El monje


El abad sonrió al ver la expresión de sorpresa de Miquel e, indicándole que guardase silencio, le dirigió a la capilla contraria a la puerta.

-Defenderemos la joya con nuestra vida, Miquel- por primera vez vio la espada que portaba el abad- El futuro de don Enrique, de Santa María y de Cádiz está en juego.

El monje obedeció, con la daga en la mano y hombro a hombro con su superior. Los sonidos en el exterior llegaban mitigadas por la profundidad, pero los pasos retumbaban en la pequeña sala indicando la entrada de hombres armados en la iglesia. El sonido se acrecentó cuando el chirrido de los goznes indicó que la puerta se había abierto y los pasos comenzaron un lento descenso en penumbras.

-Deberías apagarla –susurró Miquel señalando la vela que aún portaba el abad.

El viejo asintió mientras la sala se sumía en la más profunda oscuridad. Los pasos sonaban cada vez más cerca y ambos hombres retrocedieron hasta topar con la pared de piedra que cerraba la capilla en la que debía enterrarse el rey Alfonso. Miquel recordó su pasado, cuando era él quien embozado en una vieja capa de saya se escondía en la noche para atacar a los incautos o cumplir las tareas mandadas. Pero había dejado atrás aquellos días y ahora el miedo le acompañaba sabiendo, además, que aquel lugar podría convertirse en su propia tumba.
Las sombras se hicieron más espesas cuando los hombres llegaron abajo. El ruido de botas y el tintineo de las lorigas indicaron a los monjes la presencia de cristianos. Y eso les preocupó aún más.

-¡Maldita sea! –masculló uno de los atacantes -¡Tened cuidado! Esto es una puta ratonera si hay alguien aquí dentro estamos perdidos.

Miquel se estremeció al escuchar la voz amiga.

-Solo estamos nosotros, Juan. ¡Gracias a Dios sois amigos! Temí que está noche vería el rostro del padre.

La luz se hizo cuando el abad encendió la vela nuevamente y mostró el rostro, ahora sonriente, de Guillen. El capitán miró a los dos monjes atónitos.
-Vaya lugar para esconderos, padre. Hemos estado buscándoos para informaros de los sucesos acontecido. Y, sobre todo, hay alguien que pregunta por vos.

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