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Crisantemos (V)

Roman caminó entre la niebla que ya cubría la ciudad, con andares rápidos y deseando no ser seguido por nadie, pues sería incapaz de descubrirlo a aquellas horas de la tarde, cuando un reguero de hombres sin oficio se encaminaban a los muelles en busca de un trabajo con el que sacarse unos chelines o una comida caliente. Se unió a la marea humana, dejando que le arrastrase hasta la zona más pobre de Londres, buscando con la mirada el pequeño y oscuro callejón que tenía que tomar para llegar a su destino.

Aún se preguntaba como aquel encargo había llegado hasta él. Sabía que la joven embarazada del parque no tenía recursos para pagar sus honorarios y la llegada del mensajero con los pasos a seguir lo habían confirmado. Ahora, por fin, sabría quién estaba detrás de tan extraño encargo. Se adentró en el callejón, empujó a un borracho que meaba contra la pared, y caminó despacio hasta la pequeña portezuela que se hundía en los bajos del edificio. Descendió por la mugrienta y oscura escalera, arrastrando sus dedos por la pared, cubierta de un raído papel con adornos orientales. El olor, nauseabundo, se coló por todos los poros de su cuerpo cuando entró en la gran sala del fumadero. Observó a los clientes, sentados o tumbados, pero aferrados a sus pipas de opio. Nunca había entendido a aquellos señores que se gastaban su fortuna en la droga oriental y tampoco allí pudo ocultar su desacuerdo con lo que veía. Pero guardó silencio y siguió al joven, de origen chino, que le indicaba el camino hasta su destino. Y un grito de asombró se ahogó en su garganta.

La mujer que le esperaba era hermosa, con una belleza que jamás había visto antes. La melena, oscura y ondulada, le llegaba hasta la cintura y los ojos verdes resaltaban en su tez blanquecina. El cuerpo quedaba oculto bajo un traje rojo intenso, que aun así insinuaba las curvas perfectas de la dama. Pero si algo destacaba era su mirada fiera y segura que obligó a Roman a apartar la suya propia. Nunca hasta ahora se había sentido inseguro, menos ante una mujer, pero aquella le imponía respeto sin tan siquiera hablar. Y, cuando por fin lo hizo, comprendió que ningún sentimiento superaría al miedo de no cumplir sus deseo.

-Has llevado lo que te pedí –dijo sin cortesía alguna-. Y el señor está nervioso por el regalo recibido.
-Ha hablado con una de las criadas –respondió Roman, omitiendo que había acompañado a la chica a su casa y su cama para sonsacarle la información-, está absolutamente aterrorizado. Desde la pasada semana no ha salido de su residencia y está encerrado en la biblioteca. Sé que ha quemado el crisantemo y, supongo, también la serpiente.
-Está preparando su estrategia. Cree que dentro de la casa es invencible y que ningún mal podrá ocurrirle. Debes demostrarle que no es así, como el tigre que acecha, también tu has de estar atento a sus pasos pero no eres un tigre, eres un hombre: oblígale a salir. Oblígale a conocer el miedo.


Roman asintió mientras recogía la pequeña caja que le entregó la mujer. La sujetó con fuerza cuando, lo que hubiera dentro, se movió furioso haciéndola temblar entre sus dedos. Tenía muchas preguntas que hacer, pero no se atrevió. Salió del local sin haber descubierto, tan siquiera, el nombre de su interlocutora. Y eso le ponía casi tan nervioso como el nuevo encargo recibido.

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