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Crisantemos (III)

No podía apartar la mirada de la flor que descansaba en el fondo de la caja. Trató de recordar el rostro del hombre que la había dejado abandonada junto a él en el banco, pero no era capaz de hacerlo. Se maldijo por no prestar atención aquel hombre sin rostro, una sombra más de las muchas que recorrían Londres entre la niebla. La luz cenicienta que se coló por la ventana, reflejo de un sol que trataba de vencer a la densa blancura que cubría el cielo londinense, lo devolvió a la realidad. Se apartó de la mesa y corrió las cortinas. Y así, sumido en la más profunda oscuridad, trato de recuperar la cordura y deducir quién le había enviado aquel recado floral.

Había regresado de la India varios meses atrás y, desde entonces, se había comportado como se esperaba de alguien de su posición. Su casa había estado abierta a amigos y se habían celebrado varias fiestas para mostrar las riquezas obtenidas en el Oriente; como su padre hiciera mucho tiempo antes al regresar del África Negra. Tan solo una persona podría haberse ofendido por sus actos. Había ocurrido recién llegado. Aquella noche, con algunos compañeros de travesía, habían acudido a una fiesta en su honor en un lujosos pub. Fue allí dónde la joven, tímida y sencilla, le había ofrecido sus servicios y él, después del largo viaje y bajo los efluvios del alcohol y el opio, los había aceptado. En el fondo de su alma sabía que aquel acto de hombría podía acabar con su compromiso, y con la posibilidad de seguir ascendiendo en la sociedad... aun así había caído.

Pero la mujer no podría haber enviado aquella flor. 

-Es imposible que conociese el código de... -dijo en voz alta para la estancia vacía- No, no había forma de ello.

Pero, pensó, el mensaje era claro: un crisantemos blanco. Hacía referencia a la virtud y la pureza. Aunque la chica no tenía ni lo uno ni lo otro. No era más que una ramera del puerto y sin embargo había sido avisado.

La campana sonó y se giró sobresaltado. Se acercó lentamente hasta la ventana y, sin abrir las cortinas, oteó la calle para ver como el mensajero dejaba el paquete. No necesitó ver que había en su interior, el cartero no llevaba el habitual uniforme y, en su lugar, vestía un kurta hindú. 

Lo que no vio fue como Roman se ocultaba en las sombras de la calle enfrente, sonriendo al ver moverse las cortinas de la casa señorial,

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