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Lobos


         Hacía tiempo que el trovador no pasaba por la taberna, y su llegada, aunque deseada, no fue como cabía esperar. Entró jadeante, sonrojado y sudoroso por el esfuerzo. Cuando por fin fue capaz de hablar parecí¬ fuera de sí. Y su historia parecía ridícula. Había estado en los barrios bajos, de tugurio en tugurio y dormitando aquí o allá. Esa misma noche había estado en una taberna repleta de borrachos, y lo que sus ojos vieron no tenía explicación. Una densa niebla había entrado por la ventana, justo un segundo antes de que una manada de lobos se colase en el antro. Había sido una masacre, los lobos cazaban a los borrachos como los niños cogen caracoles. Pero se habí-an cebado con los drows. Escondido en una esquina, acurrucado bajo mesas destrozadas, observó como los lobos preferían la carne elfica antes que la humana. Los gritos aún sonaban desgarradores en sus oídos. No podía ser cierto ¿cómo había entrado la manada en la ciudad? ¿Por qué los soldados no habían avisado? Finalmente logró huir, pero no había avanzado dos calles cuando notó el humo, tal vez las velas que iluminaban la estancia habían provocado el incendio, no lo sabía, solo escuchaba gritos y aullidos... Aullidos que se alejaban en la noche hasta desaparecer. Aún recordaba los colmillos y los ojos del animal que se había fijado en él justo antes de saltar sobre el drow que estaba a su lado.

-Alguien debía de hacer algo, la guardia, los hombres, los drows o los vampiros, quien fuese pero que alguien debía hacer algo.... -Fue lo último que gritó el hombrecillo antes de caer exhausto en el suelo.

     
                Escuchando la historia mientras hacía sus quehaceres, Evincar, el tabernero, se acercó con una jarra de cerveza hasta Caramanchada. No tomaba sus palabras en serio, pues el trovador era propenso a exagerar sus historias.

-Toma, Chad,-le dijo usando el diminutivo con el que conocían al hombre- necesitas respirar tranquilo, mañana irás a contarle esta historia al rey para que aumente la seguridad en la ciudad. Pero quédate tranquilo, si los lobos quieren venir serán bienvenidos –sonrió casi con aire de mofa- seguramente de alguno de sus hermanos son las pieles que entregué cientos de veces en la tienda de Cachorra cuando aún me dedicaba a la caza.

     Pero los ojos del hombrecillo contrahecho le mostraron autentico terror, la verdad del sufrimiento reflejada en su mirada. Dejó la jarra en la mesa del trovador, retirándose hacia la trastienda. Cuando volvió estaba con su atuendo de cazador, y portaba unas armas que llevaban años guardadas entre viejas paños de seda: su espada, su arco y sus dagas. 

-Lo he pensado mejor –dijo alzando la voz- me voy a dar una vuelta a ver qué encuentro.

      Pocos sabían que el tabernero había tenido una vida repleta de aventuras. Era uno de aquellos héroes con pasado oscuro que había asentado su vida en la ciudad de Frikigard. Bajo el reinado de Scarymash I las diversas razas habían encontrado un lugar donde cohabitar, más allá de las luchas personales de algunos grandes señores como Askanter o Hathaltoy tenían, más por motivos económicos que raciales. Evincar salió de la taberna dejándola a cargo de Sha'ab, su sirviente, y acudió a cada uno de los lugares de vigilia de Actaeon, el gran licántropo que protegía a Gaia y a la propia ciudad desde su atalaya. Apenas puso un pie en el escondrijo, un susurro salió de su boca casi sin quererlo. Si Actaeon me encuentra aquí tendré que dar muchas explicaciones -pensó- Pero lo hecho, hecho está. Lo que contó ese trovador es muy raro, mejor prevenir que lamentar pero, si descubro que es una de sus mentiras, mañana me divertiré un rato a costa de él.

