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En Alejandría


-Voy al baño -dijo el medievalista más para sí que para sus contertulios, pues nadie se sentaba con él aquella tarde.

Se levantó y caminó tranquilo por la cafetería mirando las fotos que colgaban de las naranjas paredes, con la mirada de quien no entiende el arte contemporáneo.  Subió los dos escalones que separaban el bar de la librería y se encaminó al baño de hombres. Un pequeño habitáculo, escondido tras un tabique, junto al femenino en el que una cisterna se oía correr en ese momento. Se detuvo a saludar a la joven librera que regentaba el negocio y esperó que a saliese la inquilina del baño de mujeres: una pequeña manía de cuando estudiaba. Cuando la niña, pues era una niña la que salió del baño, pasó junto a él, le sonrió y se dirigió presto a vaciar la vejiga.

-¿Tienes el segundo libro de Manolito Gafotas?- escuchó el medievalista antes de entrar al baño.
-Sí, claro – la librera se dirigió al fondo de la librería, junto a las mesas de la zona infantil y rebuscó entre los estantes hasta dar con él -¿Éste? Aquí lo tienes.
-Gracias –dijo la chiquilla acercándose a su madre -¡Mamá! mira, el de Manolito.
-Pues ya sabes –le dijo la madre, demasiado mayor para una hija de esa edad-. Ponte a leer ahí mientras nosotros tenemos la reunión.

Dejó a su hija leyendo en la silla en miniatura y se sentó dónde solía hacerlo: en uno de los dos sofás que presidían la cafetería. En el que daba a la pared y en el asiento más lejano a la única ventana de la sala. La librera, de pelo corto y sonrisa larga, se acercó con un café largo y un vaso corto con hielo. Llevaban demasiado tiempo reuniéndose como para olvidar las preferencias de cada cual. Retiró la taza medio vacía y fría de café con leche que había bebido el medievalista.  No había llegado a la barra cuando el resto de tertulianos entró en la librería. Venían charlando tranquilamente, hablando del último libro leído por cada uno de ellos, en una tertulia monográfica en la que no importaban unas respuestas que ni eran dadas ni eran oídas.

-¿Empezamos? –preguntó un hombre bajo, de pelo negro y algo huraño que siempre se sentaba en una silla y bebía bitter Kas –Ya estamos todo ¿no?
-Sí –respondió un segundo hombre, delgado, más joven sin llegar a serlo, que se dejó caer en el sofá, junto a la madura madre de la niña que leía a Manolito-. Y por una vez sin retraso. Gracias –concluyó cuando la librera le entregó su café con leche.
-¿Qué os ha parecido el libro? –la chica joven, de unos 20 años, de negro riguroso, rostro blanco y capaz de hacer callar a todo el Falla en pleno griterío de María la Hierbabuena, sacó el libro de Reverte y lo dejó en la mesa- Un bodrio. Malo, malo, malo… de solemnidad.
-Tampoco tanto –sorbió su bitter Kas- hay algún punto raro, pero hay cosas peores.
-Yo lo dejé –dijo la madre de la niña que reía con Manolito-. No fui capaz, lo siento, la cría no me deja mucho tiempo para mí y este Asedio ha sido muy largo para lograr romperlo.
-Y yo también –respondió un tercer hombre, siempre sonriente, mirando a su hija, de negro riguroso y a su hermano que apuraba la rosácea bebida- Reverte es demasiado largo, demasiado denso, demasiado aburrido. Y ciertos vórtices…
-Esa es una de mis partes favoritas, aunque la vuelta dada para que la historia cuadre no es propia de un escritor de su talla- dijo un escritor de menos relumbrón que Reverte.
-¡Claro! Tú escribes sobre sucesos extraños también –respondió el hombre delgado, con ese aire propio de quien posa sus pies en un aula-. Estoy seguro que nuestro amigo el medievalista… por cierto ¿dónde está?
-Entró en el baño hace un buen rato- la librera estaba atendiendo a una pareja que había llegado poco tiempo antes y se había sentado en la mesa del fondo, junto a la ventana que daba a la calle- Es raro que no haya salido ya.
-Voy a ver- dejó el bitter kas sobre la mesa y se levantó rápidamente, no en vano su profesión le llevaba a sentirse obligado a velar por la seguridad de todos.

Saludó a la niña en su mesa, antes de entrar en los baños, llegando hasta la puerta del de hombres. Llamó, y recibió silencio por respuesta. Volvió a llamar, y notó como la librera se situaba a su lado. Se miraron, incómodos, como dos desconocidos en un ascensor. Volvieron a llamar, ahora juntos, pero no recibieron más respuesta que antes: nada.

-Habrá que abrir.
-Habrá que hacerlo.

El hombre intentó coger carrera, pero poco espacio le separaba de la pared que escondía los baños de la librería. Intento darle una patada, pero aún así tampoco lograba la fuerza necesaria. Finalmente probó lo más sencillo de todo: girar el pomo, y la puerta se abrió sin resistencia.

