De Ferias y gracias


Ya han terminado las ferias del libro por este año, y con la visita a Sevilla de ayer son ya cuatro las Ferias que he conocido en estos dos años. He de reconocer que, aunque en ocasiones pueda hacerse pesado pasar un par de horas en un stand sabiendo que no va a venir nadie a “verte”, las Ferias tienen una parte muy positiva: el contacto con lectores o futuros lectores. Quizá eso sea lo mejor de estar en este mundo literario al que no merezco pertenecer, pero en el que parece que poco a poco entro. Poder hablar durante un rato con aquellos que se acercan al stand con una sonrisa en la boca y la broma fácil. Escuchar algún “vaya nombrecito” y ver más de una mirada de reproche de personas que ni siquiera se han planteado que se esconde tras ese nombre. Y decirles “Pedro fue un gran hombre” y contarles, por encima, la historia de este pirata que se ha convertido en mi hermano de armas, con el que he navegado, matado, enamorado y sufrido por igual. Poder, por un breve lapsus de tiempo, decirle al mundo quién fue y qué hizo.

Poder hablar con todo aquel que se acerca es lo mejor de estas Ferias, más aún cuando ya lo han leído y te preguntan cuándo saldrá la segunda parte o te comentan cuestiones de Pedro y su vida. Es entonces cuando te das cuenta de lo que has hecho, de que realmente no estás en un sueño sino que has convertido tu sueño en realidad. Jamás pensé que fuera capaz de llegar a publicar una novela y este año –si Dios quiere- verán la luz dos nuevos libros. Si hace unos de años, cuando abrí este blog que ahora leen, me lo hubieran dicho no me lo habría creído. Siempre me gustó escribir y siempre tuve dos sueños claros y marcados: ser historiador y publicar mis letras. Ahora puedo decir que los he ido cumpliendo. Puede que no sea bueno, puede que esté empezando y, desde luego, me queda muchísimo que aprender en los dos campos. Pero puedo decir que se han ido cumpliendo.

Soy lo quise ser. Puede que haya dejado muchas cosas en el camino; puede que haya renunciado a otras; puede ser que si en vez de seguir mi vocación –la de ser historiador-, hubiese seguido a mi razón ahora trabajase de abogado, o en una asesoría, o sería administrativo o estaría en paro. Y quizá fuera feliz, es cierto; pero no tendría momentos como los que se viven en estas ferias, no podría disfrutar contando historias de nuestro pasado. No sería lo que soy, sería otro que siempre guardaría en su corazón un oscuro pecado que me ahogaría: el haber sido un cobarde que no se atrevió a seguir su pasión, que dejó de lado sus sueños para ser práctico en la vida. Mi vida es la que es, la mejor que puedo vivir y, desde luego, la más cercana a lo que de niño soñé ser.  Cuando otros soñaban con ser astronautas, policías, bomberos, yo soñaba con ser Indiana Jones, con buscar tesoros escondidos, resolver acertijos escritos en viejos libros. Esos libros que siempre fueron mi vida, los que me llevaban a mundos imaginados por otros hasta hacerlos míos. Ahora, parece, que soy yo quien imagina esos mundos para otros. Parece que hay quienes navegan a mi lado –o así me lo hacen sentir-. Y eso me hace más feliz, pero también me obliga a ser mejor: a buscar las palabras con más cuidado. A mimar mis creaciones más de lo que nunca hice y me llevan a estar siempre, cada día, cada hora, cada minuto, soñando con nuevas historias que trascribir a un papel. Pero siempre con los pies en el suelo –algo que mis amigos no dejan de recordarme- y siempre teniendo como objetivo claro que soy, seré y moriré siendo Historiador. Por eso, ahora, mi objetivo es claro: terminar mi tesis. Y creo que estos dos meses que se avecinan serán el momento fundamental. Toca sentarse a escribir; toca enlazar los datos; ampliar poco, muy poco, lo que ya tenemos. Extendernos, crear y crecer y creer que pronto, muy pronto comenzarán a verse los frutos de tantos años de trabajo. Sé que el doctorado no me dará trabajo, como la literatura no me sacará de pobre. Pero no hay más pobre que el pobre de espíritu. Y yo estaba empobreciéndome, acobardándome, dejando en segundo plano lo que realmente importaba. Y ha sido, paradójicamente, en la última firma del año cuando una conversación intrascendente con el librero me recordó que en esta vida no hay nada más importante que estar orgulloso de uno mismo; nada más importante que mirar atrás y no avergonzarte de tus actos. Mirar al futuro y saber que tus sueños, sean los que sean pues cada uno tendrá los suyos, se terminarán cumpliendo y que, si no se cumplen, no será por no haberlo intentado.

Por eso hoy, más que nunca, gracias.  Gracias a todos los que os habéis acercado a Llamadme Cabrón, a los stands, a pedirme que firmase vuestros libros; a los que a veces habéis comentado en este mismo blog; a los que me habéis dado ánimos desde lugares tan remotos como mundos inexistentes; o tan cercanos que se rozan sin extender la mano. Gracias por darme fuerzas para seguir adelante.

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