De finales


Últimamente ando viviendo en un día que no es el mío y un año que no es el de nadie. Al menos de nadie vivo. Y es que, no sé qué me ocurre que vivo en un mundo paralelo, en el que los asesinos son amigos y hasta el más noble de los caballeros guarda oscuros secretos. Divago por la realidad sintiéndome parte de un pasado imaginado y un presente ficticio. No soy yo. No quien realmente soy. Me muevo en ese fino hilo que separa la realidad de la ficción; y la ficción de la historia.

Tanto que el calendario ha dejado de tener sentido, sin importar si este año que termina es 2011 o 1411; sin importar si nos gobierna Rajoy o es Enrique II; .... mi mente vaga y divaga camino de la extraña percepción en la que nada es lo que es, pero todo es lo que es.

Y, a estas alturas, en las que mis días se dividen entre el trabajo, la tesis, el libro de historia medieval de Cádiz, los cuentos gaditanos, las historias de Cabrón y los suyos, la realidad mundial y nacional, y hasta la propia realidad personal; he llegado a la conclusión de que necesito un parón existencial. Decir hasta aquí he llegado: toca sentarse, mirar la vida a la cara y dibujar un árbol genealógico de ideas y pensamientos, en el que poder cuadrar todo lo que mi cabeza contiene y no me deja dormir.

Sueño con otras épocas, navego cada noche por mis propios mares intempestivos en los que la vida se une al sueño para gritarle a Morfeo que me acune y deje descansar. Poco queda ya, días, pocos, para descansar definitivamente. Para decirle adiós a este año y saludar al nuevo cargado de ilusión y, sobre todo, de reposo. Desde este viernes, ¡que poco queda ya!, sentaré las raíces del año venidero, calentando mi alma al calor de la chimenea. Dejando la rutina a un lado durante la última semana del año que ya muere; una semana, la última y, sin embargo, la primera y más necesaria.

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