Combate singular II


Las tablas crujieron bajo el peso de los hombres. Fat lanzó una punta, se movió torpemente a la derecha, fintó a la izquierda, lanzó un tajo… pero cada ataque era respondido por Jappy . El ruido de las espadas al chocar llenaba el silencio tensó de los hombres que observaban atento cada gesto y movimiento de sus capitanes. Un paso en falso y cualquiera de los dos hombres podría caer al mar, entre los dos navíos, que se movían inquietos, abarloados, entrechocando como si del roce de unos amantes ocultos en al noche se tratase. Fat jadeaba, cansado desde el primer envite, maldiciendo sus quilos de más, su oronda figura y su lentitud como jamás nadie le oyera blasfemar. Jappy sudaba, como siempre, riendo con una risa franca que entrecerraba sus ojos vivarachos.

-¿Te diviertes?- preguntó Fat intentando recuperar aliento -¡Vamos! ¡Atacame!

Pero Jappy no lo hacía, giraba entorno al capitán de la Marabunta, dando largos pasos, tanto como le permitía la pasarela sobre la que combatían. Se reía. Se reía del capitán y eso le enfurecía. En otro tiempo habían sido amigos, quizá nunca dejaron de serlo. No sería la primera vez que ambos hombres se enfrentasen por un juego, por una partida de ajedrez o de cartas, por las acusaciones de haber realizado trampas o, simplemente, porque sí. Pero esta vez la situación se tornaba grave.

-Mal nacido, hispalense, siempre nos odiaste ¡no lo niegues!- gritó Fat, lanzándose hacia delante como un cerdo herido en busca de bellotas.

El conde de Montesimios saltó a un lado y el grueso capitán de la Marabunta continuó su carrera hasta caer de bruces entre un enorme estruendo. El bufido sorprendió a todos, y los gritos se extendieron en su nao cuando las tablas se tiñeron de rojo sangre. Boromuth se lanzó en post de su capitán dando un gran salto. Empujó a Jappy  y, cuando iba a arrodillarse junto a Fat, notó que el suelo desaparecía bajo sus pies. Fat trató de asirse a los cabos de la amura. El conde se abrazó a la escala que colgaba de la baranda de su navío y Bormuth se precipitó entre los barcos. Fat miró como caía su amigo y compañero, tratando de evitar seguirle en su descenso. Pero las fuerzas le fallaban, la sangre manaba a borbotones de la herida abierta en el pecho y el peso era demasiado para su exigua fortaleza. Cerró los ojos y rezó por encontrar paz y sosiego. Abrió la mano, dejando escapar la soga que le ataba a la vida y cayó entre los dos barcos. Los hombres miraron al mar y vieron como las aguas ondulaban allí donde los dos marinos había desaparecido bajo ellas.

-Capitán- gritó Mamonuth- cantaré canciones en tu honor. Maldito gordo, no te vayas. 

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