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El monje


Miquel corrió por las sinuosas calles de la ciudad hasta la catedral. Una pequeña puerta lateral le abría camino a la casa del cabildo y el monje entró por ella buscando el cobijo y la seguridad que le proporcionaba el lugar. No había mirado atrás en todo su camino, pero sabía que el soldado le había seguido de cerca. En otro tiempo quizá se habría atrevido a enfrentarse a él e incluso podría haberle vencido, pero sus años como asesino quedaban ya en el olvido y ahora había encontrado en los hábitos una nueva forma de vida.

Anduvo cabizbajo por los pasillos pues sabía, pese a todo, que la petición del soldado escondía una velada amenaza. O cumplía lo pedido o moriría y guardaba suficiente apreció a su vida para perderla por un rey que ya había sido desposeído su corona. Y eso le angustiaba pues sabía que no podría cumplir su cometido. Dos meses antes el prior de Santa María lo había enviado al cabildo, era la única persona que conocía su oscuro pasado y le había convocado a su celda en mitad de la noche.

-Miquel –le había dicho- fuisteis hombre de armas como hoy lo sois de fe. Dejasteis atrás vuestra vida para entrar al servicio de Dios y Dios desea ahora que le sirváis como nadie más podría hacerlo. Sé que no deseáis volved a matar, tampoco yo deseo que lo hagáis pero, si llegado el caso es necesario derramar la sangre de un hijo de Nuestro Señor, no lo dudéis –había descubierto un pequeño puñal, con mango de marfil y decorado en plata-, pues grande es la tarea que os he de encomendar -se levantó y se dirigió hasta una tabla de la Virgen con el niño. Retiró el cuadro e introdujo la mano en el secreto hueco de la pared sacando una pequeña bolsa de seda roja-. Hace menos de diez años, el rey Alfonso organizó una expedición a Salé que produjo grandes beneficios a la Corona y a mi propia persona. Gracias al éxito de la de la campaña el rey decidió que el futuro de Alcanatif debía asegurarse y, también, el de Cádiz. A su vuelta me entregó una pequeña fortuna para erigir el santuario a la Madre de Dios y -abrió la bolsa y dejó que su contenido resbalase hasta la palma de su mano- algo más.

Aquella fue la primera vez que vio la joya. Una gran esmeralda que el rey ordenó al prior esconder hasta su muerte, cuando debía ser engarzada en una nueva corona que descansaría junto al difunto monarca bajo los muros de la Catedral de la Santa Cruz sobre las Aguas. Desde entonces el tesoro había permanecido oculto a todos los ojos en el monasterio de Santa Maria. Pero el miedo hizo mella en el prior y aquella noche deposito en Miquel el futuro de la joya y la ciudad de Cádiz; y el monje se vio obligado a abandonar los seguros muros de su monasterio para proteger los deseos del rey.
Sin embargo nunca imaginó que la historia pudiese llegar a oídos de los grandes señores castellanos, pues el prior aseguraba que sólo el rey y él mismo conocían la existencia de la joya. El prior le contó que había acudido a Sale como capellán de una de las naves y que fue el mismo quien la arrancó del cuello de un comerciante árabe. Pero, en aquel preciso instante en el que comenzaba a bajar las escaleras a una cripta para todos desconocida, se disiparon las dudas de Miquel sobre el verdadero objetivo de los señores de su antiguo amigo: si le habían mandado a buscar, aquella joya debía ser el objeto codiciado.

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