El monje


-Miquel, ¿Qué averiguasteis de nuestros asuntos? - El monje se giró sobresaltado y se topó con el frío rostro de Men Rodríguez. La dura mirada carente de piedad de quien ya no tiene nada más que perder que su propia vida- ¿Qué ocurrió con el abad? Esperaba su llegada bajo las sombras de la muralla, pero no regreso de su… negocio.
-Y no regresará hasta que el Padre nos juzgue- Miquel se alzó para enfrentarse a su viejo compañero de hazañas -. Pero contadme ¿qué tenéis que ver vos con el asalto?
-Con el de hoy nada. Me temo que contra el infiel nuestras espadas se alzarán unidas.
-Sabéis que no es a este al que me refiero –las campanas continuaban su tétrico anunció-. El prior no pudo organizar el asalto en solitario. Pero no puedo dejar de preguntarme porque vos no acudisteis con él para concluir el negocio que os traíais entre manos. Acaso no confiaban en vos vuestros amos.

No preguntó y la afirmación conllevo el desprecio reflejado en el rostro de Men. Miquel supo que había acertado y que los señores que movían los hilos de la terrible marioneta que tenía frente a él no confiaban en él lo suficiente. Intento esconder su alivio, elevando el rostro en busca del Cristo Crucificado que presidía la antigua mezquita “¡Nada sabe de la joya!”, pensó el monje.

-Miquel… -la voz de Men Rodríguez se convirtió en un lastimoso susurro-. El pasado nos unió de forma insospechada, violenta, cruenta. Pero vos fuisteis mi hermano en nuestras cabalgadas por Aragón. Ningún mal os deseo y mis amos, como les llamáis, son demasiado poderosos. No sé qué tesoro se esconde tras los muros de Santa María, pero mis señores son poderosos. ¿Escucháis el tañer de las campanas? Vuestro monasterio arde ya; y antes de que llegue el auxilio, cada piedra ennegrecida por el fuego será levantada para rebuscar bajo ella.
-¡Mal nacido!
-No, Miquel. Cuidaos de ofenderme, pues aun temiendo por vida vengo a advertiros de la vuestra. Si algo dijo el prior fue quién era el guardián de lo buscado; y sois vos el Cerbero de este infierno. Os guardo aprecio, buen Miquel, quizá porque vos fuisteis capaz de escapar de nuestro destino, y por eso vengo advertiros: la partida ha empezado y los jugadores son demasiado fuertes para que podáis salir victorioso. Contadme lo que sabéis, Miquel, hacedlo y salvaréis vuestra vida.
-No sé cuál es ese secreto que debo deciros, pues no escondo más que mi amor a la Santa María, Madre de Dios –Miquel escupió cada palabra al rostro del soldado-. No sé qué creen vuestros amos que sé; pero podéis decirle que ninguna palabra saldrá de mi boca que no sea alabanza  a nuestra madre.
-Miquel, no me obliguéis a dañaros, sabéis que lo haré.
-Nada puede ya lastimarme.

Las campanas sonaron con más fuerza, retumbando contra el frío suelo; y aún así el silencio ganó la batalla entre los dos hombres.

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