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El Envíado


Jazzal caminó junto a Nathael por la ciudad. Durante cinco días con sus cinco noches los dos hombres recorrieron palmo a palmo cada calle y recodo. Cada callejón oscuro, cada zona boscosa y, juntos, elaboraron un mapa de las necesidades de la villa sin nombre. El fraile se sorprendió así mismo dirigiendo a los hombres en la construcción. Sabía del poder de la palabra y del dominio que ejercía sobre ella pues más de una vez su lengua le había sacado de un aprieto en casa de algún padre despechado. Ahora se sentía escuchado y respetado por todos, su voz se había convertido en ley y su vida parecía cambiar, pero las ansias de poder se mantenían intactas en su corazón y la razón se le nublo.

Aun así pocos descubrieron el negro brillo de los ojos del fraile cuando le mostraron su nueva residencia. Menos aún se extrañaron que aquel que se erigía en líder espiritual y político de la villa sin nombre exigiese piedra en lugar de madera para cerrar muros y techo. Los albañiles se pusieron a las órdenes de los maestros para realizar las modificaciones; los carpinteros comenzaron a realizar los muebles que Jazzal solicitó; y los bodegueros se felicitaron de la aparición de aquel hombrecillo contrahecho que había tomado el mando de la ciudad.

Pero el miedo también se extendió por la villa y algunos hombres preguntaron al fraile por qué se construían palacios y no murallas si la guerra estaba tan próxima como aventuraba en sus palabras. Fue entonces cuando Jazzal comprendió que sólo ejerciendo el mando con serenidad e inteligencia lograría mantenerse a salvo. Y cabalgó por los límites de la ciudad sin nombre, entre bosques y prados. Ordenó talar árboles para limpiar un camino que permitiese la huida, y todos aquellos que podrían provocar que el fuego arrasase la ciudad. Con ellos elevó empalizadas y torres a lo largo del gran cañón que llegaba hasta la ciudad sin nombre.

Un día, cabalgando junto a Nathael preguntó por aquello que tanto le llamaba la atención:

-Decidme, buen Nathael, ¿Cómo es que ningún nombre se le ha dado a la ciudad? Toda ciudad merece ser conocida pues solo así la riqueza y la prosperidad podrá llegar hasta ella.
-Y ¿también la guerra?- respondió el hombre.
-Sois inteligente, Nathael, demasiado quizá –las loas surtieron efecto y Nathael se estiró orgulloso en su montura- También la guerra llegaría más fácilmente a una ciudad marcada en los mapas. Aun así, de alguna manera debiéramos llamar a la villa.
-No lo haremos, Jazzal, ¿Porque preocuparnos por un nombre cuando la guerra se aproxima?
-Cierto, cierto- musitó entonces el fraile comprendiendo que no debía olvidar el infierno del que había escapado –completemos las defensas y organicemos un ejército.
-¿Cómo haremos eso? Nunca hemos luchado, somos campesinos y artesanos, no hay guerreros en nuestro pueblo.
-Todo hombre sabe luchar, Nathael. Somos guerreros porque nacemos en un mundo cruel que nos obliga a sobrevivir a los deseos de hombres y dioses. ¿No hay cazadores entre vosotros? Ellos podrán enseñaros a combatir.
-Podrán enseñarles a montar trampas y cazar conejos, frey, pero no a matar un hombre.

Reconoció la voz al instante y se giró junto a Nathael para observar de hito en hito al hombre que tan silenciosamente había llegado hasta ellos. Su cuerpo robusto estaba descubierto y las pocas ropas que le cubrían estaban raídas y sucias. Todo él estaba impregnado por el hedor del sudor y la sangre. Caminaba descalzo y miraba fijamente al monje.

-¿Quién sois? –preguntó Nathael
-Nuestro nuevo capitán- dijo Jazzael esperando que el terror no se reflejase en su voz – Os presento al nobilísimo y valerosísimo caballero de Pernat, ser Albur.

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