-¡Dios del amor hermoso!- dijo ante el asombro de su hermano, que ya había llegado junto a él, con el resto de los miembros del club, y que jamás antes de ese momento le oyese mentar tamaña expresión propia de viejas beatas de capillas ruinosas- Para mí que no se vuelve a quejar de Reverte.
-¿Qué ha pasado?- preguntó un tumulto de voces irreconocibles -¿Está o no?
-Está, está… o algo así…
-Bueno, estar está –confirmo su sobrina, que se había puesto la primera del grupo, con una de aquellas frases que conllevan el mutismo de los oyentes-: De cuerpo presente y alma ausente, pero está.

Todos se miraron antes de, cual capilla ardiente, pasar uno a uno por la puerta del pequeño retrete y volver a su lugar en la mesa del bar. Todos menos la librera que, apurada, cerró la puerta después de un último vistazo: la cabeza apoyada en el váter, sobre la tapa bajada y manchada de rojo. Las manos junto al cuerpo una, caída como muerta, y la otra, la izquierda, situada bajo la cabeza. Estaba de rodillas, rezando en un blanco reclinatorio con el pantalón teñido de rojo, al igual que las baldosas, las blancas y las negras, del suelo.

La sonrisa de la librera se apagó, al igual que el cigarro de la madura madre, que ignoraba la prohibición de fumar dentro del edificio hasta que, desde la mesa del fondo, la mujer gritó “¿Quién ha encendido un cigarro?, me quejaré a la dueña”. Pero la dueña ya había llegado y apagaba las quejas de los miembros del club, mientras pensaba que hacer.

-Seguro que el asesino está entre nosotros –dijo la joven –Uno de nosotros ha matado al medievalista.
-Pero, no sabemos si le han asesinado –respondió su tío con frialdad, cogiendo su bitter kas.
-¿Viste la sangre?- fue la respuesta del padre de la chica.
-Hemos visto que el baño estaba cubierto de un liquido rojo pero ¿era sangre? Quizá sí, pero quizá no. Deberíamos averiguarlo antes de tomar una decisión –dijo el profesor, sentado en el suelo junto a los sofás.
-Desde luego sería bueno averiguarlo antes de llamar a la policía- repuso el escritor pensando en la historia que podría sacar de aquello.
-¿Policía?- la madura madre pareció salir de su ostracismo repentinamente -¡No!, mejor no la llamemos… aún no –todos la miraron-. Si me descubren –continuó- me quitarán a la niña. Yo … ella… todos tenemos secretos ¿no?

El silencio se extendió por la cafetería. Las miradas se cruzaron, menos la del hombre del fondo que, agarrado a su bastón, miraba sobre ellos, con los ojos clavados en las estanterías de la segunda planta. En silencio, cada uno, repasó su propio secreto: el profesor había mantenido relaciones ilícitas con una alumna durante un viaje a Estambul, cuando él no era más que un becario y la chica la hija de su decano. Tan mal terminaron las cosas aquella noche de pasión y alcohol, que la chica –no tan chica- sufrió una terrible caída, desde el balcón del hotel hasta el suelo de la calle.

Los dos hermanos se miraron, recordando aquello ocurrido tantos años atrás, cuando no eran más que niños que correteaban libres por las calles de su pueblo natal, cerca de Zamora. Desde entonces, se habían unido de forma insospechada, unidos por los lazos que la sangre derramada en otros crea en la familia. No habían matado a la vieja a propósito, pero la broma con la hermana muerta había acabado finiquitando la existencia de la viva que, sin intervención material de los dos hermanos, había terminado lanzándose al único tren que pasaba por el pueblo cada cuatro días en los meses impares, dejando la vía paralizada y llenando el pueblo de viajeros. Entre ellos la que luego sería madre de la joven veinteañera que reía silenciosa recordando su propio pecado: había dejado vivir a su ex cuando tuvo la oportunidad de matarlo violentamente al encontrarlo en la cama con su mejor amigo. Aquello, dejar vivo a quién debía haber matado, aún le corroía, no tanto por haberlo dejado vivo, como por haber perdido la oportunidad de experimentar lo que se sentía al decidir sobre el final de la vida de otro.

El escritor bajo sus ojos, y se acarició las manos lentamente. Aquellas manos con las que había matado a su primer editor cuando creyó que le mentía. Estaba seguro que su novela sobre un joven extraterrestre gay enamorado de un humano tenía que triunfar y, cuando el editor lanzó una carcajada, él le lanzó un cenicero de acero, con tan mala fortuna que le cortó una artería. Claro que después de que él mismo la buscase tras haberle dejado inconsciente.

