El monje

Los dos hombres se miraron y el rostro curtido del soldado se torció en cruel burla cuando encontró un miedo que no esperaba en los ojos de Miquel.

-Realmente os habéis convertido en siervo de Dios. En un cobarde que corre a esconderse bajo las faldas de una falsa madre de madera- escupía cada palabra-. Sabed que necesito aquello que escondéis. Y no dudaré en causaros dolor para conseguirlo. Me conocéis Miquel, sabéis qué puedo hacer pues vos mismo me enseñasteis y soy buen aprendiz. Al final me diréis lo que quiero, y moriréis de todos modos ¿porqué retrasar lo inevitable? ¡Hablad! –sus palabras retumbaron en la cubierta de la Iglesia - ¡Decidme dónde lo escondéis!
-Nada escondo, viejo amigo, más que un alma cansada de luchar. ¿Qué podría tener yo que quisiera vuestro señor? ¿Cuánto ha pasado desde que me pedisteis que fuera vuestros oídos en Santa María? Y ahora ¿soy yo quien guarda ese secreto?
-Miquel, os lo pido, mis señores son poderosos y nada les detendrá. Saben que aquello que buscan, traído por el abad desde Sale, está ahora en vuestras manos. Saben que matasteis al abad –el monje se sobresaltó y la sorpresa sustituyó al miedo en su rostro- y que sois vos quien ahora gobernáis espiritualmente esta ciudad, al menos mientras el obispo continúe lejos.
-Yo… no… ¿cómo?-
-Ya os lo he dicho, Miquel, mis señores tienen más poder que vuestros falsos ídolos –caminó por la nave, alejándose del monje- os doy un día Miquel. Os encontraré allí dónde estéis. Meditad, rezad y solicitar la ayuda del capitán si lo deseáis, pero sabed que todo aquel que se acerque a vos antes que yo, morirá.

El monje lo vio alejarse, dejándose caer de rodillas en el centro de la nave mientras las preguntas se agolpaban en su mente y la joya, escondida bajo los muros de Santa Cruz parecía gritarle que huyese de aquella ciudad maldita.

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