Nido de cuervos (VII)


-El tiempo transcurre inexorablemente para todos y todos- decía el inspector Márquez a sus alumnos de criminología- Y cuanto más tiempo pase, más difícil será encontrar la solución a algunos enigmas. Cuando comencéis a trabajar en las comisarias os encontraréis casos que jamás podréis cerrar, serán esos los que os acompañen siempre. O, al menos, eso es lo que me ocurre a mí. Voy a poneros un ejemplo práctico, esa será la actividad evaluadora este año.
Comenzó a repartir los folios con paso cansino, el tiempo también había pasado en él y hacía mucho que el peno cano había dejado paso a la calvicie, las arrugas surcaban su rostro y se cansaba con el exceso de ejercicio. E incluso repartir aquellos folios le resultaba una carga pesada. Llevaba dando clases cinco años en la Academia de la Policía Nacional, desde que pasó a segunda actividad. Y, por primera vez, había decidido compartir con sus alumnos aquella historia que aún le mantenía despierto y que nunca, ni siquiera ahora casi 10 años después, estaba cerrada del todo. Ahora eran otros quienes estaban al frente de la investigación, entre ellos Navarro, que había pasado gran parte de su carrera en Cádiz y que había terminado especializarse en casos complicados como aquel.

-Ocurrió hace casi 10 años –comenzó Márquez mientras los estudiantes leían el informe-, la chica, Elene, iba de regreso a su casa en compañía de su hermana, pero poco antes de llegar desapareció. El informe indica que fue secuestrada en el callejón de acceso a la sacristía de una Iglesia, pero nunca se encontró rastro de la niña. Sólo hubo una llamada de secuestro, de un grupo terrorista internacional e islámico que pedía la liberación de uno de sus miembros, que había atentado contra el rey. Pero solo hubo cinco contactos y nunca se le dio demasiada importancia. Quizá esa vía no fuera estudiada con profundidad, pero sigo pensando que no erramos y que nada tenían que ver –miró a sus alumnos, que le seguían con los ojos fijos en el y los expedientes abiertos sobre las palas de las sillas-. Inicialmente se pensó que era una niña más, pero pronto se descubrió que era hija de un importante empresario gaditano, que se había casado en secreto con su novia, manteniendo el embuste demasiado tiempo. Solo dos personas sabían que esto había ocurrido: un amigo del novio, fallecido durante un viaje de placer durante los mismos días de la desaparición de Elena; y un sacerdote, el padre Helmuth –el murmullo recorrió la sala-, que como bien sabéis hoy es el Cardenal Helmuth y suena como papable. Pero entonces aún estaba comenzando su carrera. Aquí hay otro dato importante: el cardenal estaba aquellos días en España y –hizo una pausa que llamó la atención de los alumnos del fondo- el día de la desaparición de Elena estaba en la ciudad, y en la iglesia junto a la que despareció. Pero aún hay más –concluyó acallando las voces del aula-. Esa Iglesia guarda una extraña relación con un mafioso italiano, Pietro, que yace enterrado en ella desde poco tiempo después de la desaparición de la chica.
-Recuerdo el caso –dijo una joven estudiante desde la primera fila-. Cada cierto tiempo sale en la prensa y hace un par de años hicieron una película. En ella especulaban con que la niña había sido usada –un gesto de asco apareció su rostro- por el cura. Se decía que había estado involucrado en casos de pederastia en Alemania, aunque nunca se pudo probar, y que esta chica, Elena, fue otra de sus víctimas.
-Nunca se pudo probar, de hecho, nunca hubo nada que nos permitiese abrir esa línea de investigación.
-También se dijo –continúo un joven pelirrojo sentado a la izquierda del aula- que el mafioso tenía algo que ver con la madre de la chica y que por eso tenía esa vinculación con la zona.
-Eso es completamente falso. Después de la desaparición Jaime y Elena hicieron pública su relación y se marcharon con su otra hija a Londres. Aún residen allí.
-¿Y la vía terrorista? –dijo un tercero- Se cerró demasiado rápido.
-Es posible –concluyó Márquez mirando su reloj-. La clase ha terminado por hoy. La semana que viene pondremos en común lo que habéis descubierto. ¿Seréis capaces de resolver este caso?

Dejó el aula, cerrando la puerta tras de sí y caminando renqueante hasta su despacho. Antes de morir, y para eso no quedaba mucho, deseaba saber que había sido de Elena. “Se lo debo”, pensó.

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