El monje

Guillén se acercó hasta Miquel, y apoyó la mano con camaradería sobre el hombro del monje. Con un gesto había indicado a sus soldados que salieran de la sala y tan sólo ellos dos permanecían en la cripta. Los ojos del soldado recorrieron el cuerpo muerto del abad y el rostro abatido de Miquel. 

-Era tu única opción, para eso fuisteis designado y habéis cumplido vuestro cometido.

-Cuando me encontré con mi pasado al caer la noche, no pensé que me enfrentaría al mal antes de ver el día –se detuvo, pero la mirada inquisidora de Guillén le hizo relatar el encuentro con su antiguo amigo- Algo oscuro se esconde tras ese encuentro, pero me temo que el abad no escondía más pesar que la avaricia y el deseo por engrandecer su posición. Don Alfonso ha tratado con mimo a Santa María do Porto, pero su hijo Sancho parece odiar lo que su padre ama.Y él -señaló con la cabeza al abad- deseaba el bien del monasterio y sus hermanos en fe. 


-Nadie debe traicionar los deseos de su rey.
-No, es cierto, pero decidme ¿qué haréis vos cuando don Sancho tome la corona? Acaso os mantendréis fiel a don Alfonso. No, claro que no, sois un soldados y obedecéis a quien os alimenta.


El silencio se hizo tensó cuando los dos hombres se enfrentaron. Miquel observó el rostro curtido del soldado, sus ojos duros y su mirada inteligente, su rictus serio, pero no agresivo. Y se reconoció en él si no fuera porque el odio había inundado su alma hasta que la sangre hastió su vida y huyó de si mismo. Recordó que había sido el abad quien le acogió, quien le rescató de su vida de destrucción y las lágrimas amenazaron con anegar sus ojos sabiendo que había terminado con la vida del único que había confiado en él. Guillen le observaba, respetando su silencio, hasta que este fue excesivo.


-Miquel, hemos de deshacernos del cuerpo. No será difícil ocultar la mano que empuñó la daga, pues el asalto de esta noche abre puertas para cubrir el misterio. Sin embargo, nada podemos hacer sobre su presencia en Cádiz. No hubo motivos para que el abad viniese hasta Santa Cruz y la traición saldrá a a luz.
-No -las palabras cortantes y la voz firme de Miquel sobresaltaron a Guillén.
-Ya os narré lo acontecido en la tarde. Alguien deseaba saber que secretos ocultaba Santa María do Porto y quién quiera que esté tras mi viejo amigo seguirá interesado en conocer la verdad. No temo por mi vida, Guillén, pero si por la ciudad de Cádiz. Os juro ante Dios y nuestra Santísima Madre que la muerte del abad es el menor de nuestros males.
-Mostráis demasiado miedo ante ese que llamáis viejo amigo.
-Vos también lo mostraríais si hubierais pernoctado junto a Men Rodríguez. Su alma es negra como la noche más oscura; su ferocidad y crueldad no tiene límite alguna y su inteligencia aumenta su peligro. Erráis si lo menospreciáis, Guillén, pues os aseguro que si a un enemigo has de temer ese es a Men Rodríguez y a quién quiera que haya comprado sus servicios -el capitán asintió-. Y ahora, solucionemos esto y aquí hay lugar para sellar nuestro secreto. Pues nadie sabrá que el abad ha fenecido hoy aquí. Vos cuidaos de vuestros hombres, yo me cuidaré de mis hermanos de Santa María.


Miquel avanzó hasta el fondo de una de las pequeñas capillas y con gran esfuerzo separó la losa que cubría uno de los nichos. No hizo falta palabra alguna para que Guillén comprendiese cual era su deber, y juntos alzaron al prior para ocultarlo a los ojos de todos menos de Dios.

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