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La Marabunta ... y el Capitán Sepín

El viento hacia crujir las contraventanas de madera de balsa de la vieja taberna del Gato Persa. Los sonidos del exterior quedaban amortiguados por las risas de los presentes. Hombres curtido que hablaban de las últimas incursiones realizadas, del ataque a la Española y de los navíos abordados. La luz se filtraba por la ventana dejando sombras en las que se escondían las cucarachas, que corrieron en todas direcciones cuando la puerta se abrió dejando paso a dos hermosas y negras mujeres. Vestían como hombres: botas altas, pantalón y casacas oscuras. Solo sus ojos y sus sonrisas desentonaban con la triste vestimenta.

-Ron- pidió la más alta acercándose a la barra y dirigiendo su mirada al tugurio.

Algunos hombres se movieron inquietos, uno intentó abandonar la taberna, pero cayó de espaldas al contra el gigantón rubio, que agachó la cabeza para entrar en el recinto.

-No debes huir de ellas -dijo con tristeza- no te harán nada mientras no les pagues- a la luz de las lámparas de aceite, sus ojos azules parecieron cambiar de color.
-Deja al chico, Borough, no todos están tan contentos de tener dos putas cerca- la voz sonaba jovial, cantarina, y el hombre del que provenía no desentonaba. No era muy alto, vestía con alegres colores y un pequeño laúd colgaba de su espalda, descansando el mástil sobre el pomo de su espada.
-Cuida tus palabras, Mamonunth -dijo la más baja de las negras- Ya sabes que para otros puedo ser una puta pero, para ti, soy quien conduce tu barco.
-¿De eso no hay una canción?- el acento italiano delató la presencia de Marco Antonio en uno de los rincones más oscuros -Vasques no debes tratar así al chico, ya sabes que te aprecia por eso navega contigo. Como hacemos todos.
-Hacemos todos -repitió una voz acuosa a su lado -sí, todos navegamos.

Borough rodeó con el brazo a la más grande de las negras y la acompañó hasta la mesa, saludando al nutria, el vigía, con una leve inclinación de cabeza. Los demás le siguieron y pronto la taberna volvió a su rutina. Todos conocían la fama de los hombres allí sentados: el temible Marco Antonio, timonel de La Marabunta; Borough el temible pirata aficionado a las bebidas fuertes; Mamonuth, tan rápido componiendo con el laúd como matando con la espada; el Nutria, el más joven pirata del grupo, vigía y mensajero; Vasques, la otrora puta que ahora era conocida por su manejo en los mapas y en la plantificación de los asaltos; Mutambo, su hermana, traída como ella del África negra encerrada en un barco esclavista y que ganó la libertad de ambas por la fuerza de sus piernas.

-No estaréis empezando sin nosotros- el hombre, rechoncho y vestido de amarillo, entró renqueante por la puerta para desplomarse sobre una silla- no debéis correr, os lo he dicho muchas veces. ¡Rubia!- gritó-¡Cerveza!

La esclava rubia vestía ligeras ropas blancas que le daban un aspecto casi fantasmal. Su rostro reflejaba la luz incluso dentro de aquel antro. Caminó en silencio hasta la mesa y dejó la jarra delante del hombre.

-Porque te he prometido que hoy me portaría bien, pero mañana la cerveza te la sirves tú ¿Cómo estás? Se te ve cansado.

Y lo estaba. Cansando del mar y de aquella tripulación de locos. De comandar un galeón cochambroso en el que la tripulación aumentaba cada día pero solo unos pocos se mantenían firmes. Él, que siempre había soñado con ser un reputado capitán, ahora no era más que uno más. Sus hombres le ignoraban, organizaban fiestas cada dos noches y, muchas veces, ni siquiera le invitaban Incuso había llegado a pensar que algún día se amotinarían y, cuando expuso en voz alta sus miedos, todos se rieron:
-Quien mejor que el Capitán Fat para gobernar esta loquería.

El Capitán Fat se secó el sudor de la frente con la manga antes de mirar a sus hombres. Estaban casi todos sus ellos. Faltaban algunos y mientras no estuvieran todos no quería comenzar.

-Bueno- dijo Marco Antonio- hablemos de cosas importantes.
-¡Alcohol!- gritó Borough.
-¡Mujeres!- respondió el Nutria.
-¿Dónde?- preguntó Borough
-Que más te da -terció Mamonunth -tienes menos éxito que éste.
-¡EH!- dijo el capitán cuando el músico le señaló.
-Creo que Marco Antonio se refiere al botín- la Rubia rellenó las copas de los presentes mientras asentía a las palabras de Mutambo.
-No podemos -dijo con rotundidad Vasques- Aún faltan lord Corba y lady Chodna.
-Ya sólo ese loco hispalense y el francofilipino – la voz aterciopelada cruzó la estancia desde la puerta abierta. El hombre vestía una rica casaca azul bordada con hilo de oro, altas botas de cuero negro y un ancho cinturón adornado con una hebilla de plata labrada. El pelo rubio le caía por la espalda y contrastaba con la negra melena de su acompañante, que vestía al estilo de las europeas, con un ajustado corpiño que daba forma a su busto, iluminando un traje de seda azul mar.
-Estamos aquí- el hispalense, Rey, portaba una cabra sobre sus hombros, que dejó caer junto a la barra.
-Tenía hambre- Alexandro
-Del botín -dijo Marco Antonio con voz de resignación ante el tiempo perdido- del galeón Marisert hemos logrado sacar 600.000 ducados. Habrá que repartirlo.
-No,- dijo lord Corba mientras limpiaba la silla con un blanco pañuelo que pronto torno en negro- debemos repartirlo entre los pobres. Camarero, vino por favor- concluyó con un exquisito ademán.
-Jamas- dijo Rey- Tuve que saltar desde la Marabunta al mar y nadar media hora en la fría noche para anclar un barco al otro. El dinero es nuestro.
-Tiene razón el joven, querido-dijo lady Chodna- lo ha ganado. Y es bueno para nuestra hacienda.
-Pero amor, el pubelo lo necesita más que nosotros -sorbió el vino – ellos son pobres y el mundo tiene que demostrarles que la justicia existe. Nosotros seremos la justicia que los salve.
-Yo voy a matar a la tabernera como no me traiga la puta cerveza.

Los modales de lady Chodny desaparecieron y arrancaron las carcajadas de todos. Alexandro d'Orange se atusó el cabello, ausente de la conversación para sentarse junto a sus compañeros de armas a observar la belleza antinatural de una indiana que, equivocada, entró en el tugurio. El Capitán Fat se volvió un segundo, presto a concluir con aquello y tocar un tema importante, pero comprendió que no tenía sentido. Todos hablaban al unisono y al final tuvo que levantar la voz.

-Señores, seriedad. Hablemos de lo que de verdad importa... ¿quién va a cocinar la cabra? Tengo hambre.

Y la comida se preparó lejos del antro. Los hombres del Capitán Fat marcharon por el puerto hasta el viejo navío que se había convertido en su hogar. La Marabunta era un antiguo galeón español, que pasó a propiedad inglesa antes de ser reconvertido, por Fat y sus hombres, en nave corsaria al servicio de Francia, primero, y pirata después.

-Está bueno el bicho- dijo lady Chodni arrancando un trozo de carne de la paleta del cabrito.

