Su cuerpo se negaba a seguirle.


La llamó, pero la voz se negó a volar hasta ella. Abrió los ojos, con esfuerzo. Sintiendo todo el daño provocado por el balazo en el pecho. Vio como Ariel era arrastrada por uno de los hombres de Magnus hasta el edificio. Estiraba los brazos. Pataleaba y lloraba intentando volver hasta él. Miguel se levantó lentamente, apoyándose en el muro. Ella pareció tranquilizarse y se dejó llevar al interior. Él la siguió con la mirada hasta que se perdió en el interior del colegió. Suspiró dos veces antes de arrastrarse hasta la calle. Las fuerzas parecían volver lentamente a él, mientras la ira se acumulaba en su pecho para expulsar el dolor. Dio dos pasos antes de caer derrotado sobre el suelo. Notó el cálido reguero de la sangre que se escapaba por su pecho y sonrió para sí mismo. Creía haber vuelto de la muerte, pero la Señora acababa de alcanzarlo.

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