Diez relatos para Natalia, II: Detroit

El tradicional silencio de la casa se había visto roto por los gritos del pequeño monstruo que acaba de llegar. Su padre lo miraba, entre incómodo y divertido, mientras correteaba junto a la mesa central del salón. Era lo único que tenía claro: el niño viajaría con él: saldrían temprano, cogerían el avión en Detroit y, unas horas más tarde, habrían llegado a Washington. Nadie sospecharía de un joven viudo que viajaba con su hijo de 4 años. Era imposible que levantase sospechas entre la policía y el resto de viajeros.

Ya había preparado las maletas, pero aún necesitaba repasar las últimas instrucciones recibidas poco antes por teléfono. Rememoró la llamada, la última de una larga sucesión de conversaciones que habían transformado su vida… o estaba en ello. Recordó las oscuras noches en Irak, incapaz de dormir a causa de los remordimientos: cada día recordaba los mismos rostros de los infelices a los que torturaban en cárceles que no existían según el gobierno.

Ese gobierno del que ahora se vengaría por haber destrozado su vida en una guerra que no era de ellos. El mismo que había causado la muerte de su mujer y le había dejado solo con un niño de 4 años, enfermo y casi moribundo. No, nadie sospecharía de un padre destrozado que acudía a la capital federal para tratar de conseguir un tratamiento diferente a su hijo.  

-Es la hora –dijo entregando el peluche de un oso pardo a su hijo –Vamos a coger el avión.

Las manos le sudaban cuando pagó al taxista que les trasladó hasta el Metropolitan Airport y agarró a su hijo para acercarse a los controles de seguridad. Entregó los papeles que mostraban que su hijo necesitaba una medicación especial a una joven agente que miró con ternura al chico antes de devolver, con un cariñoso apretón de manos, los papeles al padre. La maleta ya pasaba por el escáner de seguridad cuando ellos cruzaron los arcos: el padre, sin problema alguno; el hijo aferrado a su pequeño osito, pitando al atravesarlo. La misma agente se acercó y tomó el muñeco para pasarlo nuevamente por el arco: pitó.


-No quiere separarse de él –dijo el padre – Fue el último regalo de mi mujer. Antes de fallecer.
-Tendremos que pasarlo por el escáner –respondió un segundo agente.
-¿Qué puede llevar? ¡No es más que un oso! –el niño comenzó a llorar asustado por los gritos de su padre -¿Ven lo que han hecho? ¿No tiene ya bastante para que lo traten como a un terrorista?

Algo en el rostro del agente que controlaba el escáner de seguridad hizo que todos se pusieran en alerta. No hicieron falta más palabras cuando el mismo hombre sacó su arma reglamentaría y apuntó al padre. La agente tomó al niño de cuatro años, casi acunándolo entre sus brazos maternales, para sacarlo de allí mientras su padre rompía a llorar desconsolado.

-Tengo que hacerlo.
-¿Que es lo que tiene que hacer señor?
-Vengar a mi mujer…
-¿Por eso va a Washington?
-Sí, por eso y porque él me lo ha pedido.
-¿Quién y qué?
-Debo matar al presidente y él curará a mi hijo.
-¿Quién es él?

El silencio se hizo tenso, hasta los gritos de los viajeros asustados se acallaron y el pitido intenso de la pantalla que mostraba la pistola dentro del oso de peluche marcó los latidos en los corazones.


-Dios… Dios me dijo que matará a Obama y salvaría a mi hijo.

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