La grasa resbalaba por su rostro hasta su cuello cuando lord Corba acudió a su lado. Con un pulcro pañuelo de seda, limpió el reguero que chorreaba desde la boca de la mujer. Observaba de reojo como Mamonunth comenzaba a tocar las cuerdas de su laúd, signo inequívoco de que iba a amenizar la velada con sus canciones de amor. Vasques caminó hasta sentarse a su lado, apoyando la cabeza sobre las manos observando, en distraída pose estudiada, la luz que se filtraba entre los tablones del casco.

-Fat, deberíamos arreglar el barco- dijo- Un día de estos nos hundimos.
-Eso decírselo a Borough, el se encarga de las reparaciones.
-Habrá que estudiarlo y ver por cuanto os saldrá- dijo el rubio pirata mientras Mutambo acariciaba sus cabellos -¿tú qué crees esposa mía?
-Que por mucho que sueñes, nunca seré tuyo…. Nuestro momento pasó. Ahora centrémonos en lo importante, esposo mío, ¿cuánto cobrarás?
-¿Cómo que nos cobrará? El barco es de todos –el capitán Fat miró a su amigo indignado- tú y yo llevamos navegando en este galeón el mismo tiempo, desde el suceso con….

El galopar de un caballo por el puerto rompió la conversación.

-What? How to coméis without mi?- la atronadora voz resonó en la cubierta. El hombre, enjuto, moreno, de miraba traviesa, mostraba una cicatriz en la oreja derecha.
-Desde ese sucedido- dijo D’Orange- desde que el amigo Borough le arrancó la oreja sir Charles.
-¿Cómo? ¿pero no han sido amigos siempre?- El Nutria miraba atónito a Charles y a Borough preguntándose que llevó al uno a realizar tamaña tropelía sobre el otro.
-Una partida de naipes- dijo Marco Antonio a la par que escanciaba vino sobre la carne asada, sonriendo feliz a dos hermosas hembras de exultante pecho que paseaban por el puerto.
-¿Naipes?
-Yes, Nutria, my friend, me arrancó la ear when i was leading the donkey. No lo soportó. Y me did this.
-No seas quejica, sir Charles- terció Rey, al que llamaban Japi pues siempre estaba feliz- cosas peores se han hecho.
-Y peores puedo hacer como no me traigas esa cabra ya- gritó el capitán.

La Rubia corrió a satisfacer los deseos de su dueño y, cuando la cabra había sucumbido a los estómagos de los piratas, trajo diversos platos con ricos postres.

-Está bien, está bien. No hace falta que insistas, Rubia, tomáremos esas viandas que nos has preparado para cerrar la comida -Fat tenía un trozo de pan de cebada y cacao en la mano, mientras limpiaba las migajas caídas sobre la vieja mesa de cerezo- Vasques, despliega los mapas. Ha llegado la hora de hablar de cosas serias.
-Por fin -dijo Marco Antonio- repartiremos el botín y podremos ir al puerto a buscar algún caballo que comprar.
-No, no, ya repartiremos eso- repuso Fat- ahora hablaremos de la Perro Caliente.
-¡Por fin has decidido asaltar la fortaleza!- exclamó entusiasmado D'Orange.
-¡Eso es!- Borough se mostraba júbilos -¡Ya era hora de acabar con esos perros ingleses!
-Mi friend, are you algún problem with mis compatriotas?
-Cada día entiendo menos a este Charles- Mamonuth puso los pies sobre la mesa y comenzó a rasgar el laúd -escribiré alguna oda sobre la hazaña.
-Están todos locos- susurró Fat, observando como Mutambo comenzaba a hacer malabares con los platos de postre.

Vasques chasqueó la lengua para apartar a lady Chodni y lord Corba y situar los planos sobre la mesa. Los dibujos de Borough mostraban el alzado de la temible fortaleza. Los muros, de 20 metros de altura, se elevaban sobre escarpados acantilados. Contaba la leyenda que ningún hombre había logrado atrasarlos con vida, pero que los cuerpos de los muertos surgían de las profundidades de los pozos.

-Yo escalaré esos muros- dijo entusiasmado Rey, al que todos llamaban Japi- Yo entraré en esa fortaleza.
-Pero, ¿vivo?- preguntó la Rubia subiendo los pantalones a Borough mientras éste se defendía.
-Nadie morirá esta vez- dijo Fat pensando en la última escaramuza y la muerte de los dos queridos perros de la Rubia- Entraremos de otra manera. ¿no habéis pensado en como llegan los muertos al interior de los pozos?
-¡Sus espíritus buscan venganza!
-¡Atraviesan los muros, son fantasmas!
-Le arrastran la aguas- dijo Marco Antonio finalmente.
-¡Bingo!- gritó Fat.
-No me lo creo- dijo Rubia enfadada- muestralo, siempre haces trampa.

Fat la ignoró antes de pedirle a Vasques que explicará lo que sabía. Y esto era mucho. La joven pirata ex puta había estudiado a fondo la fortaleza. Pocos eran los que sabían que junto a su hermana habían mostrado su sapiencia en asuntos de amor entre los muros de la Perro Caliente. En aquellos días fueron muchos los cuerpos aparecidos en los pozos y, asqueadas de tanto hedor a muerte, ambas mujeres decidieron deshacer el entuerto. Mutambo bajó a los pozo en una noche de luna llena y marea vacía y descubrió la puerta a los infiernos.

-Esa misma puerta -concluyó Fat- que abriremos nosotros mañana.
-¡oju con my God! 

Mientras la comida llegaba a su fin, la Marabunta navegaba con viento pausado, al vaivén de las olas y guiada por la mano sabia de Marco Antonio, el timonel que bostezaba ante la lentitud de la travesía.

-Esta ballena es demasiado lenta- dijo el italiano- si me dejáis que haga unos retoques lograríamos ganar cuatro nudos por lo menos. Y el viento azotaría vuestros cabellos como nunca.
-Claro, lo sabemos –respondió el capitán Fat-, pero por ahora no tenemos más que lo que tenemos. ¿Queda mucho para llegar a la Perro Caliente?
-No, no –dijo Vasques- estamos llegando, pronto empezaremos a ver los barcos que la protegen.

El Capitán Fat se acercó a la borda, mirando a la lejanía, mientras sus hombres comenzaban a preparase. Algunos, simplemente, estaban sentado en círculos, apoyados en la pared escuchando las historias de Mamonuth. Las risas se extendían por el barco, con los piratas ansiosos por entrar en combate.

-Cuando huimos de allí, pudimos ver las cañoneras que protegen la fortaleza- Mutambo estaba ajustándose el corpiño y el cinto- al menos cinco de ellas protegen las puertas del infierno. Estoy seguro que el Capitán Serin conoce la entrada a la cueva y lo usa para beneficio propio.
-Si esos barcos están en el mar, pueden ser un problema ¡Nutria!- bramó Fat.
-¿Si capitán?- el joven pirata llegó a pecho descubierto, sonriendo a todos.
-¡Vete al carajo!-le gritó Fat –Y no vuelvas mientras no estemos a las puertas del infierno.
-¡Si, jefe!- gritó feliz y echó a correr hacía las escalas para subir por el mástil hasta la zona más alta.

Borough y Japi se apoyaron en la borda, hablando de cómo asaltarían las murallas mientras D’Orange, lord Corba y sir Charles hablaban de los castillos ingleses, francés y holandeses que habían asaltado durante sus estancias en Europa. No había terminado la cuarta canción de Mamonuth cuando Nutria gritó:

-¡Barco a la vista! Allí, a estribor…. Una cañonera, lleva el pájaro dorado en el pendón.

