Ir al contenido principal

Teresa Josepha

Teresa Josepha pudo llegar a la ciudad en alguno de los barcos esclavistas llegados desde le norte de África o, tal vez, ya hubiera nacido esclava en Cádiz. Lo cierto es que creyó tener suerte al caer en manos de un importante señor, hombre de bien que le prometió su libertad a cambio de un pequeño trueque: ella le cedía su cuerpo yaciendo con él y don Antonio de Medina le concedería la libertad para ella y sus descendientes, si los tuviese. 

Pero el sueño de la turca de ser liberada se vio truncada  después de haber cumplido los deseos de su amo y haber quedado preñada de éste; el hombre tomó la decisión que mejor le convenía, pues era difícil encontrar buenas esclavas y amantes. Asií, dejó al hijo de ambos expuesto en la Casa Cuna y procedió a continuar su vida como si nada hubiese ocurrido. Quizá no esperaba el coraje de Teresa Josepha, que viendo perder todo lo que anhelaba (su libertad y su hijo) en 1704 denunciaba a su mano ante el Vicario General de la Diócesis, que actuó como juez instructor, escuchando a unos y otros hasta conceder la libertad a la turca, por la mala práctica ejercida por el respetado Antonio de Medina.

Durante el tiempo en el que transcurrió el juicio, hombres y mujeres se presentaron ante el Vicario y, sin importar origen ni condición, todos apoyaron a uno u otra: Los hombres a don Antonio, las mujeres a Teresa. 

Pero el destino debió ser siempre cruel con la turca, pues aunque el vicario le concediese la libertad, pronto la sentencia fue revocada. Don Antonio le acusó de tener “conversaciones ilícitas” con otros hombres; de las que decía era fruto el hijo nacido del pecado asegurando no haber yacido con su esclava. Y un nuevo juez, afín tal vez a los devaneos del de Medina, revocó la sentencia y ordenó que Teresa volviese a la casa a la que pertenecería hasta el mismo día de su muerte.

Quedando su hijo como expósito y perdiendo aquello que más amaba

Comentarios

Entradas populares de este blog

Corona o Reino de Aragón

Ni Aragón, ni Cataluña, ni Valencia son entidades anteriores a la Edad Media. Hasta 1163, con Alfonso II, no se distinguirá entre reino y corona de Aragón. En la Corona tendrán cabida todos los reinos, condados y señoríos que guardan algún tipo de dependencia con el rey aragonés. Esta existencia de diversas entidades autónomas en muchos aspectos, solo es entendible desde la expansión territorial a costa de los reinos musulmanes del sur. En esa expansión los nobles irán recibiendo tierras y beneficios. Expansión que acabará chocando con la realizada por el condado catalán.

Con respecto a Cataluña, entrará a formar parte de la corona después del casamiento de Petronila (hija de Ramiro II de Aragón) con Ramón Berenguer IV, conde de Cataluña, quien, a pesar de ejercer como tal, no toma el título real.
Durante el siglo XIII la Corona de Aragón continúa con su política expansionista hacía el norte, pero tras el Tratado de Almizrad de 1244 y la derrota de Pedro el Católico en Muret, la ex…

Nihil cognitum quin praevolitum

Ando leyendo "Niebla" de Unamuno, y su frase Nihil cognitum quin praevolitum (Solo se conoce lo que se desea) me ha llamado la atención por la verdad que se esconde tras ella. Yo también, como don Miguel, creo que sólo el deseo nos hace crecer, conocer, amar, avanzar. Mientras que desear lo conocido nos convierte en conformistas estancados en nuestras vidas. Nos impide abrir nuestras mentes y mirar más allá de nuestros limites existenciales.
Desear algo, luchar por conseguirlo, o construirlo con tu propio sudor, es el verdadero motor del crecimiento humano. Y, cuando ya lo conoces y sabes si es lo que buscabas o no, hay que seguir adelante. Así, hasta el último día de nuestras vidas.
Sin pensar si lo alcanzado terminó en fracaso o triunfo ya que, cada deseo conocido, nos hará más ricos, sabios y. por tanto, mejores. Nos habrá obligado a avanzar conociendo nuevas metas, abriendo nuevos caminos. Así que, como Augusto, yo también me digo en mi vida Nihil cognitum quin praevoli…

Héroes gaditanos: Diego Fernández de Herrera

En 1339 el rey de Ronda y Algeciras, Abdul Melek, decidió cercar Jerez de la Frontera, por entonces principal ciudad del bajo Guadalquivir (con permiso de Sevilla, cabeza del reino y, casi, de toda la Península). El príncipe tuerto –pues así apodaban al de Ronda- asoló la campiña jerezana y cerró su tenaza sobre la ciudad obligando a los vecinos de la villa a enfrentarse en desigual batalla. En aquellos años se encontraba en Jerez Diego Fernández de Herrera, que había estado cautivo varios años y conocía el idioma y las costumbres de los moros. Así que, bien por venganza o por ese heroísmo extraño que a veces surge en el corazón de los hombres, se presentó voluntario para adentrarse en el campamento enemigo y asesinar al príncipe tuerto. Disfrazado de moro cruzó el río Salado y se internó en el campamento enemigo, esperando que los jerezanos lanzaran un falso ataque que hiciera a los moros salir de sus tiendas y continuar la lucha. Al amanecer de esa misa noche, los de Jerez pusiero…