El Camino (II)

El camino se iluminó una noche, de pronto. Las luces se encendieron primero en la lejanía y lentamente fueron acercándose hasta la granja. Vi el rostro de Padre tratando de ocultar lo que sentía, cómo nunca antes vi en él. Me senté en la pequeña escalera de la puerta, frente al camino, esperando comprender porqué las luces se habían encendido así: repentinamente y desde el horizonte; y no lentamente desde la puerta de nuestra casa. Las luces brillaban flameantes, acercándose imparables hasta nosotros. El sonido llegó poco después. Me sorprendió la alegría que deparaban los murmullos, que comenzaron a convertirse en tumultuosos pero, sobre todo, me asustó el rostro de Padre. No comprendía las razones que le causaban ese estado, pero acepté sus palabras como ley. ¿Acaso las órdenes de un padre no deben cumplirse sin rechistar?

Me escondí más allá del pozo, entre los frutales. En la pequeña caverna oculta de la vista que habíamos descubierto a varios cientos de metros de la casa y que Padre había acondicionado desde que las noticias de la guerra habían comenzado. Esperé allí, acurrucado sobre las mantas de lana, a que entrase Padre junto a Madre, pero no lo hicieron. Miré a mi hermana, lloraba y se atusaba el pelo, meciéndose adelante atrás. Traté de consolarla, pero la pequeña Lucy nunca me dejó ejercer de hermano mayor. Si podría considerárseme mayor a mis 12 años recién cumplidos.  La luz se coló por las juntas de la madera que Padre había usado de puerta para nuestro refugio y el ruido se hizo ensordecedor. Creí escuchar la voz de Padre, pero fueron los gritos de Madre los que me hicieron estremecer. Salté de mi rincón con la intención de abrir la puerta que cerraba la caverna. Fue entonces cuando las palabras se agolparon en mi mente:

-Oigas lo que oigas, no salgas. Espera que las luces se apaguen, que los sonidos se mitiguen y que los fuegos se apacigüen –me había dicho mientras me daba una bolsa de tela cerrada con una pequeña correa-. Entonces, sal de la cueva, recoge lo que puedas usar y sigue el camino de las luces. No huyas de la guerra, solo encontrarás sangre y fuego; ve en su búsqueda. Lo peor debe haber pasado, y harán falta manos jóvenes para reconstruir los destrozos.

-Padre, ¿porqué me decís esto? ¿vos no vendréis?- pregunté, ingenuo, sabiendo la respuesta.

Y los desgarradores gritos de Madre me confirmaron que no debía salir. Lucy no soportaría las torturas que Madre estaba sufriendo. Y yo no sería capaz de salvarla. Miré a mi hermana y tomé una decisión. Daría mi vida por volver a ver su sonrisa. Si algún día alguno de los dos era capaz de reír nuevamente.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que los ruidos se silenciaron, y entonces llegó el calor y comprendí las palabras de Padre. Ya no oía sus voces. Nunca más volvería a oírlas. Pero el olor a madera y carne quemada me hizo llorar y vomitar. Aquel hedor es el último recuerdo que guardo de ellos.


Cogí la bolsa que Padre me había dado. Solté la correa y miré atónito la oscura pistola. La tomé entre mis manos y recordé las palabras de aquel primer exiliado que huía de la guerra: “los niños toman el fusil”, pero yo tenía una pistola y emprendería el camino que Padre me marcó: recorrería el camino de las luces apagadas.

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