Los hombres corrieron a estribor oteando el horizonte en busca de la cañonera. Los gritos de júbilo salieron de las bocas de todos. La lucha iba a comenzar.

El capitán Fat pareció transformarse sobre el puente. Los hombres miraban silenciosos como comenzaba a dar órdenes, con el piloto Marco Antonio a su diestra y la feroz Vasques a su siniestra.

-¡Rubia! Esparce serrín por la cubierta- ordenó.
-Ni que fuera una esclava- exclamó la esclava Rubia, mientras la antigua prostituta repartía piña colada entre la tropa, eufórica ante la batalla que estaba por comenzar- ¡soy una más entre vosotros! No confundáis los cuidados que os reparto con sumisión. Pues no es esclava la madre....
-Ninguna madre querría que sus hijos resbalaran en una cubierta ensangrentada y murieran tontamente- lady Chodna la acercó un cubo con serrín mientras ella misma comenzaba la tarea.
-¡Borough!¡Japi!¡Mamonuth! Iréis juntos. ¡Lord Corba, sir Charles y messieurs D'Orange en otra!
-¿Porqué tengo que ir con los caballeros y no con la chusma?- preguntó lord Corba señalando a Japi y Mamonuth -¿Acaso esperáis que se hunda nuestra embarcación?
-No caerá esa breva -dijo el Nutria volviendo del carajo para embarcarse en una tercera chalupa junto a la terrible Mutambo y lady Chodna.
-Pues sabed que yo no soy un perro burgués -continuó Corba- Soy un hombre del pueblo... Miguel, la escala para bajar al bote -ordenó a su criado.


Otros hombres comenzaron a embarcarse en sus navíos mientras Fat saltaba pesadamente sobre la cubierta para dar instrucciones, seguido de Vasques y su piña alcohólica. A la sombra del mástil mayor un espectro saludo quedamente. Sumido en la oscuridad su blanquecina piel parecía fantasmagórica. Los hombres evitaban pasar a su lado, corriéndose la voz de que aquel ser de modales exquisitos y silencios eternos había visitado al propio Lucifer antes de volver de entre los muertos buscando un rayo de sol que le aportase calor y color. Fat le saludó con la cabeza y continuó su camino hasta los artilleros.

Contrató a los dos hermanos hacia cinco años en el puerto de Santo Domingo. Habían huido de Haití y habían encontrado una pequeña playa en la que habitar, rodeados de sol, palmeras y mujeres. Pero La Marabunta había terminado por hechizarlos y, pese a sus problemas idiomáticos, habían decidido enrolarse.

-Almigante Taf ¿dónde debemos apuntag? -dijo Lucas.
-Al bagco hegmano- dijo Nicolás.
-¿A cual?
-Creo que esa cañonera de estribor no sería mala cosa -repuso Fat
-Almigante, ¿qué canionega de extibog?
-¡ESA!- gritó exasperado- ¿recuerdame porque contratamos a estos dos? No les entiendo y, para colmo, Lucas esta chocheando ya... ¡bah! ¡A la guaga! Digo ¡Guega!, GUERRA
-¿QUÉ? -preguntó Mamonuth entre las risas de todos.
-Estos pirates are crazy
-Yeah my lord- dijo Borough sonriente antes comenzaba a remar hacía los enemigos abriendo la marcha de pequeñas chalupas.

Fat se acodó en la borda observando como sus hombres navegaban felices y algo borrachos hacia las cañoneras, en las que comenzaba a verse cierto movimiento. El Fantasma avanzó quedamente hasta la borda para lanzarse a la chalupa de los vizcaínos Nunca había entendido porque su cabecilla, además de tener la manía de incendiar barcos de pesca en el muelle, se negaba a usar su bandera. Fat sabía que la hormiga roja sobre fondo verde escarlata no imponía mucho respeto, pero aquellas líneas rojas y blancas cruzándose entre sí tampoco decían mucho. Pese a todo, había descubierto que el navío vizcaíno que, libremente se había federado a los hombres de La Marabunta dejando clara su total independencia respecto a Fat y a la corona que aspiraba a llevar, causaba un enorme terror entre sus enemigos. Y eso le agradaba a todos. Además de que Bilbo, como todos llamaban a su cabecilla, era una grata compañía en las pacificas noches de navegación o en las ruidosas juergas portuarias.

-Lucas, Nicolás... -llamó Fat- ¡Fuego!


La explosión resonó en el barco, llenando de humo la cubierta mientras el agua caía sobre ellos. Las risas se extendieron por la cubierta.

-¡MAMONAS, ALLÍ NO! -gritó Marco Antonio mientras la pequeña fusta amarrada a La Marabunta se hundía -¡Acaba de comprarla en Posmuth e iba a venderla en Puerto Príncipe!...
-¿Que entendéis por estribor?
-No entiendo que tu decigme, Almigante Taf.
-LO MATO – Vasques intentaba contener la ira del italiano mientras su flamante embarcación de rojo y brillante casco comenzaba a arrastrarlos.
-¡Cortad las amarras!- dijo la ex puta mientras los hombres en las chalupas dejaban de remar -¡Seguid, seguid!- les gritó.

Fat se sentó en el suelo, mirando a los dos hermanos mientras Nicolas se acercaba para ofrecerle un poco de pescado.

-Ha caído sobge la cubiegta, capitán. Ha tenido una lagga vida.
-Es un puto chanquete...- dijo Fat llorando -¡Por qué no habéis disparado donde os dije!
-Almigante Taf, dispagué donde me dijgó.


-¡POR DIOS!
-¡Por ti!- respondieron todos.
El Capitán Far rompió a reír. Y con su risa la alegría se extendió por el barco. El propio Marco Antonio pareció mitigar su dolor por el barco perdido. Caminó rápido hacia los dos hermanos haitianos y el silencio se extendió pero el italiano tan sólo echó el brazo sobre Nicolás.

-¡Aju la virgen! Me has hundido la chalupa, en otro momento te mataría. Ahora solo te pido que lo próximo que bombardees a nuestros enemigos.

Y, entonces, todos recordaron donde estaban. Fat se levantó, con los ojos anegados en lágrimas provocadas por la risa, se apoyó sobre la barandela de estribor, observando cómo sus hombres continuaban su marcha a la guerra. La chalupa de Japi, Borought y Mamonuth iba a la cabeza, con Japi remando y gritando al resto de hombres por quedarse atrás. Desde las cañoneras comenzaron los disparos y el humo de la pólvora al explotar en los morteros se unió al agua o las astillas allí dónde impactaban. Los gritos de dolor acallaron las risas y Nicolás y Lucas, los artilleros haitianos de La Marabunta parecieron duplicarse para que los cañones comenzaran su macabro canto de muerte. Marcos Antonio volvió al timón, manteniendo firme la nave mientras Vasqués y la Rubia organizaban a los hombres para proceder a los arreglos urgentes en cubierta. Fat acudió al puente, observando en silencio lo que ocurría.

