El monje


Durante la mañana Miquel y Guillén recorrieron las calles polvorientas de la villa estudiando los daños causados por el asalto, aliviados de que verlos reducidos a un par de techumbres quemadas y una decena de heridos. Habían sido repelidos por las tropas del de Berja pero no habían logrado capturar con vida a ningún asaltante.

-Hermano, ayer creí entenderos que sabéis quién se esconde tras el asalto.
-No, capitán –respondió Miquel deteniéndose ante la Puerta de Tierra-. Sé que Men Rodríguez vino en mi búsqueda para conocer que nuevas se cocían en las cocinas de Santa María, pero la traición del prior me llena de dudas. Llegué a creer que ambos se habían unido en esta empresa pero ¿Qué razón tenía el prior para amenazarme mediante Rodríguez?¿qué se escapaba de sus oídos en el monasterio? No, capitán. Algo me dice que en el asalto de ayer el prior tuvo parte, pero que un enemigo mayor a la ambición se esconde tras esta puerta.

Guillén observó al monje. Los sucesos de la noche parecían haberlo transformado y si antes siempre le había parecido un hombre tímido, huidizo y cobarde carente de inteligencia ahora creyó descubrir en él una fortaleza inusual. Había tomado la iniciativa y parecía saber qué pasos había de seguirse a cada momento. Además, sus ojos mostraban un brillo nuevo y, al observarlos, un escalofrío recorrió la espalda del capitán. Era un hombre curtido en miles de batallas, había luchado contra el moro y contra el cristiano. Había sido enviado a repoblar ciudades y a proteger presidios; y en todos esos lugares jamás vio una mirada como aquella. La de aquel que sabe que su mundo se ha deshecho; la de aquel que retira la máscara que le cubre para mostrar su verdadero rostro surcado por el odio.

-Decidme, Mique, ¿quién sois en realidad? –El monje lo miró, tranquilo, como esperando la pregunta que ahora le lanzaba el capitán.
-Todos guardamos un pasado, Guillén, y el mío es oscuro incluso en este reino de traiciones y muertes. Cabalgué junto a Men Rodríguez en las huestes de Álvaro Pérez de Castro y maté a no pocos hombres. Cabalgué bajo el mando de caudillos moros, con mercenarios cristianos venidos de Aragón e Italia. Asesiné, violé y robe hasta que mi vida dejó de ser mía para pertenecer a Lúcifer. Y, cuando creí que nada importaba, caí herido y quiso Dios que con la herida viene la salvación de mi alma, si es que la tiene. Vi a nuestra Santa Madre en sueños y ella me envío a Santa María pues, me dijo, una misión guardaba para mí en su monasterio más querido. A la mañana, siguiendo las instrucciones de la Madre de Dios, me puse en camino, abandoné a quienes fueron mis compañeros y tomé el hábito que ahora porto. Acepté los designios de Dios y las órdenes del prior, pues ese debía ser mi penitencia. Y cuando éste me encomendó cuidar la joya mora comprendí cual era la misión que María guardaba para mí. Y ahora, amigo Guillén, ha llegado la hora de cumplirla.

El soldado lo miró. Lo había visto siempre como un hombre apocado, pero jamás pensó que tras aquel monje se escondiera un soldado con una terrible historia. Menos aún podía creer que Miquel creyese cierta la visita nocturna de Santa María, pero aún así acepto. Él mismo había visto los milagros que la Virgen realizó sobre el rey Alfonso y las peregrinaciones a la ciudad y al Porto de Santa María aumentaban cada día. Aún así, sabía que guardaba más de lo que callaba.

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