El monje

El hombre caminó hacia ellos, espada en mano, y tanteando al oscuridad.

-Miquel ¿os hallais aquí?

El monje suspiró aliviado al reconocer la voz del capitán Guillén de Berja. El hombre, un cantabro de anchos hombros, tez morena y pelo cano había sido enviado a la ciudad una decena de años antes por el rey sabio para defenderla y poblarla, pero también para controlar a la población mora que aun en aquellos día residía en Cádiz.

-¡No debierais haberos escondido en la cripta?- dijo encendiendo un farol que iluminó la bóveda de cañón y las cuatro capillas e indicando a sus hombres que los dejaran solos- Si los asaltantes hubieran dado con vuesias, ese tesoro que tan celosamente guardáis el  abad -saludo a este con la cabeza- y vos habría sido descubierto.
-¿Cómo?... -Guillén cortó al monje
-¿Acaso creéis que algo en esta ciudad escapa a mi conocimiento? Yo soy el poder supremo, Miquel, nada escapa a mis oídos y mis ojos. Y dadle gracias a Dios, pues eso nos ha permitido hoy repeler el ataque de los ladrones. Y eso me lleva a preguntarme ¿qué hacéis vos en Cádiz, abad?

El fraile se movió incomodo ante la pregunta, y sus ojos vivarachos e inteligentes se movieron por la cripta en busca de una salida del todo imposible. Gillén avanzó en su dirección, un mano apoyada en la espada y la otra rebuscando algo bajo la loriga que le cubría. Miquel observaba la escena, preguntándose que motivos habían llevado al cantabro a realizar aquella velada acusación. No podía creer que el abad, la única persona en la que había depositado su confianza y el único que conocía sus secretos más ocultos, pudiera estar involucrado en el asalto de aquella noche. Pero la sombra de la duda comenzó a hacer mella en su alma, y las preguntas se repetian en su mente: ¿Cómo era posible que el abad apareciese justo aquel día y en aquel momento en la cripta? ¿cómo había cruzado desde Santa María en mitad de la noche? Y, sobre todo, no lograba comprender qué le había motivado a adentrarse en la cripta y la respuesta cada vez se le hacía más clara, a la vez que aterradora: el abad había acudido a robar la misma joya que el había entregado al rey.

-Tal vez prensasteis alguna vez que don Alfonso depositó en mi su confianza sin razón -continuó Guillén- pero lo cierto, abad, es que nuestro señor nunca confió en vos. Y hoy se ha demostrado cuan inteligente es el rey de Castilla pues no habéis tardado en intentar apoderaros del tesoro que entregó a la ciudad de Cádiz. ¿Cuando recibisteis las nuevas de que el príncipe confabula contra su padre? ¿Ayer, tal vez?

Mostró un pergamino de piel de cordero, doblado y lacrado con el sello del príncipe. El abad se apoyó en la pared, derrumbado ante las pruebas que el capitán esgrimía para acusarlo. No habló, no dijo palabra alguna. Ni siquiera cuando Miquel se acercó hasta él con el puñal en la mano y le clavó la hoja en el pecho hasta la misma empuñadura. Mirándole fijamente a los ojos mientras susurraba al oído del que había sido su protector:


-Saluda a Lucifer y pídele que guarde lugar para mí.

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