La huida

A veces las cosas no son como creemos, como olemos, como sentimos. Un palito puede convertirse en un tronco robusto, y un robusto tronco partirse en dos como un lápiz en manos de un niño inquieto. A veces, ni lo que vemos se ajusta a la realidad. Menos aquí, donde los sueños se entremezclan con la vida; quizá sea esta nueva droga, quizá esa contaminación de la que tanto nos avisaron y que hoy cubre de cenizas las calles; quizá, simplemente, sea la única forma de encontrar sosiego en este mundo de dolor. 

Y no me quejo de mi vida, yo soy un privilegiado. Mis manos siguen limpias y aun no hay callos en mis dedos. No he bajado a las minas ni he tenido que descender a las hidroeléctricas subacuáticas donde la presión y la soledad acaban terminando con la cordura. No, tampoco he ido a la guerra ni he visto a seres queridos morir; aunque, ciertamente, no tengo a quien llamar amigo o familia pues fui apartado de los míos hace demasiado: educado y formado para ser élite. Un burócrata gris que pasea su existencia entre la oficina de cubículos y el pequeño cuarto que es mi vivienda. Y, aún así, soy un privilegiado pues no tengo que compartir cama con nadie y tengo un rincón propio, en el que acumular los escasos recuerdos que he atesorado a lo largo de mi anodina existencia: una foto, con el color perdido y amarillenta por el azufre del aire, de mis padres; una medalla de la escuela; el título de letrado logrado en una Universidad estatal; y el rizo dorado de aquella chica de la que me creí enamorado. ¡Como si el amor tuviera lugar en este mundo!

No. El amor es una entelequia que carece de sentido en un lugar como este.  Aquí no hay espacios para sentimientos, y casi mejor, porque solo la tristeza y la desesperación tendrían sentido. Vivimos para trabajar y morir; el contacto físico con otras personas ha quedado relegado a la procreación para perpetuar la especie pero solo los elegidos pueden gozar —o tal vez sea sufrir— el privilegio del roce.

Pero, aún así, siento que algo está pasando. Llevo días soñando con aquella chica rubia cuyo nombre no recuerdo. Y me levanto cada mañana con sentimiento de culpa, como si no debiera hacerlo. Como si algo, de pronto, se hubiera roto en mi interior, como si quisiera huir de mi existencia. Y hoy ha pasado algo más. Algo que no sabría explicar, que no sé si es real o no: hoy he visto un pájaro y ha trinado.

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