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Crisis

Ando raro últimamente. Y no me refiero a que necesite cambiar de calzado; simplemente parece ser que no soy quien siempre fui. Quizá sea que veo que los 35 vienen a marchas forzadas, y que yo sigo donde estaba. Tal vez sea eso, una suerte de crisis existencial que me lleve a plantearme que es hora de cambiar el utilitario por el deportivo. Pero, la verdad, lo deportivo no me va.

Creo que el problema viene de otro lado. Del hecho necesario de reestructurar mi vida asocial. Yo, que soy un ser que siempre prefirió la compañía de Geralt de Rivia que de Maripili Gamuza; me encuentro ahora en un brete. El de decidir si salir de la cueva eremita  y convertirme en un ser social que aprenda a hablar de Gran Hermano, o seguir siendo yo. Claro que de ser yo como siempre fui tiene un problema: El cine.

Adoro el cine, me gusta ir casi semanalmente cuando la economía no es de guerra, pero ésta guarra vida hace que aquellos que compartían gustos conmigo ya no anden por esta tierra y ahora tenga que ir solo al cine. Y en mi asocial existencia, el cine -como la opera- son actividades sociales a las que se va a acompañado.

Lo peor es que, con tanto cambio uno ya no sabe ni de que habla, pues mi cueva no es asocial y suele ser la cueva de otros más que la propia. Una cueva rellena de buenos amigos, buenas charlas, y mejor comida. Pero si es cierto que algo ha cambiado, hace días que mis letras no ven la luz; puede que ya no tenga nada que decir y eso si sería raro, muy raro. Pero no solo es que mis letras no lleguen al papel, sino que las letras de otros tampoco saltan del papel a mi imaginación. Una maldición autoimpuesta que me impide leer lo que me gusta, que hace que me disguste lo leído.

Habrá quien diga que es el amor, otros lo achacarán al régimen, pero la verdad es mucho más sencilla.

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