La Luz (VIII)


Navarro y Echevarríaa se reunieron en el pequeño despacho del inspector. La silla desvencijada no convencía al forense vasco que, como cada día, estaba sentado sobre un enorme archivador de medio metro en el que Navarro  guardaba viejos expedientes de sus casos. Apoyado sobre la pared, el viejo parecía sacado de otro mundo y Navarro no pudo más que comenzar a reír cuando le vio atusarse su larga cabellera canosa antes de comenzar un ritual de sobra conocido por los dos: atarse la trenza que siempre descargaba sobre su hombro.

-Deberías retirarte y montar una tienda de comics o algo- le dijo Navarro señalando la camiseta de Spiderman-. No sé qué hacemos mentidos en esto aún. Estoy demasiado viejo. Cuando me llamaron para el caso de la lista creí que mi carrera cogería impulso. Hasta me creí un detective de esos de novelas policiacas. Un caso extraño, un asesino despiadado y yo era el único capaz de detenerlo. Desde entonces se han sucedido los crímenes y comienzo a estar hastiado. ¿Te acuerdas del payaso enano? ¿Quién nos iba a decir a nosotros hace diez años que en Cádiz tendríamos casos con nombres peliculeros. Y ¡míranos! –Echevarríaa lo miraba, sin decir nada, trenzándose el pelo y sabiendo que era mejor dejarle desahogarse –Y algo me dice que este caso tampoco será normal. Ya has visto el silencio de los taxista, y de pronto se pelean entre ellos, envían a uno al hospital y otro está aterrado. Aún así, algo no cuadra en la pelea. Algo me dice que esconden mucho más de lo que dicen, pero no podemos forzarlos. ¡Maldita sea! Si esto fuera una serie americana, los presionaríamos hasta hacerlos llorar, pero es la vida real y nada más podemos hacer que esperar que se derrumben.

-Podríamos detenerlos –dijo el forense.
-Sabes que no, ningún juez nos daría la orden. ¿Qué tenemos contra ellos? ¡Nada!, son testigos que no desean hablar.
-Aún así, podemos amenazarlos con detenerlos. Tú mismo lo has dicho: parece una película.
-Pero no lo es. Y yo sé que estoy aquí para defender los derechos de los ciudadanos, no para saltármelos el primero a mi conveniencia. Además, no sabemos si ésta desaparición tiene relación con las anteriores o no. Quizá todo venga de otro lado. No sé. Creo que algo se nos escapa.
-¿Algo? –repuso Echevarría- Todo. En este caso no parece haber nada normal. ¿Qué tienen que ver los desaparecidos entre sí? Vale, el primero y el último están vinculados con Elena pero ¿y el resto? Quizá por ella logremos encontrar una vinculación. Deberíamos llamarla, traerla aquí y saber más de ella. Me temo, Navarro, que sabemos poco de ella. Incluso podríamos estar ante una viuda negra ¿y si las desapariciones no tienen nada que ver entre sí, y los novios de la chica simplemente están muertos?
-No lo había pensado –se dejó caer sobre el escritorio, con la cabeza apoyada en las manos- Estoy muy cansado de todo esto. Cansado en general. Las cosas no van bien en casa ¿sabes? Creo que mi vida está al borde de un precipicio y eso no me deja ver las cosas con claridad.

Echevarría lo miró. Todos en la comisaría sabían que las cosas no iban bien para la familia Navarro. Había corrido un rumor sobre la infidelidad de Marta, la esposa de su amigo, pero él no lo creía. Los conocía desde hacía años y sabía que eso no podría ocurrir. Ella le quería con locura, y le había perdonado demasiadas cosas como para echarlo todo a perder ahora. Sin embargo, también sabía que la pareja se estaba distanciando, sobre todo desde que los hijos se habían ido de casa. “El síndrome del nido vacío” le había dicho muchas veces, pero sabía que Navarro también lo sufría y se escudaba en el trabajo para no enfrentarse a las habitaciones cerradas de sus hijos. Pero el propio trabajo había terminado de hundirlo. Unas veces por la rutina de una ciudad pequeña, carente de casos de interés. Otras, como ahora, al sentirse desbordado por casos que salían totalmente de la normalidad.

-¡Llamad a Elena!, sí, la que denunció las desapariciones –apoyo el auricular en el hombro -. Veamos que tiene que contarnos. Quizá finalmente encontremos una respuesta.
-Señor –escuchó que le llamaban desde el otro lado de la línea tras un minuto de espera- No lo va a creer. Nos ha cogido el teléfono rápidamente. No puede venir, está en el hospital…
-¿Qué le ha ocurrido?
-A ella nada, señor, está cuidando al taxista.

Navarro miró al forense, que esperaba ansioso para saber que había motivado su cara de sorpresa.

-Nos vamos –dijo el inspector- al hospital. Allí hablaremos con Elena.

Comentarios

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