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Nido de Cuervos (V)


-No os preocupéis, padre- dijo Pietro mientras guardaba unos papeles en su maletín-. Las cuentas están correctas. Nadie podrá encontrar nada extraño en ellas.
-Estás seguro, hijo- dijo el sacerdote con marcado acento alemán- Son muchos nuestros enemigos, incluso dentro de la propia Iglesia. Hemos de cuidar la corrección de nuestros actos y acatar los designios morales de nuestro señor.
-No os preocupéis, padre, ya os lo he dicho: todo está correcto- Pietro era un hombre fornido, de aspecto rudo pero rostro aniñado.

El padre Helmuth no se encontraba a gusto en su presencia. Aquel hombre de extraño aspecto no terminaba de ganarse su confianza y los negocios en los que se decía que estaban involucrados no ayudaban en nada. De ser cierto, debía alejarlo de la congregación cuanto antes. Si saltaba la noticia de que estaban en relación con la mafia calabresa todo se vendría abajo. Y llevaba demasiado tiempo trabajando para ver como su creación se hundía por un simple hombre. Se sentó y esperó a que Pietro abandonase la sala.

-¿Qué pensáis de él? –preguntó.
-No es trigo limpio- contestó el joven sacerdote saliendo de su escondrijo tras una puerta corredera oculta tras una cortina –Hemos estado, umm, investigándolo, y los rumores sobre su participación en los… sucesos –concluyó tras una pausa- de La Chianette parecen confirmados. Su presencia ha sido tapada por la prensa y por los carabineri pero aun así… si nosotros hemos podido llegar hasta pruebas que lo unen al asesinato del juez, otros también llegarán.
-Sin duda, es un problema que debemos eliminar cuanto antes.
-Como deseéis, padre- respondió el sacerdote más joven –Hoy mismo terminaremos con el.

El padre Helmuth asintió y, sin mediar palabra, se levantó y se dirigió hacia la puerta. Se detuvo un instante y miró a su joven compañero. Era alto, rubio y fuerte, de mirada inteligente y, a la vez, cargada de dureza. Sabía que tenía un buen esbirro hasta su lado. “Todos los grandes hombres tuvieron soldados junto a sí, al fin y al cabo Pedro cortó la oreja de uno de los captores de Cristo”.

-Nosotros no debemos tener nada que ver con el fin del problema- dijo antes de salir.

El joven sacerdote abandonó la estancia por una puerta lateral y marchó en post de Pietro. A las 19 horas del día siguiente, cuando el empresario italiano acudía a buscar a su hijo al colegio, su coche voló por los aires.

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