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La Luz (IX)


El hospital siempre le deprimía. Llevaban años anunciando que lo tirarían para hacer uno nuevo, pero las administraciones no se ponían de acuerdo y aunque la Junta de Andalucía se había hecho con unos terrenos, el nuevo hospital parecía destinado a tener el mismo fin que otras obras de la ciudad: ni comenzarse. Odiaba el olor que desprendía el Puerta del Mar, mezcla de medicamentos y de la pintura fresca que cubría las deficiencias aquí y allí. Navarro estaba sentado en la silla del control de la 5ª planta, esperando que Elena fuese conducida hasta allí. Miraba por la ventana mientras jugaba con un bolígrafo golpeando la mesa. Echevarria entró antes que la chica, con un par de cafés en vaso de cartón.

-¿Qué explicación dará para estar con el taxista?- le preguntó Navarro mientras quitaba la tapa de plástico y echaba el azúcar- ¿alguna conexión familiar? –el forense se encogió de hombros- ¡Hombre, Elena!- dijo cuando la joven entró en el control- tenemos muchas cosas de que hablar, por favor toma asiento. Y dinos ¿de que conoces al taxista?
-Nos conocemos desde niños, es casi mi hermano. Vivíamos en la misma casa y cuando mi madre trabajaba me iba a la suya, o al revés. ¿Porqué le habéis llamado y que le habéis hecho?
-Ya sabes para que le hemos llamado. Lo que no esperábamos era esa relación familiar contigo. Y eso me lleva a preguntar ¿conoces a los demás taxistas?
-Si, claro.
-¿Claro?
-Trabajé en teletaxi un par de años…
-Y se te olvidó decírnoslo –le cortó Echevarria –Eso lo cambia todo. Sobre todo con éste hermano tuyo.
-¿No estaréis pensando que él pudo hacerles daño a…? Nunca le he visto enfadarse, ni levantar la voz. Jamás. Podría, ya habéis visto su tamaño. Pero nunca fue violento. Además ¿Qué razón tendría para hacerlo?
-¿Amor? –Echevarria sorbió su café sonoramente.
-¡Imposible! –gritó Elena –Es gay. Nunca ha querido nada conmigo.
-Quizá la razón sea otra –dijo Navarro pensativo, sin apartar la mirada de la ventana- quizá tenía miedo de que ellos te alejarán de él. El miedo a la soledad siempre ha sido muy grande.
-Tiene pareja, Mikel, es inglés. Azafato de vuelo. Viaja mucho, pero pasan largas temporadas juntos. Es lo bueno de sus trabajos, que pueden organizarse las vacaciones para estar uno con el otro. No, no. Los celos o la soledad no son motivos.
-¿Tuvo problemas con sus compañeros alguna vez?
-Nunca que yo sepa. Ya le he dicho que es un hombre tranquilo y pacifico.
-¿Nunca abuso de su corpulencia?
-Jamás.
-¿Está segura? –Navarro dirigió la mirada a Echevarría, no le gustaba el tono que estaba tomando el interrogatorio de su amigo.
-¡Ya le he dicho que nunca!
-Discúlpame, pero me cuesta creerla…
-¿Es alérgico a algún medicamento?- cortó el inspector –No comprendo como el otro taxista pudo derribarlo, y mucho menos con su corpulencia. Pero aún es más extraño que no haya recuperado la conciencia.
-No, no, … que yo sepa no. Quizá Mikel sepa algo…
-¿Está ahora en España?
-Esta mañana aterrizaba en Madrid desde Nueva York, supongo que habrá leído mi mensaje y vendrá rápido para aca.
-Está bien, Elena- concluyo Navarro – en cuanto llegue o se ponga en contacto con usted háganoslo saber. También querríamos su número de teléfono –la chica rebuscó en la lista de contactos del móvil hasta dar con el-. Gracias. Creo que puede volver junto a su amigo.

La vieron marcharse, y Navarro volvió la mirada a Echevarría.

-¿A qué ha venido eso? Bastante mal lo está pasando: han desaparecido dos personas a las que amaba y su amigo está tirado en una cama sin dar señales de recuperarse. ¿No crees que ya está sufriendo demasiado?

Echevarría estaba rehaciéndose la larga y canosa trenza que le caía sobre el hombro. Levanto los ojos con parsimonia antes de hablar:

-¿Ya no te acuerdas del caso de la lista? Cuando mataron a las dos chicas detrás de la Cárcel Real dijiste algo que se me quedó marcado: cualquiera puede ser un asesino. Hay demasiado dolor alrededor de esa chica. Demasiado incluso para la más tétrica de las películas. ¿No te resulta extraño? Niégame que sea sospechoso. Estoy seguro de que hay algo más de lo que está dispuesto a contarnos y tendremos que presionarla. Olvídate del resto de taxistas, ya sabemos qué pasó allí dentro. Lo tenemos grabado, aunque no se ve todo, me lo han mandado al móvil hace un rato, y es claro: este –señaló la puerta que daba a la calle- se cayó al suelo por durante la pelea entre los otros dos. Nadie le golpeó, simplemente se desplomó y se golpeó con la mesa. Está fuera de plano, pero algo o alguien debió entrar en la habitación. O algo raro pasó con él. ¿Viste la cara de estupor de ese pobre hombre? En el video está mirando al fondo de la sala, y su rostro se desencaja antes de que cayese al suelo nuestro amigo.

-¿Estás diciéndome que alguien entró en la sala de reuniones e intentó matar al taxista? Eso explicaría el miedo de sus compañeros, pero aún así hay algo que no cuadra. ¿Quién lo haría? Y, sobre todo ¿cómo?, la puerta estaba vigilada.
-¿Confías en todos nuestros compañeros?
-Por supuesto…

El silencio se hizo incomodo entre los dos hombres.

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¿Esta gente qué querrá
que llaman de madrugada?

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¿Esta gente qué querrá
que llaman de madrugada?

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