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El Camino (I)

Me senté al borde del precipicio y vi las olas romper contra mis pies. El frío húmedo me caló hasta los huesos y aun así supe que aquel era mi destino. Esperaba que el brutal choque del mar me despertase de mi letargo, pero sólo logró entumecer aun más mi alma. El silencio de la noche roto por la machacante lucha del océano contra la tierra acompasó los latidos de mi corazón. Miró atrás y veo que el mundo en el que crecí se ha desecho en jirones desagarrando todo mi trabajo. Luché por hacer mejor las cosas; por recuperar lo que nuestros abuelos habían conseguido: la paz y eso que llamaban bienestar social.  Pero ahora no soy mas que la sombra de lo que un día fui. Había sido grande en otro tiempo. El más importante de los hombres sobre la faz de la tierra y ahora no era más que un esclavo al servicio de los mismos que un día se inclinaron a mi paso. Mis súbditos lo habían tenido todo, en mis tierras no faltó de comer ni de beber; y los sueños se hacían realidad. Hasta que un día todo se resquebrajo, un día aciago en el que todo se vino abajo.


* * * 

Las luces se iban encendiendo en la lejanía. Lentamente, una a una, un camino brillante se abría ante mis ojos como por arte de magia. 

No sabría decir cuando fue la primera vez que lo vi; quizá una decena de años atrás cuando llegué por primera vez a aquella casa enclavada en un amplio valle en el que mis padres cultivaban trigo y criaban un par de vacas para alimentarnos. Eran otros tiempos, y la guerra aún no había manchado de rojo los campos pero, desde entonces, aquella visión se había convertido en un referente en mi vida. Jamás pensé recorrer el camino que se mostraba; como si llevase a un lugar prohibido, me dije a mi mismo que nunca abandonaría la casa. 

Pero ahora todo había cambiado: el reflejo de las explosiones iluminaba la noche y durante le día podían verse gigantescas setas de humo elevarse sobre el horizonte. Durante semanas habían comenzado a llegar hasta casa. Hablaban de un mundo que se despedazaba a si mismo, donde los cadáveres decoraban las calles y los animales rapiñaban a los muertos. Los viejos lloraban a sus hijos y los niños tomaban el fusil para irse al frente. Pero lo peor era que el camino de luces se había apagado. Cada noche salía a la puerta de la granja y esperaba ansioso ver como se encendían el centenar (o quizá millar) de luces parpadeantes que marcaban el camino a seguir, pero éste no se mostraba.

Pregunté a Padre que era la guerra, y me contestó que no quería saberlo. Y no quise, pero la guerra se empeñó en mostrarme su crueldad.

Comentarios

Nika ha dicho que…
Que te puedo decir sobre esta entrada... me encanta!

Un gran relato escrita por una gran persona!

Estoy deseando leer la segunda parte!!

Un beso enorme,
Nika
www.eldenika.blogspot.com
Javier Fornell ha dicho que…
Gracias, Nika

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