La chalupa de Japi voló por los aires, y el gigante sevillano se lanzó al agua para nadar hacia la cañonera. Borought ayudaba a uno de los hombres a agarrarse a una segunda chalupa y Mamonuth nadó hasta la embarcación de Lord Corba. Los hombres se mostraban inquietos y el Capitán Fat comenzó a gritarles. No deseaba perder a ninguno de sus hombres, pero las malditas cañoneras parecían desvanecerse ante los disparos lanzados desde La Marabunta. Buscó con la mirada a Bilbo y los suyos, sabía que su fiereza no tenía parangón y observó como abordaban una de las naves enemigas. Giró en busca de Mutambo y las suyas. El Nutria dirigía con pulso firme el avance hacia la boca del infierno. Ese había sido el plan. Debían llegar a la entrada y posicionarse para proteger al resto de hombres en el desembarco. Una segunda andana de cañonazos llenó de humo la cubierta de La Marabunta. Fat tosió, sintiendo a Vasqués a su lado, agitando la mano para apartar la ceniza que quemaba sus ojos. Agudizó el oído, intentando descubrir si los gritos agonizantes eran de sus hombres, pero sin lograr discernirlo. Espero, ansioso, durante varios minutos, rezando por todos y cada uno de los suyos. Eran sus hermanos, su familia, sus amigos, su vida, su tesoro y las lágrimas que se derramaron por sus mejillas sintiendo la más que probable muerte de Japi despejaron su mirada.

Las cañoneras habían caído bajo el fuego de los haitianos. Bilbo y los suyos regresaban embadurnados de la roja sangre de sus enemigos. Mutambo, Nutria y Chodni habían llegado a la costa y sir Charles, D’Orange, lord Corba y Mamonuth les seguían a la zaga. Japi nadaba exhausto, atado a una cuerda, remolcando una de las cañoneras vencidas, en las que Borought mantenía a raya a los enemigos, maniatados sobre la borda.

-¿Cómo?... ¡VICTORIA!- gritó Fat.
-Victoria- respondió Borought sobre la cañonera.
-¡Cuidado!- exclamó Mutambo mientras un proyectil se dirigía a su no esposo.

El silencio se hizo eterno en los segundos que el proyectil tardó en llegar a su destino. Borouhgr lanzaba besos a Mutambo, creyéndose vencedor, con una amplia sonrisa en su rostro.

-Esperadme que voy –gritó justo cuando el proyectil golpeó en su cabeza. Todos cerraron los ojos, menos Fat.

-Sacad el alcohol, estoy hay que celebrarlo- ordenó el capitán ante el asombro de todos.
-Eso, eso, alcohol, alcohol- respondió Borought mostrando el proyectil partido en dos.
-Este mamón tiene la cabeza dura como una piedra- Fat levantó una copa hacia su amigo.
Fat fue el último en llegar a la Puerta del Infierno, sus hombres esperaban sentados, riendo a mandíbula batiente cada broma lanzada sobre Borought y la dureza de su cabeza. Mamonuth rasgaba un pequeño ukele cantando canciones con doble sentido sobre la testa del pirata rubio. Mutambo estaba acariciando su cabello, allí donde la bomba de plomo debía haberle abierto en canal, y había terminado partida en dos.

Marco Antonio maniobró la chalupa del capitán para encarar la boca de la cueva, ayudando a la Rubia y a Vasques a desembarcar cuando aseguró las amarras.

-¿Y yo qué?- preguntó el Capitán Fat abriendo los brazos y observando la distancia que le separaba de la costa.

Japi y lord Corba se acercaron a ayudarle, extendiendo las manos para sustentar el pequeño saltó, no más de un paso, necesario para llegar a la costa. Las risas atronaron cuando el capitán cayó de culo al agua, lanzando agua a gran altura en su caída.

-¡ME CAGO EN SEVILLA Y EN TO’ LO QUE SE MENEA!- gritó Fat-¿Cómo puedes resbalar por el sudor?¡Acabas de salir del agua!
-Acabó de nadar desde la cañonera, esquivando las balas y cargando con nuestros enemigos y Borought… ¿cómo no voy a sudar?

Muy cierto, pensó Fat. Era imposible que Japi no sudase, siempre lo hacía. Era un problema que provocaba que no pocas armas se resbalaran de sus manos. No importaba su fuerza descomunal suplía su sudoración.

-Bien chicos- dijo Fat escurriéndose la casaca- Esta es la puerta del infierno. Desde aquí podremos acceder a la Perro Caliente.
-¡oh!, my amigo –interrumpió sir Charles, impaciente por entrar en la cueva –por fin we vamos to Hot Dog.
-Sí, sí, la perro caliente- Fat estaba cada vez más enojado- Vamos a entrar ahí y vamos a acabar con el Capitán Serin.
-ouuu… The Canario Capitan- sir Charles palmeó- a ese le tengo ganas.
-Y yo,- gritaron casi todos los hombres.
-¡ME QUEREIS DEJAR HABLAR!
-Dejad al Capitán hablar- Vasques consiguió que los hombres callasen.
-Si, todos odiamos a Serin. Se ha rodeado de hombres guapos, jóvenes y atléticos y no ha perdido una batalla en años. Nosotros- dijo pasando la mirada por sus hombres- somos todo lo contrario. Pero somos mucho más que ellos. Nosotros somos familia. Luchamos hombro a hombro para salvar la vida de nuestros compañeros y, si se puede, la propia. Ellos –señaló a lo alto- luchan por dinero y sólo eso les mantiene unidos. ¡Con nosotros no aguantarían ni dos días!
-¡Como que no repartes lo botines!- se quejó el Nutria.
-No aguantarían-prosiguió Fat ignorándolo- porque nosotros seremos bajos, gordos y feos. Y, además, llevamos mujeres abordo y ya se sabe que estás traen mal fario a los navíos. Nada de eso importa. Somos mejores. Estamos capitaneados por el más temido de todos los piratas de las Antillas, el más sabio e inteligente, el más simpático, agradable y guapo.
-¡Y humilde!- dijo la Rubia.
-Pero él- el capitán hablaba de sí mismo en tercera persona, creyéndose un dios- no sería nada sin vosotros. Lo habéis demostrado hoy. ¿Dónde estaba el capitán? En el barco, observando como vosotros os jugabais la vida. Protegido tras las faldas de Vasques y al cuidado de Marco Antonio. ¡Él no sería nada sin vosotros!
-Muy cierto –dijo D’Orange- quizá haya llegado el momento de cortarle la cabeza.
-¡Te quieres ir al carajo!
-No –gritó Nutria- esta ver iré a la cueva…

Y comenzó a andar hacia la boca del infierno mientras todos los hombres se miraban recelosos.

-Buen discurso, Fat- le dijo Borough apoyándose en su hombro- has dado razones suficientes para que te derroquen antes de coronarte.
El Capitán Fat miró de soslayo a Borought, comprendiendo que su amigo tenía razón. El mismo se había amotinado contra su primer capitán después de un discurso más alentador que el suyo. Aún así, Fat confiaba en sus hombres, sabía que nada podría separarlos de La Marabunta y que, llegado el caso, todos aportarían su grano de arena para conseguir los objetivos propuestos.

-Bueno qué –gritó el Nutria- ¿os vais a quedar ahí o vamos a meterle el dedo en el culo a la perra ésta?
-¡No hables así!- gritó la Rubia -¡Te has educado con un preceptor de pago!
-No, Rubia, esos han sido los aristócratas esos- señaló con la cabeza a D’Orange, Corba y sir Charles.

Los tres aludidos bufaron desde su posición, incómodos y divertidos a la vez.

