De prejuicios

Todos tenemos perjuicios, y decir lo contrario es mentir. Nos hemos dejado llevar por una primera impresión, por lo que nos han dicho o por lo que creemos haber visto. Eso, al menos, me ha pasado a mí. Me negaba a dejarlo entrar en mi vida, alegando que era feo, desagradable a la vista, al tacto y al gusto, como si solo por verlo ya pudieran darme arcadas. Y sí, es cierto, sé que hizo mucho daño a alguien que conozco de toda la vida, al que veo casi a diario, pero aún así no es excusa para no darle una oportunidad y denigrarlo cada vez que su nombre salía en una conversación. Ni razón para expulsarlo de mi mesa. Pero caí en prejuzgarle sin conocerle, y ahora que ya lo conozco debo hacer publica mi disculpa. 

Por eso, hoy, tengo que pedirte perdón. Sé que mataste dos veces al bueno de Homer, pero aún así he perdido el tiempo contigo todo este tiempo. Lo siento, brocolí, pero ya estás en mi dieta y ¡pardiez! que bueno estás.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Nihil cognitum quin praevolitum

Corona o Reino de Aragón

Héroes gaditanos: Diego Fernández de Herrera