Ir al contenido principal

La luz (III)


Navarro miraba al techo, en silencio, como solía hacer cada vez que algo le preocupaba. Estaba sentado en la vieja silla de su despacho dejándose caer sobre el respaldo mientras escuchaba al forense.

-Cuando menos, es raro –reconoció Echevarria- no tiene sentido que desaparezcan los dos novios de la chica. Y los dos sin motivo aparente. Si lo que dice Elena es cierto, Pedro no tendría por qué haberse ido. Desde luego, si yo pensase irme de casa llevaría algo más de dinero, pero llevaba lo justo para un desayuno y un desavío. Algo se nos escapa.
-Supongo que cada mañana coge el autobús en el mismo sitio y a la misma hora –dijo de pronto-. Puede que alguien haya visto algo; quizá el mismo chofer pueda decirnos si se subió o no.
-Se monta mucha gente en los autobuses, no creo que por ahí… ¡Pero! ¿Dónde vas?

Navarro no contestó, cogió su chaqueta y las llaves de su nuevo coche, un Polo que había comprado para su hijo y que usaba desde que este se marchó a trabajar al extranjero. Echevarría se levantó de un salto con un gran bufido, como el de un toro al arrancarse ante el torero, y le siguió por el pasillo hasta el coche. No preguntó ni comentó nada. Los dos hombres se conocían demasiado como para estorbarse en esos momentos y continuaron en silencio hasta llegar a las cocheras.

-Policía- dijo sin más presentaciones- buscó al chofer que cubrió la línea 5 esta mañana, a eso de las 8. Necesito hacerle unas preguntas sobre un viajero –concluyó al ver el rostro de la joven que le atendía tras el mostrador.
-Bien, espere… confirmó quien era el conductor esta mañana.
-¿Rotan? –preguntó Echevarria.
-Así es, depende de los turnos del día anterior y de la línea realizada.
-De poca ayuda será entonces- murmuro el vasco girándose hacia la puerta dispuesto a irse.
-Aún así, me gustaría hablar con él- concluyó Navarro apoyándose sobre el mostrador.

No habían transcurrido ni diez minutos cuando un hombre menudo, canoso allí dónde aún tenía pelo y de tez blanquecina entró en la sala. Sus ojos mostraban más sorpresa que miedo ante el requerimiento policial, mucho mayor aún cuando Navarro le preguntó si creía ser capaz de reconocer a un pasajero habitual de la línea.

-Nunca se sabe, entra mucha gente y solo si tiene algún rasgo peculiar los recuerdas. Aún así, dígame ¿Cómo es esa persona?
-Este- dijo Navarro enseñando la foto de carnet que Elena les había proporcionado.
-No se ha montado en el autobús- lo dijo con absoluta confianza y eso llamó la atención del forense vasco.
-¿Cómo está tan seguro? –preguntó –No ha dudado ni un segundo ¿cómo sabe que no se montó?
-Estuve a punto de atropellarle cuando cruzaba por el paso de cebra. Se puso hecho un fiera y me golpeó en el cristal pidiéndome que le abriese. Estaba fuera de la parada, se me había cruzado delante y venía bastante enfadado. Quizá estuviera borracho ¡yo que sé! No le dejé entrar ¿y si dentro del coche se ponía violento?
-¿Enfadado o asustado? –preguntó Echevarria –Trate de recordar, pues puede ser importante.
-No sé, respondió, diría que enfadado. Cruzó la calle corriendo y no paraba de mirar el reloj, como si llegase tarde a algún sitio importante. No creo que fuera por el autobús, pasamos con cierta frecuencia. Sí –dijo finalmente- estaba enfadado, no asustado.
-Gracias –respondió Navarro-, creo que ahora hablaremos con su compañero, a ver si subió al otro coche.
-Eso es fácil- dijo señalando con la cabeza a un hombretón que entraba por la puerta- Me seguía él.

El hombre miró la fotografía de carnet y negó con la cabeza antes de rebuscar entre los papeles adjuntos a una pequeña libreta.

-No señor, nadie se montó en esa parada. Lo sé porque los dos coches íbamos demasiado cerca y hasta esperé allí rellenando los papeles y dándole algo de espacio.




Comentarios

Entradas populares de este blog

Corona o Reino de Aragón

Ni Aragón, ni Cataluña, ni Valencia son entidades anteriores a la Edad Media. Hasta 1163, con Alfonso II, no se distinguirá entre reino y corona de Aragón. En la Corona tendrán cabida todos los reinos, condados y señoríos que guardan algún tipo de dependencia con el rey aragonés. Esta existencia de diversas entidades autónomas en muchos aspectos, solo es entendible desde la expansión territorial a costa de los reinos musulmanes del sur. En esa expansión los nobles irán recibiendo tierras y beneficios. Expansión que acabará chocando con la realizada por el condado catalán.

Con respecto a Cataluña, entrará a formar parte de la corona después del casamiento de Petronila (hija de Ramiro II de Aragón) con Ramón Berenguer IV, conde de Cataluña, quien, a pesar de ejercer como tal, no toma el título real.
Durante el siglo XIII la Corona de Aragón continúa con su política expansionista hacía el norte, pero tras el Tratado de Almizrad de 1244 y la derrota de Pedro el Católico en Muret, la ex…

Nihil cognitum quin praevolitum

Ando leyendo "Niebla" de Unamuno, y su frase Nihil cognitum quin praevolitum (Solo se conoce lo que se desea) me ha llamado la atención por la verdad que se esconde tras ella. Yo también, como don Miguel, creo que sólo el deseo nos hace crecer, conocer, amar, avanzar. Mientras que desear lo conocido nos convierte en conformistas estancados en nuestras vidas. Nos impide abrir nuestras mentes y mirar más allá de nuestros limites existenciales.
Desear algo, luchar por conseguirlo, o construirlo con tu propio sudor, es el verdadero motor del crecimiento humano. Y, cuando ya lo conoces y sabes si es lo que buscabas o no, hay que seguir adelante. Así, hasta el último día de nuestras vidas.
Sin pensar si lo alcanzado terminó en fracaso o triunfo ya que, cada deseo conocido, nos hará más ricos, sabios y. por tanto, mejores. Nos habrá obligado a avanzar conociendo nuevas metas, abriendo nuevos caminos. Así que, como Augusto, yo también me digo en mi vida Nihil cognitum quin praevoli…

Héroes gaditanos: Diego Fernández de Herrera

En 1339 el rey de Ronda y Algeciras, Abdul Melek, decidió cercar Jerez de la Frontera, por entonces principal ciudad del bajo Guadalquivir (con permiso de Sevilla, cabeza del reino y, casi, de toda la Península). El príncipe tuerto –pues así apodaban al de Ronda- asoló la campiña jerezana y cerró su tenaza sobre la ciudad obligando a los vecinos de la villa a enfrentarse en desigual batalla. En aquellos años se encontraba en Jerez Diego Fernández de Herrera, que había estado cautivo varios años y conocía el idioma y las costumbres de los moros. Así que, bien por venganza o por ese heroísmo extraño que a veces surge en el corazón de los hombres, se presentó voluntario para adentrarse en el campamento enemigo y asesinar al príncipe tuerto. Disfrazado de moro cruzó el río Salado y se internó en el campamento enemigo, esperando que los jerezanos lanzaran un falso ataque que hiciera a los moros salir de sus tiendas y continuar la lucha. Al amanecer de esa misa noche, los de Jerez pusiero…