-No tengo culpa de haber nacido hijo de un hombre acaudalado –dijo lord Corba- Mi padre era maestro mayor de pocilgas del Reino. Y controlar la producción de cerdos favoreció mi educación. Pero yo he sabido dirigir mis esfuerzos a luchar contra los pobres, ¡pobres!, defendiéndolos de cerdos opresores.
-I debo ser one opresor pork, becouse y not soy pobre. Y never lo fui –dijo sir Charles- My father era terrateniente and militar doctor. And I’m muy happy de this.
-Yo llevo toda mi vida intentando acceder a esta categoría aristocrática…. Soy feliz siendo rico- repuso D’Orange encogiéndose de hombros y pensando en el semental de negro y brillante pelaje que tenía en casa –pero tampoco tuve un preceptor privado.

Fat comenzó a caminar hacia el interior de la caverna, seguido de Marco Antonio que reía abiertamente, entrecerrando los ojos para ver en la penumbra.

-Ya lo ha dicho el Nutria, metamosle el dedo en el culo a Serin. ¡Mamona el último!

Todos corrieron al interior de la cueva. ¿Todos? ¡No!, el capitán Fat se mantenía firme en su oposición a las carreras, y caminaba pausado refunfuñando por el mal discurso dado, y por la oscuridad de la cueva, solo rota por los escasos rayos que cruzaban su boca. Poco a poco los ojos fueron acostumbrándose a la penumbra. La caverna era grande. Tanto que la Marabunta podría esconderse en ella. Fat llegó a pensarlo. La pericia de Marco Antonio en el pilotaje de navíos era conocida en todos los mares navegables, si alguien podía meter el barco en aquel lugar era el italiano. Lo observo, de hito en hito, negándose a pedirle aquella locura.

-¿Marco?- titubeó.
-Sí, Fat, claro que puedo hacerlo.
-Aún no sabes que voy a pedirte.
-Que en vez del dedo le meta el barco por el culo. ¡Lo haré!

Asintió el capitán mientras el italiano llamaba a dos hombres y partía hacia el barco. Observó, entonces, lo que ocurría a su alrededor. El agua corría hacia el interior de la tierra, pero, en algún momento, comenzaba a elevarse. Escuchó el ruido de cascadas y se preguntó de dónde vendrían.

-¡Nutria!¡Mamonuth!, buscad el origen de esos torrentes. No volváis hasta que sepáis dónde están.

Los dos aludidos salieron corriendo, chapoteando al borde del gran lago interior, que se extendía hasta la oscuridad de la caverna.

-Mutambo y Borought, traed uno de esos botes y navegar hasta el final del lago, quiero que busquéis un lugar tranquilo dónde descansar, y con la suficiente altura para encender una hoguera- el no matrimonio comenzó a andar hacia una barca, mientras el Capitán se volvía hacia la Rubia- Prepara algo de comer, me muero de hambre.
-No te vendrá mal pasar hambre –dijo la Rubia- así te quitas esa barriga que tienes. ¿Carne o pescado?
-Carne. Japi, ve con sus excelencias- dijo con media sonrisa refiriéndose a Corba, Orange y Charles y asegura el perímetro. No quiero que nos cojan desprevenidos. Vasqués –dijo finalmente- tu conmigo. Debemos hablar de cómo subir a la Perro Caliente. ¡Vamos!

Vasqués asintió:

-Por una vez, Capitán- dijo- pareces realmente estar al frente de esta horda.
***
El Nutria corría por el borde del lago hasta perderse en la oscuridad de la noche. La respiración entrecortada de Mamonuth a su espalda. El músico intentaba seguir el ritmo del vigía de la Marabunta.

-No me gusta esto, hay demasiada arena- dijo levantándose después de la segunda caída –Estoy empapado, joder, aquí no hay más que agua.
-Vas a quejarte o vas a avanzar- dijo el Nutria saltando sobre un par de rocas, para caer sobre el agua.
-Tus castas, Nutria….

Intentó seguirle, saltando sobre la piedra. Resbaló y cayó al suelo. Golpenadose la cabeza en el fondo del lago.
-¡Puta!- gritó. Y la palabra retumbo por toda la cueva hasta llegar a oídos del Capitán Fat.

-Creo que alguien se acuerda de tu antigua profesión- le dijo a Vasques soltando una risotada- Por cierto, la cueva es más grande de lo que pensaba. Os había escuchado decir que bajasteis por el pozo hasta encontrar la puerta del infierno. Pero ¿por qué nunca me hablasteis del tamaño? Aquí dentro podríamos haber encontrado nuevos defensores, y ahora estaríamos muertos.
-No la recordaba tan grande. Huimos de noche, saltamos por el pozo y corrimos como almas llevadas por el demonio. Si no hubiera estado aquella pequeña chalupa, jamás habríamos salido a alta mar y si La Marabunta no se hubiera cruzado en nuestro camino, ahora seríamos nosotras las muertas.
-Háblame de tu vida antes de llegar a La Marabunta.
-Hay poco que decir, Fat, ya lo sabes. Era puta en la fortaleza que se eleva sobre nuestras cabezas.
-No lo creo.
-¿Cómo que no lo crees?
-Tú jamás has sido puta. Ni tu hermana tampoco- continuó Fat- Tienes una educación más propia de una princesa que de una mujer de la calle. Tienes dotes de mando, y eso no lo has aprendido a mi lado. Así que, princesa, comienza a hablar o acabaré indagando hasta saber la verdad. Y entonces tu secreto dejará de serlo… para todos-amenazó el capitán.

La mujer se quedó pensativa, mirando las llamas que iluminaban a la pareja en el recóndito lugar. Miró allí dónde su hermana se había adentrado en la cueva, antes de dirigir sus profundos ojos negros a Fat.

-Tienes razón- dijo en un susurro- no fui puta jamás. Llegué a esta maldita isla secuestrada por Sepin. Entonces aún no era un reputado capitán, era un mediocre pirata con mucha suerte, que se topo con el barco de mi padre por casualidad. Navegábamos desde Lisboa hasta La Española en un galeón de bandera holandesa. No éramos más que unas niñas. Nietas de un rico comerciante, habíamos crecido siendo educadas por preceptores franceses y navarros. Tocando el piano, bailando y aprendiendo a ser buenas esposas. Así debía ser. Tarde o temprano tendríamos que servir a los intereses familiares con un buen matrimonio que afianzará alguna alianza comercial. Pero padre no estaba totalmente de acuerdo con las decisiones del abuelo y, a escondidas de este, comenzamos a leer en varios idiomas, aprendiendo matemáticas, geografía, latín, aritmética y astronomía. Nos llevaba con él a los mercados, con la excusa de no dejarnos solas en la casa, pero al salir, se sentaba con nosotras en el suelo y nos preguntaba por lo que habíamos visto. Así aprendimos a comerciar desde muy pequeñas. Después, padre decidió dar el salto al otro lado del mar Océano y nosotras vinimos con él. Realmente huíamos de la tiranía de la familia y de la decisión de casarme con el hijo de un noble lisboeta. Padre me lo ocultó, pero en su lecho de muerte, ya en esta maldita roca, me confesó la verdad.

Se detuvo y comenzó a llorar. Jamás nadie la había visto derramar una sola lágrima, pero allí, escondido de los ojos de todos, menos de Fat, desahogó su alma, derramando el dolor hasta humedecer las rocas.

