De Madrid

Uno de los placeres de trabajar con gente que sabe mucho es aprender de ellos. Algo así me pasa con mi "tía-abuela-adoptiva" Mercedes Agulló (cuyo blog es un derroche de datos que hará las delicias de cualquier investigador que quiera comenzar una tesis sobre casi cualquier cosa del Madrid de los Austria). Entre las cosas aprendidas está que hubo un arquitecto real que pudo haber convertido a la capital del mundo en la ciudad más esplendorosas de cuantas conocemos pero que, por culpa de un rey sobrio (Felipe II) y quizá de una escasa capacidad para lo bello, terminó por dejarnos la ciudad que hoy conocemos. Esa ciudad casi pueblerina, donde los palacios brillan en su ausencia o, cuando aparecen, se apagan en el gris de la piedra. Puede que Juan Gómez de Mora hubiera tenido en sus manos todo para hacer reverdecer la Villa y Corte y situarla al nivel de suntuosidad y belleza de Versalles, Viena, San Petesburgo... pero no. Se quedó en un grisáceo nada que, aun así,  nos permite disfrutar de algunas plazas emblemáticas como la Plaza Mayor de Madrid, en la que esta misma tarde, con mucha calma y sin hablar en inglés, espero poder estar tomándome un café con leche en buena compañía, que siempre es lo mejor de los cafés. 

Pero también estaré disfrutando de la plaza más falsa de Madrid, la que se convierte en el centro, en el referente mundial y que, sin embargo, no es más que una copia de aquellas ciudades flamencas que el rey Prudente visitó una vez en su vida y que le marcaron para siempre. Con sus fachadas pintadas y sus techos de pizarra, visitar la plaza diseñada por Juan Gómez de Mora es, casi, como dar un salto en el espacio y plantarte en Brujas o en Gantes.

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