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El conde de Montesimios


-¡Maldito seas una y mil veces, Fat! –gritó Vasques airada- ¿No había nadie más a quién enfadar en aquel tugurio?
-Alguno más había- dijo inocente el capitán.
-¡TE MATO! Te mato antes de que nos maten ellos. Te cuelgo en lo alto del palo mayor y te mando al carajo en bolsitas de aspillera…. ¡malnacido, Fat! Mala sea la hora en que cruzamos nuestros destinos.

Las lágrimas brotaron de los ojos del capitán, pues nada podía dañarlo más que la reprimenda de su segunda de a bordo. Miró al suelo, alejando sus ojos de miradas indiscretas, escuchando el correr de los marinos por la cubierta y el resonar de los cañones.

-Nuestgos cagones no alcanzan al enegmigo –el artillero haitiano se había acercado y hablaba con Charles, D’Orange y lord Corda ignorando al capitán -¿Qué debemog haceg?
-Yo think that debemos run todo lo que can- la esclava Rubia miró a sir Charles tratando de mantener la compostura, y la bandeja de croquetas que llevaba en la mano, ante la estupefacción de Mamonuth, que no entendía ni jota.
-Mi querido sir Charles –dijo D’Orange- hace referencia a que debemos navegar cuán rápido podamos para alejarnos del conde de Montesimios. Pues todo sabemos cómo las gasta nuestro amigo hispalense.
-Muy cierto –repuso lord Corba-. Yo lo conocí cuando aún la nobleza no figuraba en su libro de hidalguía. Era un hombre bonachón, inmenso y fuerte. Pero noble. Aunque jamás le gustó perder y eso conllevo no pocos enfrentamientos con todo el que se le acercaba.
-Pero ¡si todos lo conocemos! –gritó Boromuth- Japi es cómo es. Pero esa relación de amor-odio con Fat viene de lejos. ¿Porqué ha sido ésta vez, capitán?
-Le he ganado al póquer… ¡con un farolazo de los que hacen historia! –dijo exultante y casi insultante.

Una bala silbó cercana y el agua salpicó al capitán cuando cayó estrepitosa junto a La Marabunta. Se secó con la manga del jubón y miró a la lejanía. No hacía mucho que Japi había abandonado La Marabunta y echaba de menos a su compañero de juegos. Por eso, cuando descubrió la Hispalense en la ensenada, corrió en su búsqueda para reencontrarse en fraterno abrazo.  Y del abrazo pasaron al vino especiado, del vino a las cartas, de las cartas al juego y del juego a la lucha. Algo común en su pasado común.  Y que ahora ponía en liza a los viejos compañeros de armas.

-Desde que heredó el título de su tía abuela está insoportable. Delenda est nobleza –concluyó, para sorpresa de todos, la negrísima Mutambo.

Pero era cierto, tras heredar el título y las tierras en el viejo continente, el sevillano había transformado su hacer y, lentamente, se había alejado de la Marabunta. Hasta que la belleza exuberante de una isleña, un par de niños prematuros, la llegada del nuevo e imponente navío familiar que ahora les iba a la zaga, y otras desgracias más le habían apartado de La Marabunta.

-¡Dita sea! Esa mierda sevillana es más rápida, más grande y más fuerte que nuestra vieja cascara gaditana…
-Pero la nuestra tiene más historia… -dijo Boromuth orgulloso de su origen.
-Sí, y más negras, como en África, pero nos van a hundir.

Una nueva salva de cañones rompió el silencio provocado por Mutambo. No hubo más palabras y los hombres corrieron a posicionarse para el abordaje.

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