-No podía aceptar que habíamos acabado encerrados por mi culpa. Menos aún cuando Sepin pidió rescate a Lisboa y el abuelo puso como requisito que debía aceptar la boda. Padre volvió a negarse. Dijo que sus hijas se casarían por amor, como él mismo había hecho, y que no le impondría compartir la vida con un holgazán borracho sólo por obtener su libertad. Sepin se volvió loco al ver la actitud de padre y ordenó matarlo. Le dejó desangrarse… ¡lo mataré!, juro que lo mataré con mis propias manos –se miró las manos antes de esconder su rostro en ellas- Fue entonces cuando Sepin se rebeló contra el viejo alcaide de la Perro Caliente. La batalla fue cruenta y la sangre bañó las piedras de la fortaleza. El viejo logró escapar por un pasadizo secreto y, por alguna razón que desconozco, nos llevo con él. Llegamos hasta aquí, donde una pequeña embarcación estaba lista para zarpar. El resto ya lo sabes.

Fat se levantó, apoyo su mano en el hombro de la mujer y se alejó a paso pausado.

-Ya lo sabía todo, solo esperaba que tú me lo contarás.
***
Mamonuth había caído en medio del lago y el Nutria no podía parar de reír. Las carcajadas resonaban por toda la cueva y los dos hombres estaban sentados en la roca, con el bardo maldiciendo y escurriendo las plumas que adornaban su sombrero.

-Mierda, otra vez igual. Tendré que tirar las plumas y me costará mucho reponerlas.
-Son plumas, Mamonuth, cógelas de cualquier ave que se te ponga a tiro.
-No son plumas de un ave cualquiera, querido. Estas plumas son de un pájaro magnifico. Mágico. Aparece una sola vez cada cien años, pero en esta centuria apareció dos veces, y solo yo le he escuchado cantar. Ocurrió una noche de verano, de luna llena y tenue nubosidad. Yo estaba entonando una tonadilla para una hermosa dama a la que cortejaba aquellos días. A espaldas de su padre, por supuesto. Era lozana la joven, aún virginal, y se ruborizaba con mis palabras. ¡No te creas, Nutria, jamás le dije nada que vos no le hayáis dicho a una dama! Y allí estábamos los dos, bajo el balcón de su casa, hablando de amor eterno y esas cosas que tanto les gusta a las jóvenes damas. Y, entonces, en el balcón, cantó el pájaro. Y supimos que nuestro amor sería eterno y que sólo la muerte podría separarnos.
-¿Dónde está ella?- preguntó el Nutria
-Muerta, pero esa no es la cuestión- dijo Mamonuth sin pena alguna-. Lo importante es que el pájaro cantó para nosotros y, antes de desaparecer en la noche, dejó caer está pluma. Desde entonces mis canciones siempre han sonado bien.
-Si tú lo dices-masculló el Nutria-. Nunca te he escuchado cantar… mal, quiero decir. Además, todos los viejos estos dicen recordar alguna canción tuya en esos momentos comunes que dicen haber compartido.

Mamonuth rió orgulloso, sabía que era cierto. Desde que llegase a la Marabunta después de encontrarse con Borough en una cárcel caribeña, sus letras habían acompañado al grupo. En las noches de fiesta era él quién amenizaba las veladas. En las largas travesías eran sus canciones las coreadas por todos. En la victoria y en la derrota, rasgaba las cuerdas de su laúd. Era él la banda sonora de la nave pirata y todos los sabían. El Nutria había llegado al barco mucho después, no se sabe como se había encaramado a las jarcias del navío y había entrado en el corazón de la temida tripulación, pero este era su primer gran viaje.

-Continuemos, pero con tranquilidad, no quiero que te partas la crisma en una piedra- dijo el atlético vigía de pronto-. Ya me contarás tu historia completa en otro momento.

Y los dos hombres, como si fuesen hermanos, se adentraron en la cueva en busca del origen del sonido.

El Nutria y Mamonuth continuaban su caminar en busca del origen del ruido cuando unas sombras se cruzaron en las zonas iluminadas por sus antorchas.

-¡Un hombre lobo!- gritó Mamonuth ante el asombro de El Nutria.
-¡Y una mierda!- respondió Borougth saliendo de la oscuridad –Somos nosotros. El lago termina aquí.
-El ruido nos trae hasta aquí, pero…. ¡esto es imposible! –El Nutria señalaba una gigantesca cascada subterránea que parecía nacer del propio cielo de la cueva.

El agua caía desde una altura de 20 metros, rebotando en las rocas hasta crear remolinos imposibles en mitad de la nada. Arriba, allí donde el agua iniciaba su precipitada huída hasta el lago, podía verse la noche clareando el firmamento. Los cuatro piratas detuvieron sus ojos en el cielo, callados. Disfrutando del arrullo de la cascada y la tenue luz de la noche.

-¿Realmente era así?- preguntó finalmente Borought.
-No. No era así- dijo Mutambo -. O yo no lo recuerdo. No, no. Debimos llegar a la cueva por otro lado. Sin embargo, no logró apartarme de este lugar, como si siempre lo hubiera conocido. Como si este fuera mi hogar.
-Deberiamos irnos –el Nutria miraba a un extremo de la cascada-. Este sitio no me gusta. Se me ponen los pelos de punta.
-Os lo he dicho: hombres lobos –dijo Mamonuth.
-No empieces ahora con tu historia sobre los licántropos, mon ami- D’Orange había surgido de la nada, posicionándose junto al grupo –no es más que sir Charles retozando con una….
-Bella dama, mi querido Alexandro –cortó lord Corba con una picara sonrisa-. Bellísima dama, sin duda alguna.

Todos los hombres se miraron, comprendiendo lo que aquello quería decir, mientras Mutambo comenzaba a retroceder en busca de su hermana y el capitán. Los encontró observando las precisas maniobras realizadas por Marco Antonio para introducir La Marabunta en la cueva.

-Debéis ver esto- susurró.
-Cuando termine –respondió Fat.
-Ya ha echado el ancla, capitán, debe ver esto- repitió Mutambo.
-¿Ancla?... Ancas, cuando termine las ancas de rana rebozadas que me ha preparado Rubia, entonces iré a ver lo que me pidas.

Vasques y la Rubia pusieron los ojos en blancos en el preciso instante que Mutambo cogía el cuenco y lo lanzaba hacía La Marabunta, estrellándolo sobre la cabeza de un anonadado Marco Antonio que se relamía por la maniobra realizada.

-¡HE DICHO AHORA!- y tiró del capitán que sollozaba por las ancas perdidas, hasta llegar a la gran cascada.

Los hombres estaban de pie, riendo y observando el espectáculo cuando llegaron. Fat se adelantó a las mujeres, atravesó la barrera de piratas, se puso de puntillas para mirar a Mutambo a la cara por encima de los hombros de sus hombres, miró al frente, volvió a mirar.

-¿Para esto?, ¿para esto tiras mis ancas y al lago y casi arrancas la cabeza de mi timonel? –el tonó de voz de Fat iba elevándose en cada palabra mientras caminaba hacía la hermana de Vasqués- Y tu –dijo señalando entre los hombres, para señalar a sir Charles -¿se puede saber que cojones haces abrazado a eso?
-Era de night, sir. I, I….

-¡Es una morsa!
-¿Ocurrió?….
Todos los hombres se echaron a reír, el primero el capitán, que elevó la mirada a la cúpula de piedra.

