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De textos

Ultimamente mis textos se cargan de tristeza y pereza. Incluso algunos me han preguntado que me ocurre, si es que tengo el corazón despechado o echo en falta lo que fuera que antes me trajese la alegría. Pero la realidad es que no me pasa nada de nada. Al menos no de ese tipo. Simplemente ahora no me apetece escribir de otra forma que no sea ésta. Y la razón es simple: escribo lo que quiero, en cada momento, y ahora mismo no tengo ganas de escribir otra cosa. 

Pero eso no conlleva que esté triste, que necesite ayuda psiquiátrica o que mi corazón se haya roto en mil pedazos irrecuperables. De hecho nada de eso me pasa, ni siquiera ando melancólico, por más de que escriba con la tristeza del que es incapaz de reír. Simple y llanamente trato de probarme a mi mismo que soy capaz de seguir mintiendo con las palabras. Que pese a que mi mente ande últimamente más centrada en otros menesteres, soy capaz de seguir jugando con las letras para componer historias ficticias que sueñan con llegar a engañar al lector.

Los asiduos a este rincón saben que no es la primera vez que lo hago. Que a lo largo de estos siete años, este blog ha tenido de todos: risas, llantos, poesía, suicidios, canciones y muerte. Pero que aun así nunca, o casi nunca, mi verdad ha estado reflejada. No creo que deban ser estos los lugares para demostrar nuestros sentimientos. El mundo virtual, con sus peligros y virtudes, no es más que eso: la mentira que entre todos construimos. Pero no es el lugar para exponer nuestros pensamientos, ideas o estados de ánimo. Para eso hay algo mucho más importante: los amigos y la familia. El mundo real en el que se apagan los teléfonos y se abren los brazos para dar (y recibir) abrazos. 

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Sin pensar si lo alcanzado terminó en fracaso o triunfo ya que, cada deseo conocido, nos hará más ricos, sabios y. por tanto, mejores. Nos habrá obligado a avanzar conociendo nuevas metas, abriendo nuevos caminos. Así que, como Augusto, yo también me digo en mi vida Nihil cognitum quin praevoli…

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