La librera se acercó a la barra, también ella guardaba un secreto y oscuro pecado que le impedía cocinar o comer empanadas de carne, pese a su origen argentino. No fue allí, en su tierra patria, sino en Illinois, dónde en venganza por el trato recibido en la escuela, pasó a cuchillo y por la picadora a todo el equipo de animadoras. Que luego comerían plácidamente los jugadores de baloncesto del High School que le tocó en suerte por el trabajo de su padre. Y aquella merienda de negras fue la que le obligó a emigrar de Estados Unidos y asentarse en España, lejos de los tratados de extradición y con la condición de no volver a encender el horno. Pero ahora ocurría aquello y aquello, la muerte del medievalista en el baño de su librería-cafetería podía dar al traste con la nueva vida conseguida y, aun peor, con un negocio que la mantenía esclava de Banesto y del que tendría que seguir esclava desde la cárcel.

-No es buena idea llamar a la policía –dijo de pronto –pero ¿quién le ha matado? Ya hemos llegado al acuerdo de no avisarle, tendremos que deshacernos del cuerpo y está claro que ha sido uno de nosotros pero ¿quién? Nos merecemos saberlo, al menos.

Se miraron todos, menos el hombre mayor de la mesa el fondo que seguía con la mirada fija en el cercano horizonte naranja de las paredes decoradas con fotos de Baeza. Pero que movía la cabeza mostrando su rechazo.

-¿Y si los viejos llaman a la policía?- susurró la sobrina a su tío.
-Quizá tengamos que deshacernos de ellos también- miró a la librera- ¡Cierra las puertas y cubre las ventanas!

Los ancianos mostraron su preocupación y la mujer se levantó de la mesa indignada.

-¿Estáis de broma, verdad?- gritó con un tono de voz tan irritante que hizo llorar a la niña que reía con Manolito Gafotas -¿No creeréis que vamos a dejar que no llaméis a la policía?
-¿Veis?- la joven veinteañera dio un paso adelante, ansiosa de probar aquello en lo que se mantenía virgen- ¡Hay que matarlos!

Cogió un cuchillo y se adelantó hasta la mujer mayor, golpeándole en la cabeza ante la indiferencia de su esposo. Que parecía ausente con la mirada fija, ahora, en las dos tazas vacías sobre la mesa.

-Ahora tú- dijo dándole el cuchillo a su padre. Y así todos, uno tras otros, fueron dejando su huella en el cuerpo de la finada.

Ninguno pareció notar la absoluta tranquilidad con la que el marido observaba la escena. Mucho menos se extrañaron cuando, con la primera puñalada dada por la madre de la niña que reía con Manolito Gafotas, el hombre no gritó. Más bien bufó algo incongruente y ausente de todo sonido humano.

-Parece un personaje de mis libros –dijo por fin el escritor cuando asestó la última- ¿pues no se ha muerto sin decir palabra?

-Pero ¿qué demonios?- la voz era conocida por todos, y la sorpresa se extendió de rostro en rostro por todos los presentes –Habéis matado a mis amigos… pero, pero…  ¡Se os ha ido la cabeza!

El medievalista estaba de pie, sobre los escalones del fondo de la sala, mirando anonadado como sus amigos, a los que había conocido cuando acompañó a su tío a un viaje de la ONCE, estaban muertos, cubiertos de sangre, asesinados cual Cesar en el senado. Una puñalada por cada lector, la sangre desbordada manchando el suelo y las paredes, y las ropas de los lectores. Un rojo casi tan fuerte como el que tiznaba sus propias vestimentas.

-¿Estás vivo?
-A Dios gracias… y por suerte, ya veo que os ha dado por convertir el club de lectura en un club del terror. ¿Qué os han hecho?
-Sabían que no denunciaríamos tu muerte a la policía- dijo el profesor- no podían vivir.
-No estoy muerto y espero no estarlo próximamente.
-Estabas muerto –repitió la librera –yo te vi en el baño.
-No estoy muerto.
-Si, lo estabas –sorbió el bitter kas como gesto de afirmación.
-¡Que no, coño!
-Estaba todo lleno de sangre –la joven se acercó a su padre, con un nuevo brillo en los ojos.
-¿Qué sangré?
-La que te llena la ropa –el padre de la joven le señaló la ropa.
-¿Esto? no es sangre.
-¿Qué hacemos ahora?-dijo la madura madre de la niña.
-¡Matarlo!- dijo la niña.

Todos comenzaron a reír. Una risa franca y terrorífica que llenó la librería. Todos menos uno, el medievalista. El hombre, bajo, rechoncho por no decir gordo, salió corriendo buscando una escapatoria que no existía. Vio las puertas cerradas y regresó a los baños. Se encerró en el de hombres, apoyado sobre la puerta.

-Son de Ikea –dijo la librera mientras el profesor lanzaba la primera puñalada que atravesó la fina lámina de madera.

No hubo gritos, solo golpes. Uno tras otro hasta que la puerta quedó reducida a la nada. Una barrera franqueable que fue traspasada por el hombre del bitter kas. Cogió el botellín, ya vacío  y destrozó el cristal sobre la cabeza del medievalista. La sangre se mezcló con el extraño liquido rojo que ya pringaba el suelo.

-Es salsa de barbacoa –dijo la librera.

 Al día siguiente, la librería tuvo oferta especial: por la compra de un libro, te regalaban una empanada de auténtica carne argentina.

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