-CAGOENLA- gritó- ¡Joder! Eso es enorme…. Debe medir 100 Borouth lo menos.
-Serán pies, capitán- terció D’Orange.
-Y una mierda, en pies no tengo cojones de decir que altura puede tener eso. Y habéis visto ese boquete –dijo señalando el orificio unos 120 metros más arriba -¿por aquí fue por donde bajasteis?
-Sí, Capitán- dijo Vasqués.
-Y una mierda –respondió ofuscado Fat- tu no quieres ni acercarte a un carajo porque te da vértigo y ¿me dices que has bajado por aquí? Al final vas a ser una puta de verdad –el silencio se hizo eterno en la pausa del capitán –. Se acabó. Nos vamos. Me niego a subir por ahí. Es demasiado alto, y el boquete demasiado estrecho. Voy a llegar arriba y…
-¡Te vas a quedar atascado!- dijo un risueño Marco Antonio que acaba de llegar.
-¡Tus castas!
-Capitán, hemos llegado hasta aquí. Debemos seguir- dijo lord Corba –Piense, además, en toda la comida que habrá allí arriba.
-ummm….. ¡Traed las cuerdas!¡¿Corba, arriba!
-Él no –dijo lady Chodna con una pinta en la mano.

Pero él sí. Con una habilidad que pocos conocían comenzó a trepar por las paredes, colocando los dedos y los pies en lugares estratégicos, ajustand la cuerda allí dónde se podía.
-Aju the virgen –dijo sir Charles- is a spiderman.
-¿Qué? –preguntó Borought algo cansado del spanglish del escocés.
-Que trepa como una araña- dijo D’Orange, hombre versado en lenguas, pues además del español hablaba con fluidez inglés y francés, incluso había quienes decían que practicaba el griego antiguo, algo del todo falso como bien sabían sus amigos.

Mientras tanto, Corba continuaba su ascensión hasta la cúpula mientras los hombres abajo comenzaron a percatarse de la sonrisa macabra del capitán.

-Bueno chicos, podéis comenzar a subir, cuando esteis arriba me lanzáis algo y, entre todos, tiráis.

-La puta de oro…. –dijeron todos al unísono mirando a Vasqués. 

Los hombres habían logrado subir y ahora, al unisono, tiraban de la cuerda que elevaba un pesado cuerpo desde el suelo.

-¡Más fuerte!¡Más rápido!¡Más suave!- gritaba Fat en cada sacudida-¡Malnacidos! ¿queréis enfadarme?¡lo estáis consiguiendo!

Pero los piratas ignoraban las maldiciones del capitán, subiendo pesadamente el redondo cuerpo de su jefe apostaban sobre la posibilidad de atasco en el agujero superior. Pero ninguno venció la apuesta y el capitán Fat, por fin, se vio entre los muros de la Perro Caliente. Jadeando por el esfuerzo de bajarse de la barquilla en la que había sido alzado desde la cueva, miró a sus hombre.

-Ya estamos dentro. Debemos ir a por ese hijo de puta que le hizo daño a nuestras dulces Vasqués y Mutambo.
-Esa tiene de dulce lo que yo de amargo- dijo Mamonuth -estoy por componerle una canción y todo.
-Sobre todo -continuó Fat ignorando la intromisión- ese capitán Serin es nuestra competencia. Desde aquí está atacando demasiados barcos, y esos son barcos que no llegan a navegar a tiro de la Marabunta. Y eso sí que no podemos permitirlo. ¿Vamos a dejar que éste que se quede con nuestros botines?
-Te quedas tú y no protestamos -dijo Marco Antonio -¿porque íbamos a luchar contra Serin que es más alto, más fuerte, más poderoso y hasta con más carisma que tú?

Fat lo miró y dos lágrimas rodaron por sus mejillas. Y la ira se encendió lentamente en sus ojos. Pocos, quizá ninguno menos Borought, comprendían el significado de aquello. La rabia se concentró en el rostro de Fat. Cerró los puños. Desenvainó la espada y gritó.

-¡Por las croquetas de la Rubia que hoy me ganaré vuestro respeto!

Y se lanzó por los empedrados pasillos de la galería subterránea. Sus pasos resonaron entre las piedras. Un eco ensordecedor que parecía preceder a la llegada del mismo demonio. Los hombres se encogieron de hombros y siguieron a Vasqués, que abría la marcha en persecución de Fat. El ruido de las espadas chocando llegó de pronto. Maldiciones que se repetían por los pasillos. La voz del capitán se elevaba sobre somnolientos gritos de asombro. El dolor. El olor a sangre. Un reguero rojo y amarillento recorrió el pasillo. Más gritos que se acallaban con las pisadas de la tripulación de La Marabunta. El silencio de los hombres solo roto por las pisadas en la piedra. Pum, pum. Un corazón que latía al ritmo de las pisadas. Nuevos gritos. Jadeos. Espada chocando contra la piedra. Los expertos oídos de los guerreros reconocían cada ruido, cada sonido. El silencio de Fat. La carrera de la tripulación. Borought aceleró hasta situarse a la cabeza. Jadeos. Silencio. Hedor. Un recodo en el camino. Silencio. Jadeos. Susurros de dolor.

-¡FAT!- Borught dejó caer las armas y se arrodilló junto al capitán -Di algo Fat.


El capitán estaba bañado en sangre y sudor. La mirada perdida vagaba por los cuerpos muertos de tres jóvenes. La espada caída a su derecha, el filo ensangrentado. Lentamente, fijó la mirada en sus hombres.

-aju, hijo, ya no estoy para estos trotes. Un poco más y muero axfisiado.

-Pero... ¿has matado a todos?

-Yo no, el negro ese- dijo señalando a un joven de tez oscura y rizado cabello que sonreía desde las sombras.
Todos miraron al joven negro que señalaba Fat. No muy alto, fuerte, con el pelo rizado y cara de pocos amigos devolvió altivo la mirada, deteniéndose en cada uno de los rostros. Y, entonces, abrió la boca y una inmensa y blanca sonrisa ocupó su rostro.

-¿Venís a matar a Sepin? No debería dejaros, es mi hermano, pero creo que podré ayudaros un poquito nada más. Sin sangre.
-Esto debe ser agua -dijo Bilbo al Fantasma señalando el rojo liquido que salía de los cuerpos.
-Cualquier ayuda será bien recibida -dijo un siempre confiado Fat- sigamos adelante.

El Negro se puso al frente de la expedición. El grupo le seguía temeroso de una traición mientras el gordo capitán resoplaba a cada escalón y comenzaba a blasfemar blasfemias irreproducibles que ruborizaban a la propia Chodni. La escalera de caracol iba haciéndose más empinada, y los insultos de Fat comenzaban a alcanzar a todos hasta que, finalmente, se hizo la luz.

-¡LA PUTA! -gritó Marco Antonio
-Deja de insultar a Vasqués, al final habrá problemas- respondió Japi
-Iros a tomar por culo- intervino Mutambo
-¡QUE DE JOVENCITAS!- grito extasiado Mamonuth
-¿Y los soldados?- Fantasma hablo por primera vez mientras el Negro y Bilbo iniciaban una susurrante charla.

