De Carnaval

El otro día comentaba en Facebook que estoy pensando en organizar una chirigota, pero que solo iríamos al Falla el primer año. El segundo protestaríamos en la calle por la incompetencia del jurado. Y lo hice para expresar mi falta de entendimiento de lo que ocurre en la ciudad, dividida en bandos entre los oficialistas y los no oficialistas; los juancarlistas y los fallistas. Los que van y los que no.

Aunque en el fondo hay algo más. No es lo mismos ser primer premio que décimo; el caché baja y el nombre se resiente. Mas en una ciudad cargada de tanto artista por milímetro cuadrado, como es la nuestra. Y ya se sabe: donde hay artista, hay ego. Lo tengo yo y eso que no soy más que un aprendiz de las letras ¡como no tenerlo si eres Juan Carlos Aragón! o Antonio Martínez Ares, que tanto da. Y como no luchar por estar arriba si en eso va, también, el precio de tus actuaciones.

Claro que el carnaval no debería ser eso. No, al menos, lo que yo entiendo que debería de ser. El Falla ha perdido su norte, se ha convertido en un macro concurso en el que todo vale; que crea héroes para una ciudad necesitada de líderes a los que seguir, aunque sean octavillitas de Tino Tovar. No importa, lo importante es poder reflejarse en ellos.

Pero el carnaval es mucho mas: son horas de ensayo, de amistad creadas sin importar el qué se es. El carnaval es calle, es salir a compartir con los demás. Es que desaparezcan las clases sociales para unirse con el extraño poder de la serpentina. Es Falla, intentar ser el mejor en lo tuyo, pero sin odios. Es narrar la vida, pero con inteligencia y humor.

Y ahora nos hemos llenado de odios; de rencores, de amenazas. Igual que las letras se han cargado de chabacanería. Igual que el cuarteto ha muerto para dar paso a un show televisivo de gags graciosos sin verso ni prosa. 

El carnaval muere lentamente, como ya murió el sábado grande...

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