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El combate singular

-Combate singular, ni combate singular –refunfuñaba el capitán Fat mientras los hombres de uno y otro navío lanzaban planchas de uno a otro- Eso es muy estrecho, nos vamos a caer.

El conde de Montesimios le miraba desde su embarcación: lo brazos en jarra, la mirada fiera, el sudor perlando su cuerpo. Vestía un jubón acolchado blanco inmaculado, portaba una ropera al cinto con una elaborada guarda en forma de serpiente de tres cabezas, que se entrelazaba sobre ella misma. Esperó hasta que un enano contrahecho con el rostro surcado de viruelas y acento andaluz acudió a su lado con una coraza de metal.

-¡Traed la mía!- gritó Fat.
-No hay hombres suficientes para cargar con ella, capitán- respondió Lord Corba.

Las risas se extendieron por la cubierta de La Marabunta hasta que Vasqués acudió junto al capitán con un enorme gambesón.

-Le valdría a un elefante africano- dijo D’Orange –En mis viajes he visto paquidermos más pequeños que nuestro orondo maestre.
-No entraría por la puerta de la más grande iglesia del mundo –dijo Mamonuth-: La de Sevilla. Ni don Manuel Ruiz de Lopera, el comandante de las Compañías libres blanquiverdes es tan grande como él.
-Hay un cantaor en una taberna de El Escorial que calza túnicas tan grandes que los perros bailan dentro. Pero ni las ropas del tal Falete le estarían bien a nuestro amado líder.
-Iros todos al carajo- respondió Fat.
-Aquí arriba solo entro yo- gritó el Nutria desde el carajo- y desde aquí he avistado ballenas más pequeñas que vuesía.

La rabia ascendió hasta las mejillas del capitán Fat. La ira tensó cada uno de sus músculos, cuando lanzó el gambesón al mar, dejando que lo arrastrasen las corrientes como una inmensa foca muerta a la deriva. Desenvainó su espada: larga, recta, esbelta y se dirigió a la plataforma.

-Vamos, Jappy, terminemos esto de una vez. Para que más muertes, tus hombres no merecen descender a los infiernos aquí.
-Dirás los tuyo, Fat.
-Los míos hace mucho que descubrieron que hasta el infierno era mejor que navegar a mi lado. Pero aun así, aquí siguen, vivos.
-Sí- dijo Boromuth- pero no por ti, sino por las comidas de la Rubia

Las risas se extendieron por el barco hasta que las espadas acallaron los gritos.

Comentarios

Nilus ha dicho que…
cómo me he podío descojonar picha...lo estaba viendo , lo estaba viendo ja ja ja
Javier Fornell ha dicho que…
Gracias Nilus!

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