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Del Lazarillo

Sentado en el asiento del tren, mirando las nubes correr por el cielo azulado del centro de España, la vida cambia de sentido. Ese desierto verdoso e inmenso que separa el norte del sur pasado Despeñaperros es más que un campo desierto, es un cambio de mentalidad, de formas. Pasar de la Andalucía de la luz y el mar, al interior seco y terroso parece influir en la gente, como lo hace en los sonidos, en los acentos de este país nuestro que anda medio loco.

Loco porque se desvive entre lo que fuimos y lo que seremos; que después de haber jugado a ser adulto rico ahora vuelve a su pobre realidad: la del niño que maneja una madre férrea y fuerte, casi alemana; esa que trata de que no volvamos a cometer los mismos errores. 

Los errores que desde el norte achacan al centro y que el centro paga en el sur. En los vagos y graciosos andaluces que bastante deberían tener con sus propias culpas para cargar con sus tópicos. Vagos, graciosos, timadores y pasivos, eso somos. Los que nos vamos de feria mientras gastamos lo que no tenemos en la primera comunión de una hija que no volverá a pisar una iglesia. Los que nos aferramos a las tradiciones y nos olvidamos del mirar adelante. Los que aceptamos la imposición de un presidente tras otro sin levantar la voz por los EREs que enriquecieron a los de siempre. El nuevo señorito andaluz ni viste de corto ni tiene cortijo; viste de traje y tiene asiento en el parlamento, o en el sindicato, o en el PSOE,... pero nosotros seguimos buscando al culpable en el torero y la tonadillera, y nos reímos de sus desgracias judiciales sin pensar que nosotros haríamos lo mismo. Lo hacemos cada vez que no pagamos el IVA, lo hacemos cada vez que pirateamos un disco; lo hacemos a nuestro nivel, el de los 5€ y no el de los 10 millones, pero lo hacemos, porque en el fondo todos somos iguales, pero cada uno a su nivel.

Ese es el gran error de este país, que todos echamos la culpa del mal al otro, y nos olvidamos de los nuestros. Nos afirmamos en los tópicos y nos olvidamos de la realidad. Una realidad que debería recordarnos que somos el país del Lazarillo de Tormes.

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