Fat observó el lugar. Un harem, no tenía otro nombre. Altas ventanas enrejadas debían dejar entrar la luz del día en un recinto ahora iluminado por antorchas. El vapor de los baños llenaba la estancia, repleta de hermosas mujeres desnudas que parecían ignorar a la caterva recién llegada. Paredes ricamente cubiertas de telas y tapices, hasta llegar a un suelo de mantas de pelo y piel. Cojines ricamente bordados se extendían por todas los rincones, y en ellos retozaban mujeres y hombres.

-¡Oh, my Dios! is el paraíso-dijo Sir Charles con todos los hombres afirmando a su lado.
-Esto es el infierno,-Vasqués rompió el embrujo- todas estas chicas están secuestradas. Obligadas a prostituirse para placer de esos bárbaros -señaló señalando a un hombre que jugueteaba con dos mujeres sin percatarse de que era Joan, el Herrero -¡DEJALAS!- gritó cuando se dio cuenta.
-¿Porqué? Si ya están aquí
-¡son niñas!
-¡Bien!
-Mamonuth, coño... que cualquiera pensará lo que no es- lord Corba le dio un codazo.
-¿Que hacemos? -pregunto la Rubia
-No se vosotros, pero en esta piscina se está de muerte- dijo Fat flotando sobre las aguas.
-¡VOY!- Japi fue el primero en lanzarse al agua...  

Las puertas se abrieron y el filo de las espadas brilló a la luz tintineante de las velas del harem. Las mujers se aferraron a los cuerpos de los invasores, temerosas de la ira del Sepin. El Capitán Fat alzó su espada y caminó al centro de la sala. A su diestra Vasqués, a su siniestra Marco Antonio. Tras él, lentamente, los demás: Boroguht, Mamonuth, lord Corba y lady Chodni, D'Orange, Charles, los temibles artilleros haitianos, el Fantasma, Bilbo, Nutria, Mutambo, Japy,...

-¡Tu!- gritó Serpin señalado al negro- Tu me has traicionado abriendo las puertas de mi casa. Mi propio hermano ¡Judas! ¡Os mataré y echaré vuestros cuerpos a los tiburones!
-Pues como trinquen primero al capitán, morirán empachados -dijo Mamonuth haciendo saltar las carcajadas.

“Un segundo de humor” pensó Fat “Un solo segundo antes de que la tormenta estalle” Y estalló. Los gritos enmudecieron el ruido de las espadas. Los hombres se lanzaron a la carga sobre cojines y fuentes. Las bellas mujeres pedían auxilio, buscando desesperadas donde esconderse de los ataques. Las fuentes vertieron agua roja. Sangre y lágrimas. Gritos y dolor. Y en el centro de la batalla Fat y los suyos. Los hombres de uno y otro bando caían mal heridos y muertos. Dolor. Gritos. Aullidos incomprensibles en un paraíso teñido de sangre. Fat buscó a Sepin con la mirada, deseando entrechocar sus aceros. El gordo pirata se abrió paso entre los combatientes, sin apartar sus ojos de aquel a quién había venido a buscar. Había decidido que aquella tarde, aquel día, su nombre se escribiría con letras de oro en la historia de la piratería pero, ante todo, recuperaría la fe de sus hombres. Avanzó pesadamente hasta situarse frente a Sepin

-Vengo a matarte -dijo secamente.
-No podrás hacerlo y lo sabes.
-Tengo que hacerlo. Por mí, por mis hombres y, sobre todo, por ellas. Yo soy la espada que empuña la venganza.
-¿Porqué has de vengarte de mí?
-¿Ya no las recuerdas?
-Han pasado demasiados mujeres por mis brazos como para recordar cada nombre y cada rostro.
-Estoy seguro de que no te has olvidado de mí- Vasqués se situó junto a los hombres, con Mutambo tras ella.

La imagen de las dos mujeres se mostraba terrorífica. La sangre corría por sus cuerpos y sus ojos brillaban con la llama del odio. Pocos hombres podían causar una visión como aquella, pocos serían capaces de mantenerse impertérritos ante las dos mujeres. Fat lo intentó, y aun sabiendo que aquellas dos formaban parte de su propia tripulación, tuvo miedo. El miedo de conocer a la Negra Señora cara a cara, de escuchar el silbido de su guadaña al cortar el aire de la vida.

Sepin también lo supo. Y el silencio que siguió al primer paso de Vasqués hacia su terrible origen terminó con la batalla. Los hombres, de uno y otro, guardaron respeto ante la muerte. La princesita venida de Lisboa caminaba sobre las losas como la reina de la muerte y tras ella la durisima Mutambo, hermanas en la vida, señoras del Más Allá, guardianas del Averno.

Y el silencio se rompió en la ira y la rabia tanto tiempo contenida. 
-Aju la virgen –dijo Marco Antonio –vaya destrozo.
-Aja- respondió silencioso el Nutria rodeado de tres hermosas mujeres que no dejaban de acariciarle.
-Deberíamos pararlas, ¿true? – preguntó sir Charles.
-Yo no me meto en medio- respondió Mamonuth
-Ni de coña- confirmo Borought –ni de coña.
-ummmm – simple gesto de afirmación de El Fantasma.
-¡Hagamos una fogata!- propuso Bilbo
-¡Que os gusta el fuego!- repuso D’Orange que había sacado un lienzo y unas acuarelas y estaba inmortalizando el momento.
-Parece real –le dijo lord Corba mirando por encima de su hombro -¿Cómo le llamas a esta técnica?
-Potosgrafica- contesto, estos lápices están hechos con pizarra del Potosí.
-Pero ¿Qué hacemos con eso?- lady Chodna señalaba a las tres mujeres, Vasqués, Mutambo y La Rubia, abalanzadas sobre el capitán.
-¡Dejadme, coño!- gritaba el capitán intentando zafarse -¿no tenéis otra cosa que hacer?

Fat logró quitarse de encima a las mujeres y refugiarse tras sus hombres, que se echaron a reír al ver las dos trenzas, cogidas con lacito rosa, que le habían hecho en el poco pelo. Vasqués sonreía y Mutambo abrazó a su no-marido Mamonuth mientras la Rubia acariciaba un pequeño gato persa salido de un bolsillo del enorme bolso que transportaba. Por fin, Fat saltó sobre la mesa, elevó la jarra de cerveza al viento y comenzó su discurso:

-¡Maldita sea!, logramos conquistar la Perro Caliente. Jamás pude soñar con mejor tripulación que vosotros. La Marabunta seguirá muchos años navegando y será casa y puerto de todos vosotros. Nuestro nombre será reconocido y temido en todos los mares conocidos. Nuestro pendón ondeará aquí por los siglos de los siglos …
-¡Amén!- respondieron todos
-El oro, las riquezas, las joyas y las mujeres que aquí hemos encontrado se repartirán entre todos, como buenos hermanos –se atusó las coletas ajustándose el lacito- pero eso no evitará que sigamos viviendo muchas aventuras juntos hasta que la muerte, o el hambre, nos separé.

Los hombres vitorearon, alabaron la mano en la cocina de la madre de la Rubia y bebieron hasta caer redondos sobre las mesas. La Perro Caliente era propiedad de los temibles piratas de La Marabunta. Sepin había sido recluido a las entrañas de la fortaleza y, durante un tiempo los hombres descansarían para lanzarse nuevamente al mar y fortalecer los fuertes lazos que los unían.

-¡Mierda!, iba a componer una balada- grito Mamonuth embriagado- pero está todo lleno de hormigas… 

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