       Pero la noticia fue confirmada a la mañana siguiente. La taberna del Tuerto, en el barrio bajo, había sido asaltada por una manda de lobos. Los soldados no salían de su asombro y el capitán de la guardia juraba por todos los dioses que ninguna puerta había estado abierta aquella noche, y que, si lo hubiera estado, era imposible que la manada hubiera entrado y peor aún, salido de la ciudad. La gente de los barrios más pobres mostraban su miedo. En la taberna habían sobrevivido muy pocos, y pese a lo dicho por el trovador, habían caído de todas las razas por igual. Los que habían entrado nada más terminar la carnicería decían que la situación era aterradora. Y aquellos que lograron salir decían que el líder de la jauría era un enorme lobo de pelo blanco como la plata y con unos ojos dorados que parecían cambiar de color como si de una llama se tratará. Desde el gobierno de la ciudad se había dado la orden de buscar a los lobos, pero no había señal de ellos. Se ordenó que se reforzara la guardia, que se cerraran las puertas antes del anochecer, y no después como era costumbre. Finalmente, se encargó a los cazadores reales realizar una batida en la ciudad y sus alrededores.
      Esa noche volvieron a escucharse aullidos Frikigard y a la mañana siguiente se echó de menos a varios vagabundos. Nadie preguntó qué había pasado con ellos. Actaeon habían escuchado los rumores, que en pocas horas ya estaban confirmados, y el licántropo no se quedó de brazos cruzados. Estaba en su naturaleza el plantearse el por qué de los hechos y la solución a los problemas. El lupino había sido creado por su madre y diosa, al igual que al resto de su raza, con el propósito de cuidar de los humanos, protegerlos del Wyrm y de ellos mismos, y por más que estos por, todos sus aberrantes actos, no mereciesen ni una gota de sudor lupina, él no podía rehusar a la misión con la que había sido concebido. Lobos- pensó- esto es raro. No suelen entrar a las ciudades sin más, solo cazan venados o semejantes. La carne humana solo es una opción para quienes están en peligro, y este no es el caso.
       Conocía los sitios más privilegiados, secretos y altos existentes en la ciudad, producto de su búsqueda de soledad, pero en esta ocasión la solución no era ir a esos sitios, por más que pudiese ver hasta el rincón más oscuro de la ciudad. La primera y la segunda noche tras la masacre, el garou comenzó a rondar la ciudad, de árbol en árbol, de tejado en tejado. Sólo una estela de sombra podía verse en aquella milésima en la que posaba uno de sus pies en la rama o tejado. Aprovechando tan bien cada sombra que, para cualquiera que no tuviese una percepción muy elevada, sería prácticamente imposible detectarlo. Pero sabía que quien controlaba a los lobos si lo percibiría, y eso era precisamente lo que Actaeon deseaba.
        La tercera noche desde la masacre de la Taberna del Tuerto, las calles de la zona alta estaban vacías, pero en los barrios bajos, posadas y tabernas mantenían sus puertas abiertas a la espera de posibles clientes que buscasen en el alcohol un escape a sus males. Y pese al miedo por los últimos ataques las calles estaban llenas de hombres desesperados por una vida miserable que se cebaba en ellos, necesitados de comida y sedientos de olvido. La niebla cayó de pronto en los barrios bajos, y las figuras fantasmales de la jauría parecían seguirla como a un líder hasta el interior de otra de las tabernas. Los gritos de terror se escucharon en toda la ciudad, mientras algunos soldados comenzaban a correr hacia la zona. Durante un breve periodo de tiempo los aullidos y gritos dejaron de sonar, para dejar paso a susurros roncos de voces humanas. Una voz sobresalía sobre las demás, ordenaba nuevas actuaciones y rematar a los heridos.
          En el exterior, escondidos en el interior de sus casas por miedo a las miradas de algunos lobos que observaban las ventanas abiertas, los vecinos pudieron escuchar como el líder ordenaba marchar. Un gran lobo blanco de ojos ardientes salió de la taberna con el morro bañado en sangre.
         Y, de pronto, se hizo el silencio. Sólo roto por el susurrante silbido de dos dagas que volaban en la oscuridad hasta clavarse en el lomo de uno de los lobos más pequeños. Lobos que podían espantar a la población de Frikigard, pero que habían despertado poderes que hubiese sido mejor no molestar jamás. Al final del callejón se erguía la legendaria figura de Robbel. El temible guerrero drow que había luchado en mil batallas, que había recorrido el reino junto al rey y había participado en infinidad de guerra. El hombre que sólo temía una cosa: la ira de Eva, su maestra de rostro y cuerpo infantil. 

