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El monje


El sonido de sus pasos se amplificó en la cámara. Había sido levantada por orden expresa del rey Alfonso junto a la vieja mezquita que hoy era Santa Cruz sobre las Aguas. Construida en piedra, con cuatro grandes arcos que se abrían a las capillas laterales pocos habían sido los que habían pisado aquel suelo y la leyenda decía que el maestro albañil y sus hombres fueron asesinados después de sellarla. Tan sólo el abad de Santa María do Porto, el obispo fray Juan y el propio Miquel conocían la entrada a las catacumbas. Se detuvo indeciso antes de adentrarse en la más pequeña de las cuatro capillas y escuchó atento antes de apoyar su mano sobre el tritón que decoraba uno los capiteles. La figura de piedra se hundió dejando al descubierto un pequeño hueco, el suficiente para introducir la mano en su interior. Miquel tanteó el fondo del orificio, respirando aliviado al notar el suave tacto de la bolsa que escondía la joya. Desde que la trajese de Alcanatif esa era la primera vez que descendía a la cripta para comprobar que continuaba allí, pero hasta el encuentro de aquella misma noche nunca había temido por ella.

Cerró el pequeño escondrijo y ascendió por la escalera de piedra antes de acceder a la iglesia. Elevó la vista la cielo, observando las estrellas que se dejaban ver entre las vigas del inacabado techo y se arrodilló frente a la Cruz a rezarle a Dios por el perdón de sus pecados. Y le dio gracias por haber puesto al abad en su camino de destrucción cuando huía de todo lo que fue en el pasado. Fue allí, rezando, cuando escuchó los primeros gritos de auxilio en aquella noche que se volvía aciaga. Corrió hacia la sacristía para salir a la calle y subir al minarete que hacía las veces de campanario. Los sonidos se acrecentaban al ritmo de ascenso ¿Qué más podía pasar? Pensó. Y el corazón se le heló al ver las puertas de la ciudad ardiendo. 

El tintineó de las armas se unió a los gritos de los hombres de Guillén de Berja, que ya corrían hacia los ruinosos muros de la ciudad. Temí por mi vida al ver como los moros cruzaban las puertas ayudados desde dentro. Cádiz aún no contaba con fuerza suficiente para repeler el ataque y el centenar de hombres que componía la guardia enviada por don Alfonso no parecía suficiente para repeler al enemigo que lentamente les hacía batirse en retirada en dirección  la iglesia. Se acurrucó en el campanario, temeroso de volver a aquel lugar del que había logrado huir: la violencia le había llamado desde su más tierna infancia y la había ejercido múltiples veces. Notó el frío tacto del puñal bajo su túnica y comenzó a descender las escaleras. Una sombra se cruzó en su camino al llegar al último tramo. Escuchó cerrarse la puerta de acceso a la capilla y comprendió que alguien se había adentrado en la iglesia. 

Comenzó a correr. Cruzó la sacristía, atravesó la nave de la iglesia bajo la tenue luz de la luna y avanzó hasta la puerta que daba acceso al pequeño pasadizo que escondía la bajada a la cripta. Se detuvo al escuchar pasos en su interior. Asió con fuerza el puñal que le diese el abad y comenzó a descender lentamente. El ruido se intensificó y una leve claridad le facilitó los últimos peldaños. Una voz conocida maldijo entre susurros amplificados espectralmente por la cúpula de piedra de la cripta. Miquel recorrió el tramo final y se lanzó al interior de la que algún día sería la tumba del rey Alfonso.

-¡Maldito seáis!- gritó ante la figurar del abad.

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