El último tipo del verano


Hay un tipo que no debería ni citarse. El de aquel que se cree mejor que los demás y no es más que el menor de todos los tipos. Un ser encabronado, engordado por su propio ego, incapaz de ver más allá de sus propias grasas y que está dispuesto a pasarse el verano despotricando de todo ser viviente que ose pasear por su entorno.

Este tipo, que no debería ni existir, es retorcido y zalamero por partes iguales. Da una de cal y quince de arena, si es que las da. Es mejor tenerlo lejos y en caso de que se acerque, esconder la comida. No pasa por la playa, ni por los bares, no sale de noche y casi tampoco de día, pero si el olor a barbacoa se extiende por el aire, allí estará. 

No odia a la gente, ni a la playa, ni a la sociedad, simplemente preferiría que no existieran como el resto prefiere obviar su presencia. 

Un tipo, como decimos, que más vale borrarán de sus agendas porque el último tipo del verano es, algo así, como yo.


El lunes toca volver a trabajar, que les sea leve el síndrome post-vacacional. Yo, por mi parte, lo celebraré con un café en el bar de Tino y saludando a los compañeros de trabajo con una amplia sonrisa: la del que vuelve a dónde le gusta estar.

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