-Es hora de vengar a los drow caídos... -sus palabras resonaron en el callejón llegando hasta los oídos de aquellos que se habían acercado en busca de noticias. 

             Escondidos entre las sombras se escondían otros dos poderes oculto: Sarverius, un vampiro recién llegado a la ciudad y de oscuro presente, y Setsuna, un guerrero ciego y temible, más poderoso cuanto más se minusvaloraba su valor. Sarverius, que se ocultaba gracias a poderes que los vivos no llegaban a entender, había visto aparecer la niebla y se había acercado a ella. Deseaba llevar un trofeo a la casa de Mot, mostrarle al príncipe vampiro Hathaltoy que no se había equivocado al confiar en él, que sus miedos no eran reales. Necesitaba ganarse la confianza del príncipe para poder llevar a cabo sus experimentos, y tal vez esta fuese su oportunidad.
              Juntos observaron como el lobo herido aullaba de dolor, se retorcía un instante, y comenzaba a correr con sus compañeros. Pero pareció que el gran lobo blanco no lo dejaría acercarse. Una sola mirada de la bestia sirvió para que el lobo herido girase en otra dirección, alejándose de los compañeros de manada en una acción impropia de los lobos. Pero más extraño aún fue comprobar cómo el lobo blanco observaba a Robbel, fijamente, posando sus ojos en él como si supiera que allí se encontraba un poderoso enemigo. Para luego dirigir su mirada a un Sarverius que se escondía a los ojos humanos.

-Qué haces aquí, vampiro, este no es tu lugar-Los lobos continuaron corriendo, y lentamente la jauría desapareció en la niebla. Sarverius no podía creer lo que acababa de escuchar en su mente. Por el tono autoritario de la voz que resonó en su cabeza, y por el sonido de la misma, pensó que ese ser debía de ser el propio Hathatloy, su mentor en la ciudad. Sin pensar en otra cosa, Sarverius echó a correr hacía la casa del señor de Mot, repitiéndose a sí mismo una única pregunta ¿porqué el Príncipe atacaba su propia ciudad?. Pero, en su carrera, una sonrisa cruzó su rostro: sí Hat controlaba ese lobo, Sarverius estaba trabajando por un hombre muy poderoso y eso le gustaba. Más aún viendo el daño que el otrora justo vampiro causaba en la ciudad.
             Robbel, por su parte, vio desaparecer a los lobos y notó la presencia maligna de Sarverius corriendo en dirección opuesta. El experimentado guerrero sabía que no tenía sentido seguirlos, habían desaparecido en la noche, casi fusionándose con aquella extraña niebla.

-Tsk... la próxima vez no escapareis y si oís mi voz será mejor que os cuidéis de no volver- La voz del guerrero se extendió por la noche, hasta los oídos de quienes observaban la situación desde las sombras. Robbel miró al guerrero ciego que saltaba a su lado -Hola Setsuna –dijo acercándose a él- Esta noche no habrá nada más que hacer, no creo que vuelvan los lobos. No sé si el hombre que ha marchado tendrá algo que ver con ellos, me encargare de saberlo -dijo refiriéndose a Sarverius, consciente de que Setusna también había notado su presencia- Pero una cosa es segura, se les puede dar muerte a los monstruos pues herí a uno.

            El drow se acercó a la zona donde había herido al lobo y con un pañuelo recogió un poco de la sangre que había derramado el animal. Estaba seguro de que los poderes del conde Askanter podrían rastrear donde estaban los animales. Nada se escapaba a su control y si hasta ahora no había actuado sería porque no lo consideraba necesario. Pero la situación se hacía más grave, Robbel confiaba en que el Conde tomara cartas en el asunto y, entonces, empezaría la caza de verdad. Pero no necesitaba acudir al conde para seguir el rastro de sangre del lobo herido que recorría las calles hasta un oscuro callejón sin salida. El drow, dejando de lado a su ciego compañero, siguió el rojo reguero hasta aquel lugar esperando encontrar al lobo acorralado y asustado, pero lo que encontró le causó sorpresa y excitación.

En estos días se irá completando, de forma más lógica a su publicación semana a semana.

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