Días


Cada día el día es igual. La misma rutina que adormece los sentidos y nos empuja por el mismo camino sin querer apartarnos de él. Sin razones para dejarlo un lado y adentrarse en lo que ya no conocemos. Y cada día me levanto más cansado, hastiado de esta existencia sin sentido donde la oscuridad está ganando terreno en mi alma. Ya no amo, ni deseo más que el mal de quienes me rodean; “ellos o yo”, es lo único que logró pensar, “no hay más: matas o mueres”. Y voy dejando cadáveres a mi paso, voy alejándome de aquellos a los que un día conocí quizá porque solo así cuando llegue el “ellos o yo” seré capaz de hacerlo. Quizá por miedo a no ser capaz, y ser yo el que acabe en la cuneta de este único camino que nos dejan recorrer. 

Y cada mañana, cada día, me pregunto qué sentido tiene seguir luchando en este mundo abocado a la desaparición. Aún así me levanto y visto con las mismas ropas de ayer, y del año pasado, raídas, sucias y remendadas; me calzo las viejas botas que un día compré para caminar por campos hoy quemados y salgo a la calle. Me uno, como cada día, a otros más. Esclavos, eso somos, esclavos de un poder que no vemos ni conocemos. Esclavos que hemos perdido la libertad y la esperanza. Hace mucho que nadie canta; mucho más que nadie reza. No hay dioses en este mundo gris, de cielo plomizo iluminado con el anaranjado reflejos de bombas que no vemos explotar. Aceptamos lo que nos han dicho: la guerra se extiende por todo el planeta y somos privilegiados, porque en nuestra mísera existencia desprovista de todo, somos provistos de techo, agua y comida. Reducimos nuestra convivencia a tímidas miradas en las colas hasta la fábrica, la oficina o el campo de trigo. Las palabras comienzan a olvidarse por el desuso. 

No es esta la vida que deseaba tener, pero ya no importa. Busco en la memoria para abrazar mis sueños infantiles, quizá en el recuerdo encuentre esperanza de un tranquilo receso vital. Ni felicidad, ni esperanza ni futuro; solo mantengo vivo el deseo de una muerte placentera. En la pequeña habitación que me sirve de casa; esa que, como todas las demás, solo tiene una cama y una silla mirando a la pared. En la que paso las horas, y los días y los años, recluido como un fantasma de lo que un día fui.

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