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En la isla de los gatos


Pero por más que gritase el capitán solicitando a sus hombres cordura, era tal la cantidad de felinos que era imposible ser ajeno a sus caricias. Hombres y mujeres, marinos curtidos, soldados crueles, putas sin corazón… todos cayeron ante los engantos de los animales que daban nombre a la isla maldita.

-¡Pero que mono!- susurraba Vásques acariciando a un minino de rubio pelaje.
-¡Cantaré para ello! –Mamonuth rasgaba su lira canturreando, con los gatos siguiendo su estela como los niños al flautista del cuento.
-¿Esto se bebe? –preguntó Borought estrujando a uno, que maullaba y arañaba como una gata en celo –Si no se puede beber ¿para qué sirven?

Era raro ver a hombre o mujer sin felino a sus espaldas. Solo la Rubia permanecía en el barco, con sus propios animales y sus bizcochos, encerrada en una cocina que siempre estuvo vetada al capitán Fat. Y era él, el orondo maestre de La Marabunta, el único que parecía mantener la cordura, hasta que un intenso olor llegó hasta sus narices…

-¡Pardiez! –chillo como un cerdito -¡Que me aspen si eso que huelo no es un costillar de vaca!... -Y se lanzó a la carrera por las marañas de planta que componían aquel bosquejo que cerraba la playa al interior-. ¡Mis hombres a mí!

Y al grito del capitán, hombres, mujeres y gatos se lanzaron en loca carrera por el bosque, esquivando nidos de serpiente y gorrión, saltando através de la hojaresca, cruzando ríos y charcas siguiendo el rastro de aquel olor que se hacía más intenso en cada zancada dada. Jamás se vio a Fat correr como aquel día, ni tan siquiera cuando un carnicero de Árgel amenazó con trocearlo y hacerlo al horno. “El hambre”, diría poco después “nos convierte en atletas consumados” Pero en aquella isla de la que tan mal recuerdo guardaban algunos de sus hombres, deseo no haber corrido. No tanto por el cansancio producido, como por lo encontrado al final de la carrera.

-¡Es él! –dijo Marco Antonio.
-Lo es – confirmó Mutambo.
-¿Who? –dijo sir Charles que no se acordaba de dónde se encontraba.
-¡Maldita sea mi estampa!- dijo el hombre, de extensas patillas que, sentado en un trono de madera cocinaba una vaca completa -¡Si son los de La Marabunta!... ¡a mis brazos!
-Que nadie se acerque a él- dijo Lady Chodna –bien sabemos de lo que es capaz. Una vez que te da el primer abrazo estás muerto y solo puedes seguir sus pasos.
-Pero ¿porqué decis eso? Hace demasiado que no salgo de esta isla y ningún mal he podido hace. Aunque tenéis razón, en otro tiempo fui otro: crapúla y pendenciero. ¿quién no?
-Le hiciste daño a mi esclava –la ira enrojeció el rostro de Fat.
-Cierto, pero ahora cocina para ti y antes era libre.
-Muy cierto, sí –dijo el gordisimo capitán con una leve sonrisa –Aún así, ¿cómo os conserváis tan bien? Han pasado años desde sus primeras expediciones tierra adentro, y aún parecéis un jovenzuelo…
-Encontré lo que buscaba, mi buen Fat –dijo el otrora conquistador-: la fuente de la juventud.
-Eso no existe –dijo Mutambo descompuesta ante la visión que vionaba.
-Sí existe. Yo soy la prueba viviente. ¿Cuántos años me echáis?
-Yo le echaba otra cosa –susurro Vásques a Chodna.
-Hace más de 100 años de sus primeras conquistas…. pues, don Hernán, debería rondar los 151, mes arriba o abajo… -concluyó Mamonuth.
-Bueno, bueno, que aquel conquistador fue el abuelo de mi abuelo….

Fat lo miró, de hito en hito: las largas patillas; el rostro curtido por las horas pasadas al sol; la sonrisa afable del que está dispuesto a traicionar; los ojos oscuros de quien no necesita sonrisas para acabar con la estima del otro;…
-Parecéis de Jerez –comentó.
-No lo soy, capitán –dijo con deferencia –Soy ciudadano del mundo.
-Vamos, que allí dónde vas haces lo que te sale del minino… -concluyó Vásques -¡Fat! ¡Deja eso!

-¡Está .. bue … no! –Fat tenía las manos manchadas de grasa, el rostro congestionado, la sonrisa cargada de carne y un enrome trozo de costilla descansando sobre las rodillas.
-A ti te sale mejor –dijo Hammer con Borought confirmandolo mientras Marco Antonio le daba una nueva vuelta a la media vaca que aún estaba en el fuego.

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