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Lanza y oro

Ya queda poco. Como quien dice, se ve luz al final del túnel y Lanza y Oro es ya una realidad palpable que pronto verá escaparates desde dentro. Y es este el momento más complicado, el más complejo, el que da más miedo. Ya he hecho todo lo que estaba en mi mano para que las venturas de Pedro Cabrón lleguen a los lectores. He tratado de dar lo mejor de mi, sobre todo con la intención de mejorar Llamadme Cabrón, y creo que lo he conseguido. Pero no soy yo quien debe decirlo.

Siempre se ha dicho que escribir un libro es relativamente fácil, que te publiquen el primero tiene un gran componente de suerte. Que sí esa suerte acompaña puede haber un segundo; pero que jamás habrá un tercero si sólo eres fruto de la suerte. Por eso, siempre, la segunda novela debe mejorar la primera. He tratado de conseguirlo. Pronto los lectores tendrán que dar su veredicto y, mientras, me quedan meses de miedos y sobresaltos. Aunque también, espero, de grandes alegrías.

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Ni Aragón, ni Cataluña, ni Valencia son entidades anteriores a la Edad Media. Hasta 1163, con Alfonso II, no se distinguirá entre reino y corona de Aragón. En la Corona tendrán cabida todos los reinos, condados y señoríos que guardan algún tipo de dependencia con el rey aragonés. Esta existencia de diversas entidades autónomas en muchos aspectos, solo es entendible desde la expansión territorial a costa de los reinos musulmanes del sur. En esa expansión los nobles irán recibiendo tierras y beneficios. Expansión que acabará chocando con la realizada por el condado catalán.

Con respecto a Cataluña, entrará a formar parte de la corona después del casamiento de Petronila (hija de Ramiro II de Aragón) con Ramón Berenguer IV, conde de Cataluña, quien, a pesar de ejercer como tal, no toma el título real.
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Desear algo, luchar por conseguirlo, o construirlo con tu propio sudor, es el verdadero motor del crecimiento humano. Y, cuando ya lo conoces y sabes si es lo que buscabas o no, hay que seguir adelante. Así, hasta el último día de nuestras vidas.
Sin pensar si lo alcanzado terminó en fracaso o triunfo ya que, cada deseo conocido, nos hará más ricos, sabios y. por tanto, mejores. Nos habrá obligado a avanzar conociendo nuevas metas, abriendo nuevos caminos. Así que, como Augusto, yo también me digo en mi vida Nihil cognitum quin praevoli…

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