Diez relatos para Natalia, I: Pekín.

El hombrecillo de ojos rasgados hablaba mirando hacia abajo, sin levantar la vista.

- Debes estarte quieta, o nos descubrirán.

Repetía la frase sin parar y, sentado en el último banco de la hilera situada frente al panel que anunciaba las salidas, comenzaba a asustar a sus compañeros de viaje. Nadie decía nada, pero las miradas de reojo lanzadas furtivas al extraño pasajero crecían entre los presentes, que parecían desear que el hombrecillo se levantase y se fuera a cualquier sitio que no fuera aquel. Casi rezando para que no se montase en el mismo avión que ellos.

Desde los atentados del 11 de septiembre la psicosis de un ataque aéreo se había extendido por todo el mundo. Y el aeropuerto de Pekin no iba a ser menos. Aun así, cada día, se oían noticas sobre terroristas que trataban de acceder al avión. Y el hombre, que no paraba de farfullar al interior de una bolsa de McDonalds, levantaba suspicacias en todos, incluidos los dos agentes de policía que no le quitaban ojo en cada de uno de sus, cada vez más repetidos, paseos al baño.

-Vuelo 3590 destino Nueva York. Puerta 15. Salida inminente.

La voz enlatada de la azafata de información coincidió con el último paseo del hombrecillo, que dirigió sus pasos hacia el embarque, con los policías siguiéndole de cerca.

-Disculpe, señor. ¿Señor, por favor, puede mostrarnos su pasaporte?
-Ya me lo han pedido antes –trató de defenderse el hombre buscando el embarque con la mirada y sacando el documento de su bolsillo.
-Señor Lin –el agente leía el documento pausadamente -¿Va usted a Nueva York?
-Sí, así es.
-¿Tiene algo que declarar en su equipaje de mano?
-Solo llevo una hamburguesa –mostró la bolsa, que sea agitó inquieta en su mano.
-Bien, señor, puede continuar.

El hombre abrió la bolsa una vez más, observando su hamburguesa mientras se acercaba al mostrador. Notaba los ojos de los agentes clavados en su espalda pero no se detuvo. Entregó el billete y se dispuso a entrar en el pasillo de acceso al avión. Fue entonces cuando los policías se lanzaron sobre él, tras el aviso dado por el encargado de controlar el equipaje de manos.

-Hay algo dentro de esa bolsa a la que le habla- había dicho mientras el hombre volvía a lanzar su mantra al interior de la bolsa de papel, que volvió a moverse nerviosa.

La bolsa cayó al suelo en el mismo instante que los dos agentes caían sobre el hombrecillo nervioso que deseaba viajar a Nueva York. Gritó, como solo se grita cuando la angustia ahoga los sentimientos. Lanzó su mano al frente, tratando de alcanzar la pequeña bolsa con el logo más conocido del mundo. Pero la bolsa hizo algo inesperado: comenzó a moverse lentamente, como huyendo de aquellos dedos que trataban de atraparla.

-No… -gritó- no te vayas… te matarán.

Los agentes consiguieron asirlo por los brazos y reducirlo en el suelo, sin dejar de mirar aquella bolsa que se movía, incómoda e incomprensiblemente, hasta que la boca terminó de abrirse y la hamburguesa, con sus pequeñas patas verdes y la cabeza prehistórica asomando entre una lechuga a medio comer, dio sus primeros pasos en el piso, fuera de la prisión de papel que la retenía.


-¿Está loco? –fue la única pregunta que hizo el policía cuando comprendió lo que ocurría -¿De verdad creía que podría meter esto –dijo mostrándola- escondida en la hamburguesa?
-Estuve a punto –dijo el hombre.


 Dos grandes lágrimas rondando por su mejilla desde sus rasgados ojos cuando un asistente de la compañía aérea acudió a recoger la pequeña tortuga que casi había logrado burlar los controles y volar hasta Estados Unidos… casi.

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