Fez

Recién llegado de Marruecos, me asalta una extraña sensación: soy incapaz de decir si me ha gustado o no. Supongo que cuando pase más tiempo lo negativo irá borrándose, pero hoy aun tengo impregnado el olor a muerte en mi mismo.

Quizás, las curtidurías de Fez sean el claro ejemplo de lo que digo: el color, el espectáculo en sí mismo de ver como van tiñendo la ropa, llegar por casas laberínticas llenas de alfombras y escaleras... te apartan a un mundo de fantasía, casi sacado de las mil y una noches. Como la propia ciudad, llena de recovecos, cuestas, calles imposibles, escaleras disfrazadas de callejones, el colorido de las tiendas, las especias, las ropas, los olores...

Pero esos mismos olores se entremezclan unos con otros. El de las especias con el de los animales muertos en el mercado; el de la comida con el de la miseria. Y al final el segundo, el mal olor, gana al primero, y oculta los colores y convierte la ciudad en gris, oscura, triste. Y se me hace insoportable, odiosa, profundamente triste. 

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