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Aventuras de Fernán Garcés. (II)

Abracé a Diego, hacía muchos años ya desde que nos conociéramos a bordo de La Besada, la fusta de Pedro Cabrón, en mi primera travesía. Entonces yo no era más que un niño obnubilado por el aura del gran pirata, ansioso de aventuras y de conseguir tesoros exóticos. Diego estuvo a mi lado en las noches más oscuras y junto a él di mis primeros pasos sobre la cubierta de un navío. Desde entonces, Dios quiso que nuestras vidas se cruzaran en varias ocasiones y, en todas ellas, Diego se mostró como el hombre justo en el que se podía confiar, el mismo que conocí en La Besada. Por eso, cuando nuestra señora la reina Isabel tuvo a bien confiarme la empresa que nos lanzaba al mar nuevamente, no dudé en enviar misiva a Diego hasta Arguim anunciándole nuestra llegada y solicitándole ciertos preparativos.

— Todo está como deseabais, Fernán —me apartó de los hombres recostados junto a la hoguera—. No sé que os traéis entre manos —continuó entre susurros—, si la paz entre cristianos y moros no se ha roto en esta ciudad no será gracias a Castilla. Por la amistad que nos une he preparado lo que me pedisteis pero os juro, por Jesucristo crucificado, que si causáis mal a los míos o vuestra venida supone el fin de mis negocios, no tendré piedad con vos.
— No os preocupéis. No tengo más intención que la de alejarme de Cádiz y del capitán Cabrón. Y aprovechando su estancia allí, deseo hacer algunos contactos en aquí. Aun así no olvido nuestra última visita a Aguim, ni el recuerdo que debimos dejar en ella, por eso necesito total confidencialidad y privacidad.

Mentía, pero solo en parte. Necesitaba los contactos que Diego pudiera proporcionarme para cumplir el extraño encargo de la reina. Según pasaban los días más me costaba comprender por qué doña Isabel había pedido aquello y, sobre todo, las razones que le llevaron a convocar a su antiguo enemigo, don Rodrigo Ponce de León, para que cumpliese sus deseos.

—Decidme —Diego me sacó de mi ensoñación— ¿Cuándo y cuántos partiremos? La entrada en Arguim no será sencilla si queréis pasar desapercibido portando ese gran arcón.

La mirada de Diego, como la de sus hombres, parecía ser atraída por el baúl cuyo contenido solo yo conocía. No me atreví a confiar a mi tripulación, como tampoco a Diego y los suyos, que portábamos riquezas valoradas en un millón de maravedíes, suficiente para conquistar las Canarias o para comprar, embarcar y enviar hasta Sevilla, una decena de gigantescos elefantes. Aunque ni lo uno ni lo otro me había llevado hasta las costas africanas, pues el encargo, escrito por la propia mano de la reina, era muy diferente: debía adentrarme en tierras de negros, recorrer las rutas caravaneras hacia Gao y entrevistarme con el rey Sonni Alí, del imperio Songhai, que controlaba el comercio de ámbar. Únicamente a él podría entregarle la misiva que portaba y, para ello, necesitaba encontrar un traductor y un guía de confianza, así como algunos hombres pues los míos deberían esperar mi retorno pero no acompañarme. Tan sólo Jácome vendría conmigo, el resto tendría varios meses para buscarse lucrativos negocios en nuestra ausencia bajo el mando de Diego, que cuidaría de mi nao.


Cargamos el baúl y partimos. Las murallas de Arguim se abrirían para nosotros esa noche y, después de ella, solo nos quedaba lo desconocido.

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